Ramón Guzmán Ramos
Del pasmo a la resistencia
Sábado 19 de Noviembre de 2016
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 La amenaza ha sido reiterada por Donald Trump como presidente electo.
La amenaza ha sido reiterada por Donald Trump como presidente electo.
(Foto: TAVO)

El riesgo de una deportación masiva de mexicanos que viven sin residencia legal en Estados Unidos y a los que podrían relacionar con algún tipo de delito es ahora más inminente que nunca. La amenaza ha sido reiterada por Donald Trump como presidente electo. De la misma manera, su decisión de construir un muro a lo largo de la frontera y hacer que México pague su costo, así como su rechazo y probable revisión del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. De muy poco habrá de servirle al presidente de México, Enrique Peña Nieto, que haya sido él el único gobernante del mundo que lo recibió y le rindió honores de Estado cuando aquel andaba en campaña. Y de nada servirá para proteger a los mexicanos de allá y de aquí el falso optimismo que han empezado a destilar los miembros más ilustrados de nuestra clase política gobernante. Los ataques de quien está a punto de convertirse en el hombre política y militarmente más poderoso del mundo pasarán de las palabras a los hechos. La diplomacia pasiva no será suficiente para detener el éxodo obligado.

En Estados Unidos se han generado movilizaciones masivas para repudiar la política racista, xenófoba, misógina y ultraderechista de Donald Trump. No sólo las minorías raciales que resultarán afectadas se han dado cuenta de que es necesario organizarse y salir a la calle para mostrar su fuerza y su determinación de luchar por sus derechos. Otros sectores de la sociedad estadounidense han tomado conciencia del peligro extremo que significa un personaje como Trump para la convivencia civilizada. El presidente electo de aquel país encarna en estos momentos todo eso que la civilización se ha propuesto dejar atrás en la historia: la barbarie y el racismo de exterminio. Estados Unidos no será más un país donde los grupos sociales provenientes de diferentes partes del mundo puedan coexistir construyendo relaciones de tolerancia y participando en la construcción permanente de una nación que debería sobreponerse al espíritu de dominio y hegemonía mundial de su clase dominante. El peligro de una polarización social violenta se empieza a materializar desde ahora. Es por ello que estamos ante una toma de conciencia gradual sobre la necesidad de evitar la confrontación interna.

En primer lugar, desde luego, está el derecho de cada quien a ser como es. Pero más allá de las diferencias raciales se encuentra otra realidad de opresión y de oprobio que habría que considerar. En las políticas y procesos de explotación del trabajo humano y devastación de la naturaleza la clase gobernante y empresarial de Estados Unidos no hace grandes diferencias. De lo que se trata es de mantener ese impulso perverso de concentración de toda la riqueza en un grupo cada vez más reducido. La globalización neoliberal tuvo ese propósito, aunque ya vemos que ha tenido efectos sumamente negativos en un sector específico de la clase trabajadora de piel blanca y espíritu supremacista, que Donald Trump, por cierto, supo muy bien atizar. Más allá de toda confrontación racial tendría que colocarse el problema de la desigualdad económica y la ausencia de una democracia auténtica. Los dos partidos que existen y que se disputan el poder, el Republicano y el Demócrata, son organizaciones de la clase empresarial. Los trabajadores asalariados y la clase media proletarizada no cuentan con un instrumento político de esta naturaleza que les permita defender sus intereses y participar en la lucha electoral por el poder. Es hora de cuestionar a fondo el sistema político norteamericano y plantear su transformación hacia una democracia que incluya a las clases sociales oprimidas.

A los mexicanos que residen en aquel país no les queda otra alternativa que organizarse y luchar. Tendrían que hacerlo, en primer lugar, los que cuentan con residencia legal y están en condiciones de expresarlo públicamente. El odio y la persecución trumpistas irán destinado a los mexicanos como raza, sin distinciones de carácter legal. La deportación masiva, desde luego, la sufrirán en primer lugar quienes son considerados ilegales y que hayan cometido alguna falta que justifique su criminalización. Pero los que eventualmente se queden allá tendrán que hacerle frente a actitudes cada vez más agresivas de discriminación y violencia. De manera que la opción para todos es la unidad y la organización. En esta lucha contra el advenimiento de un poder autoritario nadie puede pensar que está libre del peligro. Esta lucha no se puede quedar en los límites cerrados del origen nacional y el color de la piel. Es necesario despertar el espíritu internacionalista de la clase obrera y rebasar las líneas fronterizas para unirse en contra de la amenaza común. Se impone la creación de un gran frente que incluya todas las minorías étnicas y raciales, que se convierta en un gran frente de clase.

Los mexicanos que están en riesgo de ser deportados masivamente y los que se queden allá no cuentan con el respaldo activo y sin concesiones del gobierno de Enrique Peña Nieto. La diplomacia pasiva que se propone desplegar no será suficiente para detener el golpe. A los mexicanos de allá y de acá no nos queda sino organizarnos por nuestra cuenta para emprender la defensa efectiva de los derechos de los migrantes y de lo que quede de nuestra soberanía nacional. Los familiares de todos los que se han visto obligados a emigrar a Estados Unidos en busca de las oportunidades que se les niegan en sus propio país se encuentran ante el desafío de promover la organización independiente y la lucha decidida por su cuenta y desde aquí. Las organizaciones de migrantes que existen en el país, así como las comunidades a las que pertenecen, estarían en condiciones de iniciar un proceso de esta naturaleza.

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