Jerjes Aguirre Avellaneda
¡Para el debate por Michoacán!
Corrupción y legitimidad política
Viernes 9 de Diciembre de 2016
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Se ha afirmado que la corrupción es un fenómeno generalizado en México, que se presenta en los diferentes sectores económicos y sociales en distintas formas y escalas cubriendo el conjunto de actividades de la sociedad.
Se ha afirmado que la corrupción es un fenómeno generalizado en México, que se presenta en los diferentes sectores económicos y sociales en distintas formas y escalas cubriendo el conjunto de actividades de la sociedad.
(Foto: TAVO)

Se ha afirmado que la corrupción es un fenómeno generalizado en México, que se presenta en los diferentes sectores económicos y sociales en distintas formas y escalas cubriendo el conjunto de actividades de la sociedad. Nada escapa a la corrupción, convirtiéndose, en efecto, en un elemento de la cultura mexicana en tanto que se trata de un problema estructural.

La corrupción es un modo de influir en las decisiones públicas y privadas para favorecer intereses particulares al margen y en contradicción con el sistema de normas prevaleciente. El cohecho, al nepotismo y el peculado son formas conocidas en la práctica de corrupción. No obstante, también hay corrupción cuando se buscan y obtienen ventajas en la aplicación de la normatividad, cuando se evaden sanciones y multas utilizando la clásica mordida o cuando se pretende influir en la aprobación de una ley o su reforma por parte de los legisladores, cuando se “compran” candidaturas o cuando se alteran las condiciones que permiten el ejercicio libre del voto. En estos casos, evidentemente, lo que se practica es la corrupción política.

¿Por qué hablar de corrupción política? La respuesta no sólo se refiere a que con ella los políticos se hacen ricos de la nada, sino a la forma como se practica la política y a los valores utilizados para justificarla, con aberraciones teóricas como aquella que divide a los ciudadanos en la categoría de los que mandan, que son los menos, frente a los más y que pertenecen a la categoría de los que obedecen.

Hubo tiempos en que los padres alentaban a sus hijos para participar en la política. Sus consejos se referían a que de esa forma podrían ayudar a la gente y a sus pueblos. Hoy, al menos en las condiciones mexicanas, muy pocos padres alientan a sus hijos para convertirse en políticos. Estimulan el conocimiento en la ciencia y la tecnología, en el arte, en un buen desempeño profesional, pero no en la práctica política, ni siquiera como “un buen político”.

Dependiendo de las condiciones socioeconómicas y del funcionamiento institucional, la corrupción se presenta con mayor o menor incidencia y amplitud. El crecimiento del sector público, de la participación del Estado en la economía, aparentemente está asociado con la mayor proclividad a la corrupción hacia adentro de los ámbitos gubernamentales, donde llegó a despreciarse una senaduría o diputación, a cambio de dirigir una empresa pública. Por el contrario, cuando el Estado se retrae y crece el sector privado, la corrupción tiende a presentarse con alta frecuencia en la relación de los empresarios con el gobierno para obtener decisiones favorables a sus intereses, en concesiones, contratos, permisos, licencias, exenciones y preferencias, entre otros “favores” a cambio de las respectivas “recompensas”. En una y otra situación, la política es clave para lograr decisiones favorables a unos y a otros.

No podrían dejarse al margen los contextos más amplios en los que la política se ejercita y se corrompe. En México, como ocurre en todo el mundo, el modelo de sociedad vigente corresponde a una sociedad de mercado, en la que su estructura básica está identificada con la producción de “cosas”, no para la satisfacción directa de las necesidades humanas, sino para su venta en el mercado, obteniendo de ello una utilidad que entre más grande mejor.

Las “cosas” y su representación en dinero constituyen la esencia de las sociedades de mercado, el valor supremo que otorga a su poseedor la más elevada posición social, de éxito, reconocimiento y obediencia. El dinero es equiparable a la vida misma, puesto que sin dinero no hay vida, la vida no vale nada. Todos valen por la posesión de “cosas” y dinero, en lugar de las cualidades intangibles como la inteligencia, creatividad y solidaridad, en tanto atributos que debieran reconocerse a la política y a los políticos.

Se ha dicho que los relevos generacionales representan la oportunidad de corrección. Sin embargo, cuando se observan los nuevos políticos, como los ex gobernadores de Veracruz, Quintana Roo, Chihuahua y Sonora, entre los más destacados, con sus desmedidos afanes de riqueza, inevitablemente tienen que asociarse con los antivalores éticos, equiparables a la locura que puede representar la “sociedad de las cosas”, en lugar de la sociedad de los valores que enaltecen la convivencia humana y la política.

Comenzando por las campañas electorales, la corrupción de la política es evidente. Los candidatos se publicitan y se venden como el mejor producto para el consumidor. Los expertos en publicidad construyen “imágenes”, “envolturas” o “presentaciones” apropiadas a los “gustos” de jóvenes y viejos, mujeres y hombres. La “imagen” está acompañada de objetos de cierta utilidad para el votante, encendedores, bolsos, despensas, botiquines y cuanto se pudiera ocurrir a los responsables de la propaganda. Las promesas no faltan, los compromisos tampoco, y si son ante notario se hacen más creíbles, pero nada más; cumplir es distinto, no pasa nada si alguien señala incumplimientos posteriores.

No hay en las campañas electorales ningún esfuerzo de educación política de los ciudadanos, convirtiendo el proselitismo en vastas operaciones de mentira y manipulación, como elementos sustantivos de corrupción de la política, contaminada por las dudas, la desconfianza y el descrédito. ¿Qué decir de los subsidios gubernamentales y de la forma como los gastan los partidos políticos?, ¿qué decir de los donativos y apoyos diversos que se otorgan?, ¿qué decir de las alianzas entre partidos con ideologías diferentes y contrapuestas?, ¿y de los candidatos que ayer fueron postulados por un partido, luego por otro y otro más, escudándose en un supuesto pragmatismo, que no es sino otra forma de corrupción política que todo lo justifica?

Y sin embargo, como se ha dicho muchas veces, la política es teoría y práctica en la solución de los problemas colectivos, es la forma como se conduce a la sociedad. Política siempre habrá y por ello es imprescindible corregir sus distorsiones, sus traiciones y la enrome corrupción en la que se encuentra inmersa. Son tiempos de recuperación de la política, limpiándola, devolviéndole la dignidad de actividad profundamente humana en la dirección de la sociedad.

¿Cómo terminar con la corrupción política? Obviamente no es una tarea sencilla, puesto que está relacionada con profundos cambios en la sociedad y en el Estado. Las distintas evidencias muestran que la corrupción política deriva de la organización y funcionamiento de la sociedad donde se produce y, por tanto, las trasformaciones tendrían que producirse en lo uno y en lo otro, impulsadas por ciudadanos politizados, educados políticamente para erradicar las causas de toda forma de corrupción, haciendo prevalecer la honradez en el ejercicio de la democracia y la libertad.

Ante los grandes peligros que se ciernen sobre México es imprescindible practicar una política con principios e ideales que le otorguen el más amplio prestigio y legitimidad.

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