Jerjes Aguirre Avellaneda
¡Para el debate por Michoacán!
¿Todavía sirven los líderes?
Viernes 28 de Octubre de 2016
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En Michoacán, como en todas partes, ha prevalecido la mentalidad de las grandes personalidades en la historia y en los distintos ámbitos de la actividad social. Entre mayor audacia y creatividad de los grandes dirigentes, mayor certeza de que esos dirigentes son la explicación pura de los grandes acontecimientos, de los “grandes saltos en la historia.” ¿Quién podría atreverse a regar esta condición a Hidalgo, Morelos, Melchor Ocampo o Lázaro Cárdenas, en ese orden, según la costumbre?

Pero además, es la lógica que acompaña a los distintos sectores y grupos, a los sindicatos, las organizaciones empresariales, la política y el gobierno refiriéndose siempre a sus dirigentes, con atributos que van más allá de su actuación como fuerza que impulsa los cambios, sino como la única fuerza que todo lo merece y todo lo transforma.

La Plaza Melchor Ocampo se construyó para conmemorar el centenario del natalicio de Melchor Ocampo
La Plaza Melchor Ocampo se construyó para conmemorar el centenario del natalicio de Melchor Ocampo
(Foto: Cambio de Michoacán)


Esos liderazgos, como todos los liderazgos, carecen de esta cualidad sin sus “seguidores”, sin los grupos sociales a los que pertenecen y representan. No puede haber líderes de trabajadores sin trabajadores, líderes de partidos políticos sin militantes, líderes de gobierno sin ciudadanos. En todas las organizaciones y grupos surgen los liderazgos, con características y funciones que dependen de las características y objetivos de las organizaciones y grupos a los que pertenecen.

Por eso, Cecil. A. Gibb, en su texto sobre los principios del liderazgo, hace más de medio siglo, escribió que “no puede haber líder sin seguidores”, puesto que las soluciones propuestas por el individuo, sólo lo convierten en líder “hasta que la solución se comunique y otras personas se asocien a él en la expresión de sus ideas”, llegando a identificarse en las aspiraciones y metas comunes.

En otro aspecto, en la medida de que cambia la realidad de los grupos, de las organizaciones, de la sociedad, cambian también los liderazgos en sus características, medios de acción y propuestas. Del mismo modo que no hay liderazgo en el vacío, tampoco hay liderazgo para siempre y para todas las circunstancias.

En el presente, en el contexto de cambios acelerados en todos los órdenes de la vida social, todavía el líder es identificable en su persona física, en sus expresiones y estilos, aun cuando utilice la radio, la televisión o la comunicación gráfica. Sus seguidores podrán reconstruir su imagen a partir de los elementos que forman su persona. A lo largo de la historia, los liderazgos se han desempeñado y se han identificado con individualidades y a partir de ellas, se han explicado los grandes acontecimientos en todas las escalas.

Sin embargo, la globalización y los cambios extraordinarios en las telecomunicaciones y la informática, el Internet y las redes sociales, se dice que “han terminado por sepultar los liderazgos”, según lo demuestran distintos acontecimientos en el mundo, especialmente de naturaleza política, donde una movilización, un “plantón”, una consigna, carece de autor individual, sin origen atribuible a una persona física, para diluirse en un torrente de fuerzas, en un demiurgo colectivo.

En consecuencia, se afirma, el líder físico carismático en el que creen las masas, el que es capaz de “incendiarlas” en la plaza pública o en un discurso televisado, corresponde a una realidad del pasado, que ya no existe, puesto que en el presente, un simple mensaje por el teléfono celular, apoyado por la fotografía o el video, tiene un impacto de mayor amplitud y profundidad en la orientación de las conductas colectivas, en comparación con la influencia que puede ejercer una persona en su papel de líder. Por tanto, se concluye, los líderes han muerto.

No obstante, tanto en los grupos y organizaciones, como en sus liderazgos, la tecnología de las comunicaciones, simplemente representan un conjunto de medios, que carecen de capacidad para identificar y proponerse fines propios. Los fines son establecidos al margen de los medios, por parte de quienes los han inventado y construido, para manipularlos a conveniencia. Este factor externo, ajeno a la tecnología, es la gente de carne y hueso que forma grupos y organizaciones para alcanzar sus objetivos, con un líder que diseña soluciones y propone metas, con capacidad para convencer y movilizar a sus seguidores, apoyándose en la tecnología.

En los grupos de interés, de opinión, de presión y políticos, los fines los pone la gente y los medios la tecnología. De igual modo que el líder que establece fines y se auxilia de los medios tecnológicos para convencer y movilizar. Otra situación distinta se refiere al tipo de líderes, especialmente distinguiendo al líder que procura actuar con la verdad en función de los intereses de su grupo, y aquel otro que altera los hechos, manipula y miente para obtener ventajas y provechos individuales. Uno es el líder carismático. El otro es el líder de la demagogia.

En el mundo actual, los liderazgos tienen mayores exigencias. Ya no se trata de los viejos liderazgos que decían haber recibido esa función del poder divino, o los caciques y personajes de “horca y cuchillo”, sino de individualidades que a su carácter suman el cultivo de su inteligencia, su sabiduría y su comportamiento ético.

Cada vez será más difícil convertirse en líder por las exigencias que conlleva, si bien los liderazgos seguirán siendo necesarios en la dirección de las actividades colectivas. Eso sí, las exigencias serán cada vez mayores y su calidad será siempre creciente, a menos que la sociedad misma se encuentre en decadencia, porque sólo podrá ser el origen de líderes igualmente decadentes.

Ahora los líderes podrán ser inclusive invisibles, pero tendrán siempre el privilegio de poseer y colocarse a la vanguardia por sus ideas de cambio, en conciencia y en justicia.

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