Ramón Guzmán Ramos
El socialismo irreal
Sábado 3 de Diciembre de 2016
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Había sido una muerte esperada. Fidel Castro decidió retirarse a la vida privada cuando el tiempo y una enfermedad limitante se le echaron encima. Las facultades que lo distinguieron ante el mundo como un líder poderoso y controversial se habían debilitado, al grado de que no le era posible ejercer el poder que había acumulado y concentrado en su persona desde el triunfo de la Revolución, en 1959. Resolvió entonces que su muerte no abriría ninguna coyuntura para que sus enemigos se propusieran sembrar el caos y aprovecharlo para derribar el sistema que él había construido y proceder a la restauración del capitalismo en la isla. Fue por ello que decidió arreglar una transición de terciopelo en favor de su hermano Raúl. Muchos en Cuba y en el exterior aguardaban su muerte, incluso se habían propuesto provocarla desde hacía décadas, esperando que con su ausencia las estructuras que Castro dominaba se tambalearan y acabaran por desplomarse. Pero he aquí su último movimiento estratégico. Los restauradores no pueden aprovechar el hueco que deja porque desde hacía años él ya no estaba en el poder.

. Muchos en Cuba y en el exterior aguardaban su muerte, incluso se habían propuesto provocarla desde hacía décadas
. Muchos en Cuba y en el exterior aguardaban su muerte, incluso se habían propuesto provocarla desde hacía décadas
(Foto: Cuartoscuro)


¿Significa que no habrá cambios en Cuba? No al menos a través del torbellino social y la subversión que suele desatar la desaparición de un líder máximo, como en este caso Fidel. El sistema de centralización estatal de la economía y la política se mantiene. Lo mismo la nomenclatura que ha ocupado los espacios de gobierno y se ha enquistado allí como parte indisoluble del aparato. Lo que sea necesario cambiar se hará a través de los controles que conserva el Estado, a menos que Raúl se sienta huérfano y no sea capaz de mantener los hilos en sus manos. Es obvio que Cuba no puede seguir en las condiciones en que viven sus habitantes. Es verdad que el bloqueo impuesto desde el principio por Estados Unidos sofocó prácticamente la economía de la isla y obligó a sus dirigentes a tomar decisiones de excepción cada vez que la crisis arreciaba, pero es un mal que el pueblo no puede aguantar más. Tampoco se trata de regresar al tiempo de antes de la Revolución, cuando Cuba era prácticamente una colonia norteamericana y el papel de sus habitantes quedaba reducido al de una indigna servidumbre humana.

¿Qué cosas habría que cambiar y qué conservar del sistema surgido de la Revolución? He aquí la cuestión de fondo. Empezaríamos por decir que el sistema político y económico que prevalece en Cuba no es el socialismo, no como fue concebido por los fundadores originales de esta ideología. Al igual que en la URSS, el proceso se detuvo y se estancó apenas en la primera fase, que es la estatización de los medios de producción y de toda la actividad económica. Esta medida era el requisito sine qua non para pasar a una etapa superior, que sería la socialización de la vida económica y política en condiciones igualitarias para todos. El problema fue que la Revolución no logró avanzar y trascender esta etapa y, lo peor de todo, que sus líderes se propusieron identificar lo que en esta estación de la historia ocurría con la visión del socialismo. En los hechos, el Estado, constituido por un estrato que se elevó por encima de la sociedad, acabó por convertirse en un enorme aparato burocrático cuya función principal era, es, conservarse y reproducirse a sí mismo. Los clásicos del socialismo planteaban que un sistema de esta naturaleza sólo es posible en una sociedad desarrollada, donde la producción de la riqueza sea de tal magnitud que, una vez socializada, fuera suficiente para garantizar el bienestar de todos y de cada uno en la colectividad. Y que tampoco podía concebirse como un sistema nacional, aislado, atrapado en sus propias fronteras. El socialismo no es la socialización de la escasez y la pobreza, no es ni puede ser la igualdad en la miseria, tanto política como moral. Tampoco el acatamiento del dogma, del pensamiento único. El proceso no puede detenerse aquí. De lo que se trata es de crear las condiciones para que la sociedad y los individuos que la conforman puedan realizar su potencial humano, desde luego que en un ambiente de libertad plena, de pleno respeto a la diversidad y a la divergencia.

La muerte de Fidel ha vuelto a polarizar las posiciones a nivel mundial con respecto a su figura, a su trayectoria y su legado histórico. En el fondo de la cuestión lo que se debate, sin embargo, es la pertinencia y la vigencia de la Revolución. Las revoluciones no son el invento de una mente caprichosa ni el resultado de algún espíritu voluntarioso, de un líder o grupo que se proponga derribar un gobierno simplemente para hacerse del poder. Las revoluciones son explosiones sociales que surgen porque el régimen dominante ha llegado al límite último de sus posibilidades y ha entrado a una etapa de caducidad irreversible. Las masas, que han sufrido sistemáticamente los efectos de la opresión y la miseria, irrumpen, por lo general violentamente, en el escenario abierto de la historia. Si cuentan con una dirección que sepa leer el momento y encauce correctamente el movimiento, la revolución triunfa y establece un nuevo sistema. De lo contrario, la avalancha humana acabará por dispersarse en el caos y otras fuerzas extrañas se aprovecharán para su propio beneficio. En el caso de Cuba, se trató de una insurrección debidamente planeada, organizada, orquestada, que en poco tiempo se extendió prácticamente a toda la población. Fue una hazaña de hombres y mujeres que se entregaron a la lucha no sólo para sacudirse una dictadura, sino por la visión de un mundo diferente, donde el pueblo se convirtiera por fin en el dueño de su destino. Al frente de esa gran osadía histórica estuvo Fidel Castro, prácticamente en todos los momentos de su realización.

La Revolución recuperó para el pueblo cubano los recursos, las grandes propiedades y los espacios de gobierno que se encontraban en manos de una clase privilegiada, la cual, por cierto, respondía a los intereses de Estados Unidos y otras potencias mundiales. Y recuperó su dignidad y su derecho a ser lo que por sí y para sí deseara. Cualquier cambio que se proponga emprender en Cuba tendría que mantener la defensa intransigente de las conquistas más importantes de la Revolución. El cambio fundamental que se requiere es devolverle al pueblo cubano su poder de decisión. Es obvio que la voluntad del aparato de gobierno, del Estado burocratizado, desde hace tiempo no corresponde a la voluntad del pueblo cubano, mucho menos a la visión que originalmente se tenía del nuevo régimen.
La restauración del capitalismo no es la respuesta. Tampoco el tipo de democracia que se practica en los países dominados por el poder del dinero. Habrá que mantener las áreas estratégicas para el desarrollo del país. Pero hace falta una nueva irrupción de las masas en todos los espacios donde se decide la suerte de todos. Desde luego que las perspectivas no son promisorias. El mundo está dominado por las grandes potencias económicas y militares, dividido entre un grupo de potentados y las enormes masas mancilladas. El socialismo se ha desvirtuado a los ojos de todos, incluso de los restos de una izquierda claudicante, porque lo identifican con sistemas que fueron en realidad el resultado de procesos de deformación burocrática. Pero habría que considerar nuevas posibilidades, nuevas construcciones de la conciencia y la realidad, nuevas formas de combinar los elementos rescatables de la experiencia que nos ocupa, con otros que deberán surgir de las nuevas condiciones en que se encuentra actualmente la humanidad.

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