Ramón Guzmán Ramos
Bolcheviques: la osadía histórica
Martes 10 de Enero de 2017
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Este año se conmemora el primer Centenario de la Revolución Rusa. No sabemos a estas alturas si habrá eventos numerosos y significativos por todo el mundo. El derrumbe del Muro de Berlín en 1989 y el colapso de la Unión Soviética en 1991, eventos que marcaron lo que se llegó a conocer como el fin del socialismo real, se han convertido en factores predominantes para el pesimismo de nuestra época. Es como si de pronto se hubiera esfumado del horizonte histórico toda perspectiva para pensar en un sistema de vida distinto al que nos ha quedado. Hay que agregar que una gran parte de las izquierdas que se asumían como socialistas o comunistas ha abandonado toda identificación ideológica y ha adoptado el pragmatismo político como principio y guía de su actuación. Parece como si sólo se tratara de mejorar en lo posible el sistema capitalista –en esta fase de dominio neoliberal a escala global–, sin profundizar en las causas que originan la desigualdad y la miseria, las guerras y la depredación del medio ambiente, la deshumanización del hombre y su conversión en un objeto. De ahí que tampoco es de esperar que de parte de estas izquierdas claudicantes haya la intención de recordar lo que alguna vez consideraron como su origen en la historia y que ahora las niega.

Diputados Bolcheviques
Diputados Bolcheviques
(Foto: Especial)

La Revolución Rusa de 1917 nos deja grandes lecciones que aún ahora siguen vigentes. Las revoluciones no surgen en la historia por el deseo y ni siquiera por la voluntad de ciertos personajes que se proponen provocarlas. Cada revolución es un estallido de las masas que se han mantenido acorraladas y en el límite de su tolerancia por un Estado autoritario y opresor. Es la irrupción del pueblo en los espacios que han estado controlados por el Estado y que el pueblo se propone recuperar. Hay personajes, eso sí, que advierten esta circunstancia y se dedican a estudiarla, a anticipar el momento en que se producirá para estar en condiciones de montarse en la cresta de la ola y dirigirla, o para orientar su movimiento desde una etapa primordial de su desarrollo. No siempre las ideas vigentes sirven para comprender las condiciones que se convierten en la causa fundamental de una revolución y el sentido que es necesario darle. Es cuando surgen las ideas nuevas y los hombres que habrán de encarnarlas y llevarlas a la acción.

Fue lo que hicieron los bolcheviques con Lenin a la cabeza. El primer reto fue la construcción del instrumento que serviría para organizar el descontento popular y forjar en la clase obrera y el campesinado una conciencia de clase; el instrumento para preparar y dirigir la revolución. Fue así como surgió el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR), fundado en Minsk, la capital de Bielorrusia, en 1898. En su Segundo Congreso, celebrado en Bruselas y luego en Londres en 1903, se produjo la conocida división entre bolcheviques (mayoría) y mencheviques (minoría). El punto de controversia tenía que ver en el fondo con el tipo de partido que era necesario forjar. Lenin lo concebía como una organización formada por militantes convencidos, comprometidos totalmente con la causa revolucionaria, capaces de entrar en contacto con los obreros y construir espacios con ellos para el debate y la acción, dispuestos a trabajar en la legalidad o en la clandestinidad de acuerdo con las condiciones, o en una combinación adecuada de ambas esferas. Los mencheviques, en cambio, planteaban que cualquiera podía ser miembro del partido siempre y cuando tuviera contacto y estuviera bajo la supervisión de su comité local. Parecía una cuestión sin mayor importancia, un punto de los Estatutos que no tenía por qué provocar una división insalvable. Pero Lenin tenía plena conciencia del desafío histórico al que se enfrentaban. No podían intervenir en el curso de la historia si no contaban con un instrumento capaz que actuara como un organismo centralizado y coordinado, forjado en la dureza y en el fragor de las batallas. En el fondo era en realidad una cuestión de estrategia.

Otra de las cuestiones que Lenin tuvo que encarar y se vio obligado a resolver fue sobre la naturaleza misma de la revolución. En el III Congreso del POSDR, celebrado en Londres en abril de 1905, en vísperas del estallido revolucionario de ese año, los bolcheviques y los mencheviques se convirtieron en fracciones irreconciliables. De hecho, los mencheviques boicotearon el Congreso y organizaron su propia conferencia en Ginebra. A partir de ese momento los bolcheviques andarían el camino de la revolución por su cuenta. La situación de atraso en que se encontraba Rusia con respecto a Europa, donde la Revolución Industrial y el ascenso de la burguesía al poder ya se habían producido, presentaba una problemática sui géneris a la que los bolcheviques, de manera personal quien llegaría a ser el inspirador y dirigente visionario de la revolución de octubre de 1917, V. I. Lenin, se enfrentaron con resolución y una voluntad inflexible. La siguiente pregunta que se hicieron todos –bolcheviques y mencheviques– fue: ¿qué clase de revolución sería la que tendría lugar en Rusia tarde o temprano?

Los mencheviques planteaban que debido a que la clase obrera era infinitamente minoritaria y que los campesinos constituían más del 90 por ciento de la población, y que en Rusia no había tenido lugar el proceso de industrialización que el marxismo veía como requisito para que una revolución proletaria – y por tanto, socialista– fuera posible, lo que procedía era impulsar una revolución que creara las condiciones para que el capitalismo se desarrollara al mismo nivel que se hallaba ya en Europa. El papel de los socialdemócratas marxistas se limitaba, entonces, a servir de acompañantes de la creciente burguesía y como oposición una vez que ésta se hiciera del poder. Lenin refutó con desprecio esta afirmación. No se hace una revolución, dijo, para entregarla a quienes en la siguiente etapa serán los enemigos mortales. ¿Pero cómo conciliar una teoría que, como la marxista, consideraba que el socialismo, en efecto, sólo podía tener lugar en una sociedad capitalista altamente industrializada? Rusia era la negación total de esa posibilidad. Lenin descubrió que Marx no se había cerrado a una opción alternativa y se dedicó a crear toda una teoría –que a la postre llegaría a conocerse como leninismo– para justificar la gran osadía histórica que en su momento, cuando fue necesario, acometieron los bolcheviques y que culminó –en su primera etapa– una vez que el gobierno de Kenensky demostró su fracaso con la toma del Palacio de Invierno.

En esta postura Lenin coincidió con otro gran revolucionario que había seguido un camino propio en el destierro: León Trotsky. Era verdad, aseguraban, que Rusia no estaba madura para la revolución proletaria, pero Europa en su conjunto sí lo estaba. Los revolucionarios comunistas partían del principio de que así como el sistema capitalista se estaba imponiendo a nivel mundial, de la misma manera el socialismo tendría que plantearse como un sistema que, aunque iniciara en un solo país, no se podía detener en sus propias fronteras. Ellos veían a la Revolución Rusa como el inicio de la gran revolución socialista europea. De manera que confiaban en formar una unión europea de Estados socialistas. La crisis bárbara en que la Primera Guerra Mundial había metido a los países beligerantes creaba condiciones para un estallido revolucionario a escala continental. ¿Cuál sería el desenlace a corto y a largo plazo de esta gran osadía histórica? Es materia de otra entrega.