Aquiles Gaitán
Entre el llanto y la risa
Martes 8 de Marzo de 2016
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El debate se ha hecho disperso, en la tribuna de los representantes del pueblo se ha perdido el rumbo, el lugar de la síntesis política está desarticulado de los representados. La combatividad ideológica no existe, todo es tan banal que se siguen discutiendo bodas, viajes en helicóptero o en avión nuevo, primeras comuniones, hipotéticas corrupciones, mucho ruido y pocas nueces.

Pasa lo mismo en la Universidad, la vanguardia estudiantil ha quedado en el olvido, su lugar lo tienen los sindicatos, los alacrancitos comiéndose a su madre. Pasa lo mismo en los partidos, desde que se habla de prerrogativas, el debate se va sobre los signos de pesos. Las organizaciones políticas están en manos de minorías que no quieren dejar de succionar el líquido perlino de la gran ubre.

Cuando el presidente nacional de un partido que acaba de celebrar el aniversario de la constitución del partido de sus orígenes, dijo en su discurso ¡Somos revolucionarios!, los rostros de los que lo escuchaban se llenaron de estupor, abrieron los ojos desmesuradamente, la misma expresión del orador fue de sorpresa ante las palabras dichas a voz en cuello, ¡somos revolucionarios¡ ¿De cuáles revolucionarios serán? ¿A cuál revolución se refería? ¿Estará pensando en iniciar alguna revolución? Ya no es posible desempolvar los 30-30 y salir con las cananas al pecho ¡A nadie le importa!; los procesos revolucionarios son la historia patria, ya no es posible una agitación generalizada que cambie las estructuras sociales; los sindicatos y los partidos dominan la escena y buscan sus propios beneficios. Obreros, campesinos, estudiantes, la materia prima de los movimientos sociales está desorganizada; las clases sociales no tienen conciencia de clase, todos quieren ser burgueses a como dé lugar, o morir en el intento. La cultura del emprendedor, la cultura del éxito asociada con la riqueza, el poder visto desde las alturas de un ladrillo puede marear a cualquiera. Las generaciones de jóvenes se están diluyendo como la sal en el océano. La discusión de la crisis del capitalismo se ha desplazado a Davos, al Fondo Monetario Internacional y los precios del petróleo, es el capitalismo salvaje en manos de los dueños del dinero, es el juego perverso de la guerra intervencionista y el tráfico de armamento.


Cuando el presidente nacional de un partido que acaba de celebrar el aniversario de la constitución del partido de sus orígenes, dijo en su discurso ¡Somos revolucionarios!, los rostros de los que lo escuchaban se llenaron de estupor
Cuando el presidente nacional de un partido que acaba de celebrar el aniversario de la constitución del partido de sus orígenes, dijo en su discurso ¡Somos revolucionarios!, los rostros de los que lo escuchaban se llenaron de estupor
(Foto: ACG)

Aquí ya se olvidó el trasiego de armas hacia los narcotraficantes por parte del gobierno de los Estados Unidos, ¿de dónde salieron tantos cuernos de chivo y R-15 en manos de civiles? Ya no digo de autodefensas pues éstas claro que no existen, sino de viles narcos. Son las cañerías del capitalismo las que nos toca destapar a nosotros. ¿Qué hacer como michoacanos? ¿Qué hacer como mexicanos? ¿Qué hacer para cambiar lo que está mal y retomar el camino?; ¿o todo está bien? Tenemos la libertad en nuestras manos, es decir, nuestro destino; ese mismo lo marcaron las urnas electorales al elegir a los gobernantes, son relámpagos de seis años y digo relámpagos, porque la brevedad del tiempo no permite ver, por el deslumbramiento de la luminosidad, el fondo de las cosas, más aún, si en el día a día se monta la tramoya del circo de tres pistas en el que estamos viviendo, donde los aparentes trucos y fantasías no son ni trucos ni fantasías, son la realidad.

Nos tocó vivir una época de transformaciones tecnológicas, las comunicaciones volvieron global la aldea, cada loco con su celular mandando mensajes como poseídos, el comercio internacional domina la escena, las corporaciones de fabricantes, dueños de las patentes y marcas, tienen al mundo por mercado ¿y nosotros que? Todavía andamos con la feria de la enchilada y la corunda. ¡Somos revolucionarios!, la conciencia histórica cae por su propio peso. Qué tal si se plantea el concepto desde la perspectiva de la poesía o desde la esterilidad espiritual, o desde el gasto público, para el caso sería lo mismo, lo subjetivo elevado a la “N” potencia. Las revoluciones no se repiten, son irrepetibles; cada quien en su oficio, en su conciencia, en la actitud ante la vida, puede ser revolucionario, pero para poder serlo, requiere del conocimiento, de la técnica para poder plantear nuevas y radicales interpretaciones de la realidad, los ignorantes seguirán siendo parte del paisaje, los pasivos seguirán siendo parte del paisaje, los dueños de la riqueza sin actitud revolucionaria simplemente serán parte de la oligarquía. ¿A estas alturas del desarrollo de la sociedad, puede haber pensamientos revolucionarios? Tal vez, pero para ello habrá que reinterpretar la historia, habrá que entender que la razón y la justicia son indispensables para escribirla, en estos días en que la patria se debate entre el llanto y la risa.

Nota al calce:

Ayer fue 7 de marzo, se celebra en Ario del día en que se estableció el Primer Tribunal de Justicia en este país, cuando Morelos estaba en pie de guerra; por allá, ya nada está en su lugar, todo ha cambiado; ya no vivo ahí, la casa donde nací fue derribada, como muchas, nuestras casas están muertas; soy de cuando el sol de la mañana se tomaba en el empedrado de la bocacalle, soy el pensamiento que da vuelta a la plaza, soy retoño de una rama seca, que florece; era un fresno inmenso, lleno de hojas mecidas por el viento, con una sombra pesada que llamaba al descanso, a la contemplación, a ver pasar las nubes recargado en el tronco, montado en una rama; soy el chirimoyo cargado de 100 años, con el tronco hecho bolas y ramas hechas tronco, sus chirimoyas de carne blanca, casi sin semillas, dulcísimas, me siguen los sueños, como el cafeto tan alto como el tejado, como la higuera de brevas reventando de buenas, como los cerezos cargados de racimos. Soy de ahí y me duele ya no serlo, como ya no son los manzanos, ni los membrillos, melocotones, ni los limos, ni los tinguarakes, ni los duraznos priscos, ni los nogales, ni las pichecuas, ni siquiera el canto de un “mulato” entre el parral de uvas silvestres. ¡Todo se ha ido! Como el tiempo que no supimos a qué hora se nos fue.

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