Juan Pérez Medina
¿Hasta dónde somos capaces de aguantar?
Martes 8 de Noviembre de 2016
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Es increíble nuestra capacidad para autoengañarnos sabiendo que las cosas nos van mal y nos irán peor en un futuro no lejano y acabemos conformándonos, silenciándonos en la más humillante de las pasividades. Es tiempo de canallas y también tiempo de la desesperanza. Está visto que no nos alcanza la rabia para levantar siquiera la voz, ya no se diga la mano para asestar el golpe contra el villano que se enriquece a nuestra costa.

Pensionados y jubilados marchan desde el Centro Histórico de la ciudad hasta llegar frente al ISSSTE, Fotografía correspondiente al mes de enero 2010.
Pensionados y jubilados marchan desde el Centro Histórico de la ciudad hasta llegar frente al ISSSTE, Fotografía correspondiente al mes de enero 2010.
(Foto: Héctor Sánchez)

Cuando las cosas van mal, como van ahora y desde hace ya décadas, los poderosos buscan no sólo mantener incólumes sus ganancias, sino que además, la manera de acrecentarlas. Es cuando ellos inventan, llenos de ingenio, formas viles que luego vuelven leyes para arrebatarnos lo poco que todavía tenemos.

Así lo han ido haciendo. Lo primero que hicieron fue disminuir el poder de compra del salario que hoy sólo alcanza para comprar el 33 por ciento de lo que compraba en 1980, y cada vez alcanza para menos cuando a cada rato nos aumentan la luz y también las gasolinas. Es claro que se ellos se han quedado con el otro 67 por ciento para aumentar sus ya de por sí enormes bolsillos. Luego fueron contra nuestro trabajo aduciendo que pagaban mucho por tan escasa productividad, mentira tan vil que está evidenciada por la enorme capacidad de los trabajadores mexicanos para convertir al país en el quinto lugar mundial en producción de autopartes y vehículos, siendo de los más mal pagados del mundo en esa industria. Pero con base en discursos, anuncios en la radio y moches en el Congreso de la Unión, han logrado que los trabajadores ingresen al empleo con contratos a prueba que no exceden de 30 días laborales, contratos de capacitación inicial que no deberán exceder de los tres meses, contratos por tiempo indeterminado o por tiempo discontinuo, que terminan en el momento en que el patrón lo indique, y contratos por horas o por unidad de tiempo, que convierten la jornada de trabajo en días laborales de dos, tres, cuatro y, si bien le va al trabajador, en cinco o seis horas. En todos los casos el patrón puede despedirlo sin responsabilidad alguna.

Este tiempo es el tiempo de la precarización del trabajo, el tiempo de los canallas precarizadores del trabajo de los trabajadores, el tiempo de la tercerización del trabajo, donde un subcontratista realiza una obra para un tercero mediante el trabajo realizado por trabajadores bajo su responsabilidad patronal. Con ello, el patrón principal queda exento de responsabilidad con los trabajadores y ni seguro social tiene que pagar.

Si el trabajo está siendo víctima de una tremenda contrarreforma, también lo es el derecho a las pensiones y jubilaciones. Los dueños del dinero, de la mano del gobierno y sus partidos y con la complicidad de los nefastos diputados y senadores, hicieron que el ahorro de los trabajadores fuera a parar a manos de los banqueros por medio de la creación de las terribles afores, desde donde administran nuestro dinero y, por supuesto, amasan enormes ganancias, no millonarias, sino billonarias. Cada mes son los bancos que administran las afores los que dan cuenta de las ganancias que perciben mientras los dueños de sus ahorros sólo reciben pérdidas. Su voracidad no tiene límites.

Lo más inaudito es que siendo nuestro dinero, sean ellos los que ganen y nosotros los que carguemos con los riesgos, cuando ni siquiera les hemos autorizado que sean ellos quienes lo administren. Peor aún: utilizan nuestros ahorros que están destinados a pagar nuestra cesantía y vejez para financiar sus proyectos y muchas de las obras que cómo las carreteras se concesionan a las grandes empresas por 20, 30 y hasta 50 años. Deberíamos ser nosotros quienes debiéramos cobrar el peaje, pues hemos sido quienes verdaderamente las hemos financiado.

