Alejandro Vázquez Cárdenas
Reflexiones sobre religión y ciencia
Miércoles 26 de Octubre de 2016
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Religión y ciencia es el título de un excelente libro escrito por el filósofo, matemático y pacifista británico Bertrand Russell. En él analiza la siempre compleja, y con frecuencia antagónica, relación entre la ciencia y la religión. Su texto abunda en ejemplos, desde los conocidos de Galileo en su enfrentamiento con los intolerantes (e ignorantes) teólogos de la Iglesia católica en el siglo XVII, por causa de sus descubrimientos en el campo de la astronomía, mismos que contradecían la visión ptolomeica, que sostenía la inmovilidad de la Tierra en el centro del Universo.

Bertrand Russell, filósofo, matemático y pacifista británico.
Bertrand Russell, filósofo, matemático y pacifista británico.
(Foto: Especial)

En realidad lo que hizo Galileo fue corroborar la teoría heliocéntrica de Copérnico, que este había elaborado en 1530 pero que, precavidamente, la publicó hasta 1543, poco antes de su muerte, con lo cual se evitó broncas con la Iglesia. Como dato curioso, el origen real de la teoría de la Tierra en movimiento se puede rastrear hasta el siglo III antes de Cristo, cuando el griego Aristarco de Samos afirmó que la Tierra se mueve. Él también fue acusado de impío, en su caso por el filósofo estoico Clintio, pero al parecer en esa época los fanáticos tenían poco poder y nada le pasó.

Del juicio que la Inquisición realizó a Galileo, vale la pena rescatar estas conclusiones a que llegó la Iglesia: "La proposición –-que el Sol es el centro y que no gira alrededor de la Tierra– es absurda, falsa en teología y herética, puesto que contraría la Sagrada Escritura. La segunda proposición –que la Tierra no es el centro, sino que gira alrededor del Sol– es absurda, falsa y opuesta a la fe verdadera". Mayor dogmatismo no podemos encontrar.

En lo que se refiere a medicina, la historia de la religión no es menos desastrosa, basta recordar que las plagas y otras calamidades comunes en la Edad Media, fueron atribuidas algunas veces a los demonios y otras a la ira de Dios. Un método para prevenir la ira de Dios, muy recomendado por el clero, era el obsequio de tierras a la Iglesia. Pero lo peor era la obstinada oposición de la Iglesia al desarrollo de la medicina científica. La anatomía fue considerada impía, tanto porque podía obstaculizar la resurrección de la carne como porque la Iglesia no aceptaba el derramamiento de sangre. La disección fue virtualmente prohibida. El Papa Pío V, en la segunda mitad del siglo XVI, ordenó a los médicos que llamaran primero al sacerdote basándose en que "la enfermedad del cuerpo es producida frecuentemente por el pecado", y además que rehusaran dar un tratamiento si el paciente no se confesaba en el plazo de tres días.

El tratamiento de los trastornos mentales era especialmente salvaje, ya que se creía que estaban causados por posesión demoniaca y se pensó que el mejor método para ahuyentar al demonio era torturarlo y humillarlo, pues era el orgullo el origen de la caída de Satán. Por lo tanto, el rito de exorcismo estaba lleno de insultos, olores y productos repugnantes, y si todo esto fallaba el paciente era azotado, si el demonio se obstinaba en no salir el paciente era torturado.

Para bien de la humanidad las cosas han cambiado notoriamente en los dos últimos siglos. La influencia de la Iglesia ha disminuido sensiblemente, sus sectores más avanzados han adoptado el método científico para sus investigaciones y la interpretación literal de la Biblia es cosa de algunas sectas menores. Sin embargo, aún el día de hoy existen dentro de la Iglesia, sobre todo del rito católico, poderosos segmentos intolerantes y proclives a la amenaza cuando piensan que las personas no acatan lo que ellos consideran que es lo correcto y apegado a la moral religiosa. A la menor provocación blanden la excomunión como si fuera una espada.

Que la Iglesia y sus satélites hablen no hay problema, tienen todo el derecho constitucional de hacerlo, para lo que no tienen absolutamente ningún derecho es para presionar y amenazar a quien simplemente no tiene ni quiere tener nada con el credo católico, a los ciudadanos que consideran que una cosa es la Iglesia y otra, totalmente distinta, son sus "representantes", que son hombres como cualquier otro, y de ninguna manera son poseedores de la verdad absoluta.

Tienen el derecho de hablar y nosotros, el derecho de no hacerles caso.

Sobre el autor
"Medico, Especialidad en Cirugia General, aficionado a la lectura y apartidista. Crítico de la incompetencia, la demagogia y el populismo".
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