Jerjes Aguirre Avellaneda
¡Para el debate por Michoacán!
Ante el fenómeno Trump, lo necesario y a tiempo
Viernes 18 de Noviembre de 2016
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Por más que se insista en la negación de la historia, todo cuanto acontece hoy es un resultado que sólo puede comprenderse en relación con lo que ha pasado, puesto que es imposible que una sociedad, un país, exista sin historia, a pesar de las afirmaciones acerca de que la historia carece de toda utilidad.

En el caso de México y Estados Unidos, sus relaciones del presente son el resultado de un pasado, en que esas relaciones se fueron construyendo en la misma línea que permite afirmar que cuanto se haga hoy podrá crear la realidad del mañana.

En este contexto, habría que destacar que muchas son las causas de las sospechas de los mexicanos respecto de Estados Unidos, haciendo del nacionalismo y su fortaleza la mejor defensa en contra de las pretensiones de dominio norteamericano. Las dudas se prolongaron hasta el último tercio del siglo pasado, cuando el triunfo del capitalismo sobre el socialismo consumó la globalización del mercado, y los conceptos de nación, independencia y soberanía, fueron sometidos a grandes cuestionamientos.

Cuando menos en los últimos 200 años la historia de México ha estado estrechamente vinculada a los Estados Unidos. La trágica sentencia del poeta López Velarde, escribiendo con tristeza que “pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”, fue ratificada en 1823, cuando el presidente James Monroe adoptó como principio de la política exterior la exclusión, europea en los asuntos latinoamericanos, puesto que “América era para los americanos”.

¿Cómo soslayar la Guerra México-Estados Unidos en 1846-1848, cuyo resultado final fue la pérdida de dos millones 500 mil kilómetros cuadrados de territorio mexicano? Si este hecho se olvida, carecería de todo significado la conmemoración del sacrificio de los Niños Héroes de Chapultepec, que protagonizaron la última resistencia a las tropas invasoras antes de que pudieran izar la Bandera norteamericana en el Palacio Nacional, aquel 15 de septiembre de 1847.

Más adelante, la invasión del Puerto de Veracruz en 1914 y su defensa heroica por los cadetes de la Escuela Naval, o la invasión por el norte con el pretexto de perseguir a Francisco Villa, son todos, antecedentes evidentes de que, en efecto, Estados Unidos nunca ha tenido amigos, sino sólo intereses como elemento central de su filosofía en las relaciones internacionales.


En el caso de México y Estados Unidos, sus relaciones del presente son el resultado de un pasado, en que esas relaciones se fueron construyendo en la misma línea que permite afirmar que cuanto se haga hoy podrá crear la realidad del mañana.
En el caso de México y Estados Unidos, sus relaciones del presente son el resultado de un pasado, en que esas relaciones se fueron construyendo en la misma línea que permite afirmar que cuanto se haga hoy podrá crear la realidad del mañana.
(Foto: Especial)

Las llamadas “asimetrías” en el desarrollo de los dos países provocaron que frente a su vecino, México tuviera permanentemente una situación de desventaja, ubicándolo en un proceso de creciente dependencia económica, social, política y militar, que hace de la Doctrina Monroe la fatalidad que se expresa en la pretensión de lograr un “México para los americanos”.

Importan, en consecuencia, los intereses de Estados Unidos producto de su historia y de cómo han impulsado su desarrollo. Independientemente de si los presidentes son republicanos o demócratas, importa para ellos su nación, su país, para quien en las diferentes ocasiones se implora la bendición de Dios. ¡En México se tendría que hacer lo mismo!

Varían los estilos, las personalidades de sus presidentes, pero la esencia se mantiene. Estas variaciones de forma son el resultado de los cambios y realidades en el mundo y en los propios Estados Unidos. A la luz de estas nuevas realidades tendría que verse y analizarse el inesperado fenómeno de Donald Trump. La globalización del mercado, sus aperturas hacia afuera de cada país, ha producido distintos efectos, entre otros:
En primer lugar, los desequilibrios regionales y entre países han provocado los desplazamientos poblacionales, inaugurando la “era de la migración”, de la que México es parte activa con todas sus consecuencias. En segundo lugar, las instancias supranacionales de regulación y control, como el FMI y la OCDE, están perdiendo eficacia para mantener los equilibrios dentro de los mismos bloques, como ha ocurrido con Grecia y la drástica salida de Inglaterra de la Unión Europea. Se afirma que la globalización de la economía de mercado “está haciendo agua por todos lados”. En tercer lugar, los Estados Unidos han dejado de crecer en comparación con Asia, particularmente China, y en el terreno militar los poderíos se comparten con la propia China y Rusia.

La respuesta a su estancamiento y retroceso, junto a los distintos síntomas de decadencia de la sociedad norteamericana, ha sido la victoria electoral de Donald Trump en las pasadas elecciones presidenciales. Trump es la representación del personaje que carece de talento político, de ideas y principios que acompañen un proyecto nacional, sustentado en los valores históricos de igualdad, fraternidad y libertad. Sin embargo, Trump es el personaje representativo de importantes sectores de la sociedad norteamericana como caso típico poseedor de las cualidades que caracterizan a esos sectores. Este es el peligro mayor, en tanto que la individualidad de Trump posee un importante sustento colectivo. Trump no es por sí solo la amenaza, sino que junto a él, todos sus seguidores, con los que comparte visiones, prácticas y expectativas. Los riesgos, entonces, no derivan de Trump como individuo, sino de la organización y funcionamiento de la sociedad de Estados Unidos.

¿Cómo es posible que por procedimientos democráticos, un racista, misógino empresario que se vanagloria de sus artimañas para no pagar impuestos, bravucón que amenaza con la guerra a México, que se propone la construcción de muros como línea fronteriza y que rechace toda forma de beneficios recíprocos en el desarrollo y el comercio, haya ganado las elecciones para presidente de Estados Unidos? Sin duda, la democracia norteamericana pierde prestigio y confianza, validez como ejemplo político para el mundo.

En el fondo del fenómeno Trump se encuentra el miedo colectivo a no ser más el “país número uno”, miedo a no crecer, al desempleo, al posible gobierno de una mujer, a que la población blanca pierda su condición de mayoría, miedo a los migrantes latinos y negros, al terrorismo identificado con los musulmanes, miedo, en suma, al futuro mismo, que los políticos profesionales no pudieron o no supieron cancelar.

Para los mexicanos, la victoria de Trump tendría que plantear la necesidad de aprender de esa experiencia, considerando las circunstancias del país, y también de lo que México necesita hacer en el inicio de una etapa distinta para el mundo y para las relaciones de México con Estaos Unidos. Es indispensable adquirir conciencia sobre las implicaciones de una democracia sustentada en el miedo y el divorcio de las élites políticas tradicionales respecto del conjunto de ciudadanos. Habrá que impedir que la democracia se convierta en un instrumento para que personas y pequeños grupos arriben al poder utilizando la demagogia con promesas imposibles de cumplir por la irracionalidad que representan.

Igualmente ha llegado el momento de que las estrategias nacionales sean sometidas a rigurosa revisión y evaluación con la más amplia participación de los mexicanos. Habrá que definir las opciones de que dispone la nación para la continuidad exitosa de su proceso histórico. Ninguna alternativa podría desecharse a priori, las experiencias e inteligencia de los mexicanos son extraordinarias. Los nuevos objetivos y medios, compartidos por todos, son el mejor blindaje contra los peligros de afuera y de adentro.

Cuanto antes aprendamos y hagamos, mucho mejor.

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