En los vaivenes de la magra economía nacional, nuestros recursos se la pasan en manos de estos usureros, temblando y disminuyendo al tiempo que disminuye el ritmo de la economía y aparecen las pérdidas. Para nuestros recursos no hay garantía. La mano del maldito mercado impone su ley y hace pagar al más pobre. Ellos ganan, nosotros perdemos.

En Chile, durante más de un año, los trabajadores y los jubilados y pensionados han mantenido una lucha que ha alcanzado a movilizar a más de un millón y medio de personas, en un país que no alcanza a superar la barrera de los 18 millones de chilenos. El movimiento de los No+AFP, que quiere decir “no más afores”, convocó la semana anterior a un paro nacional que alcanzó a los principales centros urbanos de esa nación y que, como en los viejos tiempos de la dictadura de Augusto Pinochet, el gobierno se lanzó contra los pensionados y jubilados reprimiéndolos hasta con tanquetas de chorros de agua.

Los chilenos viven en carne propia los estragos de la voracidad de los banqueros que han acabado con la gallina de los huevos de oro, desapareciendo los fondos pensionarios de los trabajadores y reduciendo a nada el esfuerzo de más de 30 años de cotización. De acuerdo con un estudio realizado por una consultoría privada, el 79 por ciento de los adultos(as) mayores chilenos han comenzado a recibir pensiones por debajo del salario mínimo y el 44 por ciento por debajo de la línea de pobreza. Trabajadores jubilados entrevistados han dado cuenta de lo que su lucha significa: ahora sus pensiones apenas alcanzan los seis o siete años y después sólo queda la mendicidad. Una trabajadora de los servicios de salud comentó que aunque ya no le quedaban fuerzas para seguir trabajando no se jubilaría, pues de hacerlo se quedaría desamparada ante lo raquítico de su pensión y remató: “El gobierno nos está obligando a trabajar hasta la muerte”.

Así está ocurriendo en nuestro país. Lo grave es que no vemos o no queremos ver la paja en el ojo ajeno, y como serviles nos postramos ante la indiferencia, dando la espalda a una realidad lacerante que afecta el futuro de las generaciones que están en busca de un empleo cualquiera, aunque sea mal pagado.

Por eso nos pasa lo que nos pasa. Por ejemplo: vas al médico en cualquier hospital o clínica pública y no hay doctor que atienda las consultas, los medicamentos escasean y lograr que te vea un especialista es un objetivo casi imposible. Cuando el médico familiar por fin te ha atendido, te envía al hospital a que te hagan un estudio o dos o tres o más. Este paso es otro viacrucis. En los hospitales públicos, lograr que te hagan una radiografía en ocho días es una verdadera hazaña que hay que aplaudir al héroe que lo logre. Entre la visita al médico familiar, los estudios y lograr que te atienda un especialista pueden pasar los últimos días de tu vida o acabar gastándote lo que no tienes en una clínica privada. Hay quien resiste y logra sobrevivir hasta un año para alcanzar a cubrir todo este proceso. Existen terribles “leyendas urbanas” de muchos enfermos que estando en el quirófano son retirados y después reprogramados para volver a intentarlo en uno o dos o hasta seis meses. Hay pacientes que ya no vuelven, y no es porque se hayan aliviado con un milagro o pagado los servicios de salud privados, sino porque no alcanzan a llegar a la cita de tan larga que se la pusieron.

Pero al parecer todo aguantamos: inseguridad, desempleo, informalidad laboral, malos servicios de salud, magras pensiones, trabajo precarizado, bajos salarios, exclusión de los jóvenes de las instituciones educativas y hasta el outsourcing. No se diga la enorme corrupción e impunidad que campea por nuestros lares y los gastos faustosos que nuestros gobernantes realizan en nuestro nombre y representación. Y sin embargo, parece que nada queremos hacer. ¿Hasta dónde somos capaces de aguantar?

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