Jerjes Aguirre Avellaneda
¡Para el debate por Michoacán!
En su aniversario: Revolución muerta, principios vivos
Viernes 25 de Noviembre de 2016
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Francisco I Madero, líder inicial de la Revolución mexicana.
Francisco I Madero, líder inicial de la Revolución mexicana.
(Foto: Especial)

Se han cumplido 106 años del inicio de la Revolución Mexicana a partir de aquel 20 de noviembre de 1910. Los cambios y resultados del proceso revolucionario son ampliamente conocidos: comparando al México de hoy con el México de hace un siglo, aparecen con evidencia las grandes transformaciones de todos los órdenes de la vida nacional. De hecho, la Revolución permitió la construcción de un país diferente, sin que ello signifique que los objetivos fundamentales de la Revolución hayan sido cumplidos a cabalidad.

Se han registrado triunfos y derrotas, éxitos y fracasos, lealtades y traiciones, hasta terminar con un “silencioso entierro” de la propia Revolución, para iniciar una etapa en la vida de México, caracterizada por el triunfo total de la contrarrevolución, antes de que esa Revolución cumpliera 100 años. Hoy, México ha iniciado el siglo XXI con una Revolución completamente muerta.

En cambio, tratándose de los principios de la Revolución, sólo en apariencia fueron derrotados puesto que siguen vigentes en los contenidos y orientación ideológica de las fuerzas sociales y políticas, que poseen las condiciones y el potencial necesario para los grandes cambios de la sociedad. ¿Cuáles son algunos principios fundamentales de la Revolución que a pesar de todo siguen vigentes? Habría que comenzar con la democracia:

El líder inicial de la Revolución, Francisco I. Madero, expresó en el Plan de San Luis Potosí, en octubre de 1910, que las causas de la rebeldía revolucionaria eran la dictadura de Porfirio Díaz, el fraude electoral y las aspiraciones democráticas de los mexicanos, sintetizadas en la consigna “Sufragio efectivo. No reelección”, que sólo podían cumplirse con la organización política del pueblo.

Por ello, las aspiraciones democráticas de Madero pudieron comenzar a consumarse hasta la fundación del Partido Nacional Revolucionario, seguido de la formación de sus sectores agrario, obrero y popular como una forma viable para su tiempo, en que podían organizarse políticamente los sectores mayoritarios de la población. No habría otra manera de darle conclusión al movimiento de los trabajadores del campo y la ciudad más que como forma semicorporativa para el ejercicio político. La democracia revolucionaria de México comenzó siendo una “democracia dirigida”.

Luego entonces, ¿esa era la aspiración revolucionaria? La respuesta se encuentra en el artículo tercero constitucional, que desde 1917 define la democracia considerándola “no solamente como una estructura jurídica y un régimen político, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo”. A la luz de estos conceptos, es evidente que el principio de la democracia sustentado por la Revolución no ha sido cumplido.

Ha existido la confusión, provocada deliberadamente o por descuido, de atribuir los avances democráticos a la derrota del “autoritarismo” y el “partido de Estado”, junto a la adopción de procedimientos que permitieran la expresión libre y confiable de la voluntad ciudadana para la elección de sus representantes ejecutivos y legislativos con la participación de partidos políticos, con la función básica de actuar como medio de acceso a la función pública. La democracia reducida a sus contenidos electorales deja de cumplir con los principios constitucionales, que son equivalentes en este aspecto a los principios de la Revolución.

No puede haber democracia con desigualdad y pobreza, con exclusión, con élites de privilegio y corrupción, con mayorías manipuladas con promesas y dádivas, haciendo prevalecer la mentira y el engaño, el pragmatismo perverso que intenta sustituir las ideas para que los mexicanos carezcan de futuro y sólo puedan vivir el hoy, sin vínculo alguno con el mañana. La democracia mexicana ha terminado en el presente con grandes dudas y descontentos, si bien es preciso destacar que esa no es tampoco la democracia postulada por la Revolución. Las tareas de la democracia en México siguen estando pendientes.
Por otra parte, el principio revolucionario de la justicia social, vinculado forzosamente con los obreros y campesinos como las grandes mayorías nacionales, representa el núcleo ideológico esencial de la Revolución, particularmente en los contenidos de los artículos 27 y 123 de la Constitución, donde todavía se dibuja el perfil de una sociedad justa y democrática.

El artículo 123 sigue disponiendo que la jornada laboral será de ocho horas, en tanto que para los salarios mínimos generales indica que “deberán ser suficientes para satisfacer las necesidades normales de un jefe de familia en el orden material, social y cultural, y para proveer a la educación obligatoria de los hijos”. Destaca asimismo que “para trabajo igual debe corresponder salario igual, sin tener en cuenta sexo ni nacionalidad”.

Sin embrago, a pesar de que en algún tiempo el Partido de la Revolución Mexicana tuvo como lema “Por una democracia de trabajadores”, la sociedad mexicana sigue siendo profundamente desigual, con la mayoría de la población en condiciones de pobreza, con desempleados, subempleados y ocupaciones informales, con ninis y futuros inciertos para las nuevas generaciones. Los salarios mínimos y la organización sindical devinieron en instrumentos reiterados para favorecer entre trabajadores y patrones. El principio del trabajo como fuente de riqueza y bienestar sigue pendiente, a pesar del ordenamiento constitucional disponiendo que “toda persona tiene derecho al trabajo digno y socialmente útil…”.

En cuanto a los campesinos, han sido dramáticos los incumplimientos y las traiciones. El artículo 27 constitucional original, el que aprobaron los constituyentes de 1917, establece la propiedad de la Nación sobre el conjunto de recursos que forman el país, superficiales, subterráneas y marinos, siendo la única facultada para transmitir derechos de propiedad privada. Reconocía la propiedad indígena sobre sus tierras, la restitución y el reconocimiento de sus bienes comunales, así cono el derecho de los campesinos para recibir dotación y aplicación de ejidos, expropiando los excedentes de la gran propiedad latifundista.

En 1992, sin embargo, fue reformador el artículo 27 constitucional, terminando el reparto agrario y cancelando el carácter inalienable de la propiedad ejidal. Las tierras agrícolas de los ejidos entraron al mercado de tierras y con ello fue iniciando el proceso de distracción del ejido y la reconstrucción de la propiedad agraria. El golpe ha sido mortal para la propiedad social sobre la tierra. Los principios agraristas fueron traicionados. Hoy, en lugar de ejidatarios y comuneros, se halla simplemente de productores, al margen de todo vínculo con las formas de propiedad sobre la tierra.

Como puede destacarse, incuestionablemente la Revolución está muerta, pero los principios que dieron espíritu a las garantías individuales y sociales, que hicieron de México el país de vanguardia en los inicios del siglo XX, esos principios siguen vigentes por su validez humana para el ejercicio de una vida digna, libre y democrática.

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