Rafael Mendoza Castillo
Capitalismo, Consumo y Emociones
Martes 27 de Diciembre de 2016
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Inicio estas reflexiones con un pensamiento de Byung-Chul Han: “La psicopolítica neoliberal se apodera de la emoción para influir en las acciones a este nivel pre reflexivo. Por medio de la emoción llega hasta lo profundo del individuo. Así la emoción representa un medio muy eficiente para el control psicopolítico del individuo”. Además el capital convierte a las emociones en medios de producción. Veamos.

Ahora, ante el consumismo contemporáneo, los deseos y el querer, instaladas estas figuras en el imaginario neoliberal, se echan a andar sobre sus propios pies, y de esa forma se configura un fenómeno nuevo llamado fetichismo de la subjetividad, o como bien lo dijo Marx, de quien ya nadie se quiere acordar, se produce un sujeto para el objeto, pero ya no pudo observar que en la sociedad consumista de hoy el sujeto se convierte en un producto de consumo.

El consumismo satisface. Es necesario potenciar al sujeto individual y colectivo, para evitar que queden atrapados el fetichismo de la subjetividad y el poder.
El consumismo satisface. Es necesario potenciar al sujeto individual y colectivo, para evitar que queden atrapados el fetichismo de la subjetividad y el poder.
(Foto: Héctor Sánchez)

El consumo implica un tipo de subjetividad cuya práctica configura un sujeto homogéneo, cuyo comportamiento no va más allá del sistema social establecido. Consumir los objetos o la ilusión imaginaria del consumo de los mismos, constituye una acción o conducta que no modifica a la realidad social-histórica. El sujeto de consumo cede su acto de pensar al sistema y éste piensa y actúa por el primero. Este hecho destruye todo sujeto o ciudadano político y anula la posibilidad de la reflexión y la crítica y, sobre todo, la creación de un proyecto de una autonomía individual y colectiva, tal y como lo plateó la Ilustración.

El consumo de mercancías se instala en un tipo de progreso unilineal que pretende saturar al sujeto, vía la imagen de la cantidad y de la acumulación. A su vez, esto último reclama para su justificación a las ilusiones, el status y al placer como resultado. Se observa entonces que estamos asistiendo al sostenimiento del imaginario capitalista de hoy.

Así, el sujeto consumidor cree que avanza, también cree que se mueve, pero su función, en lo que lo ha convertido el consumo, no altera el sentido de las estructuras y los discursos que la soportan. Dicha función erotiza al actor, lo coloca en lo imaginario y lo aleja de las referencias e identificaciones metasociales y metapsíquicas, o sea del contenido social. Como bien afirma Zygmunt Bauman: “Los encuentros de los potenciales consumidores con sus potenciales objetos de consumo se convierten poco a poco en los ladrillos con que se construye ese entramado de relaciones humanas que sucintamente llamamos “sociedad de consumidores”.

De esta manera, la función y el consumo instalan al sujeto en el discurso privado que promueve el orden social y su ideología paralizadora. Por ello, el consumidor se parece al prisionero: no puede salir ni estar adentro, pero puede soñar. De ahí que en la sociedad de consumidores nadie puede convertirse en sujeto sin antes convertirse en producto y por eso, la característica importante de esta sociedad es su capacidad de transformar a los consumidores en productos consumibles. Lo anterior se inscribe también en la política, ya que hoy en Michoacán se unifican los partidos políticos, gobernantes o no, los empresarios, los poderes fácticos, es decir, las relaciones de poder se separan de las relaciones de explotación, y las primeras se elevan al plano de lo absoluto, hacen del poder un nuevo fetiche. Donde estos grupos se sienten la fuente del poder y olvidan que la soberanía reside en el pueblo (artículo 39 constitucional). Queda claro que las relaciones de poder marchan por cuenta propia y escindidas de la sociedad civil (fetichismo del poder).

En el ideal del yo del consumidor se coloca una ficción de felicidad (conductor o significante amo), que dura lo que la imagen o la presencia del objeto. En el fondo, de lo que se trata en el juego perverso del consumo es de un bloqueo, que aleja a los sujetos de los auténticos deseos y de las determinaciones históricas y políticas. Por ello es importante entender que el consumismo, como relación ante el mundo, es un medio que ajusta la conciencia al equilibrio de lo que está hecho o construido, es decir, al sistema del social-conformismo.

Los espacios sociales del consumo, construidos por el imaginario neoliberal (6 de enero o 24 de diciembre) son mecanismos que se heredan por la tradición o la costumbre. Estos imaginarios son colonizadores del yo, y llega por la saturación, a provocar una crisis en las identificaciones del sujeto. Para algunos autores el consumismo es un tipo de acuerdo social que resulta de la reconversión de los deseos o anhelos humanos en la principal fuerza de impulso y de operaciones de la sociedad, una fuerza que coordina la reproducción sistémica.

A través de la práctica del consumo el sujeto se coloca en una cadena infinita de visitantes invisibles o muy visibles en la televisión, que dictan el gusto, el placer, la conducta, la elección, la diversión, el aburrimiento y hasta la forma de reír. Todos estos fantasmas, imágenes, máscaras o espectros, saturan al sujeto y lo detienen en un presente eterno para servir al orden, es lo que algunos investigadores llaman cultura ahorista (“Pepsi es lo de hoy”) o cultura acelerada. Como afirma Hugo Zemelman: “Historicidad y subjetividad conforman la realidad como un proyecto de vida social en el que pueden distinguirse dos dimensiones: la totalidad de la sociedad que se desarrolla con su propio ritmo y su apropiación por parte de los sujetos lo que se traduce en cierta direccionalidad de desenvolvimiento de la sociedad”.

Hay que entender entonces que la organización de la sociedad y sus productos culturales, tecnológicos, de saber, de conocimientos, etcétera; se convierten en objetos de apropiación por parte de la subjetividad individual. De lo que se trata entonces es que mejorar las condiciones de vida no es suficiente, si a ello no agregamos las posibilidades de opciones que impulsen la autonomía y el enriquecimiento de la subjetividad individual y colectiva.

El consumo, como comportamiento, debe saltar el nivel de la pura satisfacción de las necesidades, de bienes indispensables y que el sujeto acceda a la expresión del nivel social y con la voluntad de acción política, para ampliar la potenciación de la subjetividad, es decir, la libertad de escoger otros proyectos sociales, culturales, científicos, tecnológicos y económicos. Por eso la subjetividad no puede dejarse atrapar en un consumo natural ni mecánico, aquella contiene a lo real, a lo consciente y a la acción política que producen derroteros no previstos. El mecanismo del consumo, al contrario, separa a los sujetos de la reflexión, del reconocer y, sobre todo, de la acción constituyente que tiene como finalidad la propuesta de crear un orden nuevo.

El consumismo satisface. Por eso es necesario potenciar al sujeto individual y colectivo, para evitar que queden atrapados éstos en la lógica de la reproducción material, el fetichismo de la subjetividad y del poder, los cuales tienen la pretensión de convertirlos en operarios sumisos del sistema social neoliberal vigente. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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