Sábado 26 de Noviembre de 2016
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El anuncio reciente del EZLN y el Congreso Nacional Indígena, en el sentido de lanzar a una mujer indígena como candidata independiente, tampoco cubre el gran vacío.
El anuncio reciente del EZLN y el Congreso Nacional Indígena, en el sentido de lanzar a una mujer indígena como candidata independiente, tampoco cubre el gran vacío.
(Foto: Cuartoscuro)

México vivió un proceso de transición a la democracia que se quedó trunco en la primera de sus fases. Abrir el sistema político a la participación legal de varios partidos y alcanzar la alternancia en el gobierno ha sido el logro y el límite final al que se ha llegado. La alternancia en la Presidencia de la República se definió, sin embargo, por el lado de la derecha, lo que permitió el retorno del partido que nos había impuesto su dominio político durante varias décadas. Fue un arreglo en la cúpula del sistema para evitar que la izquierda llegara al poder cuando contaba con un amplio respaldo de las masas en movimiento. El siguiente paso fue corromper y descomponer al partido que se había formado como producto de aquella gran insurrección ciudadana que se creó en la coyuntura electoral de 1988.

Ahora vemos al PRD haciendo alianzas en elecciones locales con lo que alguna vez se llegó a considerar como su antípoda ideológica: el PAN. Terminó por convertirse en una organización pragmática a la que sólo le interesa ganar posiciones de poder sin considerar los medios y sin una visión clara y sólida de su objetivo histórico. Una parte salió a formar otra organización con Andrés Manuel López Obrador a la cabeza. Morena, sin embargo, tampoco es la opción de izquierda que se proponga transformar a fondo el sistema político y económico del país para crear las condiciones que permitan la existencia de una sociedad justa e igualitaria. El anuncio reciente del EZLN y el Congreso Nacional Indígena, en el sentido de lanzar a una mujer indígena como candidata independiente, tampoco cubre el gran vacío. Se trata, en todo caso, de una propuesta que habrá de quedar en el ámbito de lo testimonial, además de que el carácter estrictamente indígena de la candidatura la vuelve excluyente del resto del mundo.

La democracia que tenemos sólo ha servido para crear en nuestro país una clase política aristocrática y parasitaria. Es como si se tratara de una gran hermandad en la que sus miembros se pueden organizar por afinidad en distintas expresiones para disputarse el poder, pero ante cualquier amenaza se unen para proteger sus privilegios y escudarse ante un gran muro de impunidad. La corrupción es su estilo de vida y de gobierno. Todo lo que tocan y todo en lo que se involucran se descompone y se corrompe. No reparan en medios para acceder al poder y, una vez instalados allí, para conservarlo y aprovecharse de él. No conciben el poder como el medio a través del cual se puede servir a la sociedad, y con la participación de ella emprender procesos de solución de los grandes problemas que sofocan a la nación. Ellos ven el poder como el espacio de mando donde pueden disponer de enormes recursos para su uso exclusivo y para responder a las órdenes de quienes han acumulado grandes riquezas a costa de la devastación de la naturaleza y la explotación sin límites del trabajo humano. Son ciegos e insensibles, a veces hasta soberbios, ante la pobreza y la miseria, ante la desesperación y el sufrimiento en que se debaten millones de familias mexicanas. Es una clase social que se ha elevado por encima y que actúa en contra de los derechos fundamentales, históricos, de las clases a las que mantiene sometidas. Es la clase política que ha usurpado la representación de la sociedad y se ha convertido en una gran excrecencia parasitaria.

El país se deshace en medio de la violencia y el caos. Vivimos desde hace lustros en una situación de excepción permanente. La ocupación policiaca y militar de las calles y demás espacios públicos no ha servido para devolverle a la gente la tranquilidad. Tenemos un saldo de espanto. Decenas de miles de muertos y desaparecidos. El dolor de sus deudos y el peregrinaje sin fin para tratar de localizarlos, para encontrar alguna señal que les permita saber qué pasó con ellos, y lo que enfrentan es la prepotencia o la indiferencia total de los funcionarios, de quienes tienen la obligación constitucional de dar una respuesta, de investigar, de construir una explicación, de resolver cada caso. Estamos atrapados en una zona de temor y de zozobra. No hay a la vista posibilidades reales de mejora, no al menos que provengan de quienes hoy se han apoderado de nuestra vida, de quienes se han dedicado a clausurar las perspectivas de nuestro destino. El país es un territorio que se desangra, que no encuentra la salida. Pero ya se alistan en las cúpulas de la clase política para irrumpir en las elecciones presidenciales de 2018. Los escándalos no cesan, avergüenzan la conciencia nacional, confirman lo que ya sabíamos: el poder es visto también como un botín. Miles de millones de pesos en cada estado desviados o perdidos, destinados a engordar las cuentas personales de los gobernadores y multiplicar sus propiedades. Por eso el Estado se encuentra en quiebra y quienes pagan los platos rotos, como siempre, son los trabajadores, los derechohabientes del sistema de salud pública que ven reducidos hasta el sacrificio sus derechos. Ahora entendemos mejor por qué los recortes a las áreas que son fundamentales para el desarrollo del país y el bienestar de cada uno de los mexicanos. Se trata de quitarnos de lo poco que nos dejan para cubrir los huecos enormes, a veces totales, en las finanzas públicas.

Pero allá arriba se aprestan para preparar el escenario. Ahora sí las cosas serán diferentes, ahora sí todo va a cambiar. Cada aspirante trae la varita mágica para volverlo todo de color de rosa, para traernos la dicha, la felicidad total. Es de nueva cuenta el argumento y los grandes medios de difusión se encargan de que todo se vuelva verdad, que el engaño se implante en nuestra conciencia y volvamos a caer en la ilusión. Pero la ilusión cuesta cara, nos ha costado la vida y el futuro del país. La mayor tragedia es que hemos dejado que otros, que ellos, los de la clase política que nos gobierna, ocupen los espacios de poder que por derecho natural le corresponden a la sociedad; que decidan por nosotros y en favor de otros poderes que los sostienen. La inmensa mayoría de la sociedad se ha convertido en víctima. Pero no se ha decidido a tomar en sus manos el camino que la salve. Hasta ahora los movimientos que han surgido en diferentes tiempos, en diferentes latitudes, con causas diversas, a veces muy sectoriales, a veces de una magnitud nacional, llegan a un tope y entran en repliegue. Cada movimiento parece vivir y padecer su propia realidad, sin considerar que comparte con los otros la misma fuente de sus desgracias y los retos para construir la solución. La democracia que tenemos es discriminatoria, excluyente, fuente de privilegios para unos cuantos. La democracia que necesitamos es la de base, horizontal, la de la multiplicación infinita de los espacios, la de la ocupación organizada, el debate y la reflexión colectivas, la participación de todos, que conciba el poder como la gran alameda nacional donde todos resuelven y convierten sus decisiones en acción concertada, armónica, creativa, compartida.

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