Ramón Guzmán Ramos
Frente amplio electoral
Sábado 10 de Diciembre de 2016
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No sería raro que se iniciara la desbandada de una buena parte de la militancia perredista hacia las filas de Morena. La dirigencia nacional del PRD se encuentra atrapada en un laberinto de confusiones ideológicas y de extravíos pragmáticos. No le atina en su búsqueda desesperada de una alianza de última hora que le permitiera sobrevivir por más tiempo. A nadie extrañaría que decidiera aliarse con el PAN en las elecciones presidenciales de 2018. Sería la culminación de su proceso de pérdida de identidad y deceso político porque, además, no se halla en condiciones de imponer un candidato propio, carece de una figura de talla y peso político nacional que pudiera utilizar como carta en una probable negociación. Pero carece, sobre todo, del prestigio ético y el arraigo que alguna vez llegó a tener en grandes franjas de la población.

No tendría por qué preocuparle a Andrés Manuel López Obrador si el PRD decidiera no ir del lado de Morena en la contienda de 2018.
No tendría por qué preocuparle a Andrés Manuel López Obrador si el PRD decidiera no ir del lado de Morena en la contienda de 2018.
(Foto: Cuartoscuro)



De manera que no tendría por qué preocuparle a Andrés Manuel López Obrador si el PRD decidiera no ir del lado de Morena en la contienda de 2018. Lo más probable es que las bases del PRD lo determinen por su cuenta y abandonen su partido para sumarse a una candidatura que ofrece mejores perspectivas. Lo que tendría que preocuparle, en todo caso, es que en este salto de un partido a otro se incorporen algunos tránsfugas que sólo lo hagan por interés personal. De cualquier manera, este fenómeno tendría que darle a AMLO una lectura especial sobre lo que podría ocurrir con su candidatura si se diera un proceso abierto a la participación de otros sectores organizados de la sociedad.

Los grandes problemas que mantienen al país en una situación de angustia y desesperanza pasan necesariamente por la cuestión del poder. Es lo que quizá no han comprendido a fondo los movimientos emergentes que han aparecido en los últimos años para darle expresión al dolor, a la indignación, al reclamo de justicia y libertad. Son movimientos que aparecen de una manera coyuntural para reclamar causas que consideran legítimas pero que no dejan de ser muy sectoriales. De ahí que sus perspectivas de desarrollo tienen un límite. El gobierno las atiende y las resuelve o decide reprimir. Son movimientos que caminan por su cuenta, aislados de otros movimientos y del resto de la sociedad, aunque tampoco es raro que algunos lleguen a contar con amplias muestras de simpatía y de solidaridad. Tenemos los movimientos por los desaparecidos, contra los feminicidios, por el derecho a la educación y a la salud, por la defensa del empleo, contra la depredación de la naturaleza, contra la violencia bárbara, por el reconocimiento del derecho de los pueblos indígenas, etcétera. Hasta ahora, sin embargo, no ha sido posible construir procesos de articulación que permitan la unión de todos en un gran frente nacional.

Son movimientos, por cierto, que no se plantean la cuestión del poder como un punto decisivo de su agenda. De hecho, si hay un espacio en que coinciden todos, es en el rechazo tajante a los procesos que usa la clase política para disputarse los puestos de gobierno. Pero es en el poder y desde el poder donde esta clase política, que responde a sus propios intereses y a los intereses de quienes, con enorme poder económico, la ayudan a llegar y a permanecer allí, diseña e impone las políticas públicas que mantienen al país hundido en la zozobra y el horror, en la necesidad y la miseria, en el sofocamiento de la libertad y la deformación de la democracia, en el sufrimiento y la opresión. El poder, en manos de esta clase política que ha perdido el sentido de la realidad y que se erige como una nueva aristocracia por encima del pueblo, es la fuente de todos los males. Uno no deja de preguntarse por qué entonces estos movimientos sectoriales no se plantean de una buena vez la cuestión del poder como una de las perspectivas de solución a la que hay que recurrir. Esta clase política, es verdad, ha pervertido hasta el extremo la política como debiera concebirse en su sentido original: la política como el espacio público donde todos participan y todos deciden, donde las decisiones que se toman han de ser motivadas por el bien común, de donde surja la representación colectiva que ha de gobernar no sólo en nombre de todos, sino con la vigilancia y participación de todos en todos los espacios que puedan abrirse en la base de la sociedad. Se trata, por eso, de recuperar los espacios de poder que esta clase política usa para su propio beneficio y para desgracia de la inmensa mayoría de la población.

Ni siquiera la decisión del EZLN y el Congreso Nacional Indígena de participar con una candidatura indígena se plantea la cuestión del poder como su objetivo electoral. Su propósito es aprovechar esta coyuntura para salir a recorrer el país y mostrarle al mundo la realidad indígena, con sus propios problemas y su visión de las cosas. Y si las condiciones lo permiten, organizar en el camino el descontento de mucha gente que no encuentra una forma adecuada y muy propia para expresarlo. Es una intención que cuenta con buenas posibilidades de concretarse. Pero no se plantea la cuestión última del poder. O quizá no en esta coyuntura y tampoco por esta vía. Es una propuesta que surge de una realidad que también ha sido desatendida por el Estado mexicano. Pero es, a fin de cuentas, una realidad, como con los movimientos que hemos comentado, sectorial. Es una propuesta del mundo indígena para el resto del mundo.

Lo que le está haciendo falta con urgencia a este país es una propuesta universal, de carácter integral, que pueda incorporar a todos los que hasta ahora no han hecho sino actuar y ver el mundo a través de sus propios ojos. Desde luego que la cuestión del poder no puede ser concebida como un fin en sí mismo. Es el medio para aplicar un programa que, en este caso, se constituiría con las aportaciones y necesidades de todos los participantes. Un programa para sacar al país de la crisis de sangre y de miseria en que lo han hundido, para crear condiciones de bienestar y tranquilidad, para que nadie vuelva a sentir que el mundo que le ha tocado vivir es un mundo cerrado y sin salida. El medio para concretizar un proyecto de tal envergadura sería la creación de una gran convención nacional para elegir al candidato a la Presidencia de la República y diseñar el programa de gobierno.

El problema es que Morena tiene definido prácticamente a su candidato, que es Andrés Manuel López Obrador. Y el EZLN y el CNI habrán de definir el suyo propio, que será una mujer indígena. Pero ambas organizaciones podrían poner sus respectivas candidaturas en la mesa de una convención nacional para que de ahí surgiera el abanderado. Sería con un proceso así, a través de una modalidad como ésta, que sería posible aglutinar el descontento nacional y darle una expresión organizada, unitaria, a fin de disputar en serio el poder en las elecciones presidenciales de 2018 con una propuesta que en realidad sea la opción que el pueblo está necesitando.

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