Rafael Mendoza Castillo
El malestar de la vida y la muerte
Lunes 31 de Octubre de 2016
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Inicio estas reflexiones sobre la vida y la muerte con un pensamiento de Sigmund Freud: “La vida como nos es impuesta resulta gravosa: nos trae hartos dolores, desengaños, tareas insolubles. Para soportarla no podemos prescindir de calmantes”.
El fundador del psicoanálisis agrega como calmantes las religiones, yoga, drogas, etcétera. Freud siempre manifestó un escepticismo frente a estas salidas sobre el malestar de los hombres en el mundo. Veamos.

Los seres humanos, hombres y mujeres, desde diversas visiones, concepciones, sentimientos, pensamientos y discursos culturales, han venido ofreciendo respuestas sobre el problema, misterio o milagro, de la vida y la muerte. Lo anterior constituye un núcleo problemático (preguntas fundamentales) propio de toda reflexión filosófica, y todos los pueblos lo han venido abordando. Algunas culturas continúan respondiendo con discursos teológicos, metafísicos, ante la vida y la muerte. En este caso intervienen los dioses y la muerte, se contempla como tránsito a otra vida, en un más allá (Cielo, Nirvana, Infierno, etcétera).

 “La vida como nos es impuesta resulta gravosa: nos trae hartos dolores, desengaños, tareas insolubles. Para soportarla no podemos prescindir de calmantes”.
“La vida como nos es impuesta resulta gravosa: nos trae hartos dolores, desengaños, tareas insolubles. Para soportarla no podemos prescindir de calmantes”.
(Foto: TAVO)

Para otras culturas la muerte forma una unidad contradictoria con el cuerpo humano, con la planta, con el animal. En este más acá, la muerte, como decía Sócrates, puede ser un sueño eterno, un tránsito a otra vida, o bien la aniquilación. Sin embargo, para Epicuro la muerte no está, no existe. O en lo expresado por Jean P. Sartre: “La muerte… viene hacia nosotros desde el exterior y nos transforma en exterioridad”. Albert Camus declara que “en realidad no existe experiencia de la muerte”. Sócrates ofrece una respuesta ética ante la problemática de la muerte y ya no es una trascendencia en la fe religiosa.

Como se observa, se sustituye lo teológico por lo antropológico. Como bien dice Juliana González: “La situación terminal es quizá la más extrema, dolorosa y radical de la existencia humana. Ahí aflora como nunca quizá la alternativa crucial entre la desesperación absoluta, el sinsentido, la muerte interior, el abandono final de todo empeño; o, por el contrario, puede sobrevenir el rescate de sí mismo, de la propia libertad y dignidad, el giro decisivo hacia la vida, la afirmación final de ella y sus bienes, una radical liberación y una decisiva prueba de la libertad. La condición heroica y trágica del hombre”.

La anterior reflexión ética sobre la muerte posibilita un giro radical hacia la vida, hacia el bien de la vida, el cual está puesto en la cualidad e intensidad del vivir, no la cantidad. Volver la cara a la vida y a los bienes de la vida. Aquí surgen preguntas: ¿cuál vida?, ¿cuál bien? No podemos aceptar la vida social donde predomina la acumulación de capital en pocos, el robo, la impunidad, la corrupción, la pobreza. En este caso la muerte viene de fuera, de lo externo al cuerpo humano, es provocada por el poder de dominación y explotación.

Fue a través de la descripción, de la observación sobre el cuerpo inanimado, del cadáver, que el investigador revela que la muerte acompaña siempre al cuerpo, a lo vivo. Aún así el hombre inventa algo para que la vida del cuerpo le gane a la muerte (Eros y Tánatos). Hemos inventado un mundo, una segunda naturaleza para ganarle a la pulsión de muerte, aunque nadie es inmortal. Los seres humanos no queremos escuchar el ruido de la muerte. Hoy más que nunca la sociedad del poder, de la riqueza, del éxito y de la explotación, le apuesta a la destrucción (la muerte) del otro, de la naturaleza, vía el consumo, el negocio, la pobreza, el hambre, la miseria física e intelectual, el sufrimiento y el dolor.

El poder de dominación coloca a los excluidos en el destino mecánico de la muerte. Hoy vemos cómo el sistema neoliberal, conducido en el país por la derecha priista, panista y chuchista, le apuestan a la guerra, a las armas, a la muerte de lo social, y dejan de lado la vida buena. Así, la vida y la muerte también tienen un sentido para los hombres. De ahí la necesidad de la libertad para construir ese sentido o sentidos en un horizonte humano. Uno elige en lo individual o colectivo, éticamente, un destino de vida y de muerte.

Lo anterior constituye un pleito, una lucha, una contradicción, entre la vida buena que protege la condición humana y la vida que provoca dolor y sufrimiento físico y mental en el otro, el excluido. Éticamente implica, lo dicho, una conversión en la manera de vivir el tiempo y el espacio histórico-social. El ethos es una manera de ser, una manera de existir, esto es, un valor como fundamento.

La vida es comunicación y comunidad. La vuelta hacia la vida del otro, hacia los seres que se aman. La vida adquiere su sentido, desde la perspectiva socrática, por el bien o el mal con que es vivida. Por eso decía Sigmund Freud que el padecer que proviene de “los vínculos con otros seres humanos” es el más doloroso de todos. Pero más doloroso es cuando el poder de dominación mata al otro, excluyéndolo o destruyéndolo (Ayotzinapa no se olvida). Recordemos las palabras de Sócrates antes de morir: “Yo me voy a la muerte, ustedes se quedan en la vida, ¿de quién es mejor suerte?”. Seguimos esperando la respuesta.

Hoy los cuerpos ya no son de Dios. El poder pastoral ya no existe. Ahora aparece el Estado como el dueño de los cuerpos. Lo anterior a través de la oligarquía dueña del capital, de la riqueza y del poder. Desde ahí se nombra y se clasifica; desde ahí se construye un orden basado en el valor de cambio y no en el valor de uso, es decir, desde las necesidades necesarias de la vida humana. Desde ese discurso hegemónico, dominante y globalizador, todo se convierte en mercancía: el cuerpo, la tradición, la costumbre, la justicia, las instituciones, la muerte y la vida en general. Urge construir otro mundo, otra formación social, donde la vida y la muerte no sean medios para la acumulación de riqueza, la exclusión, la desigualdad y el negocio. Para muestra un botón: en Michoacán, 6.4 personas son víctimas de homicidio diariamente.

La sordera, la ceguera, la insensibilidad, la sustitución de los lenguajes de la razón crítica, de la autocrítica, por el lenguaje de las armas, significan el ocultamiento y la destrucción de la vida (animal, vegetal) y vida humana (conciencia y autoconciencia). No convirtamos la noche de los muertos, sus recuerdos, su memoria, en una mercancía; es decir, en un espectáculo de luz y sonido. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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