Ramón Guzmán Ramos
Violencia en las escuelas
Sábado 21 de Enero de 2017
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La violencia ha sido hasta ahora el elemento preponderante que ha envenenado las relaciones que tenemos en la sociedad. No importa qué políticas se adopten desde el Estado para prevenir y combatir este flagelo, el horror que vemos y padecemos todos los días no cesa y poco a poco ha pasado a formar parte de nuestro modo de ver y de temer la vida. Podríamos afirmar que hemos construido una vertiente especial de nuestra cultura que se identifica con la violencia. En vez de alcanzar una nueva sociedad donde la armonía y el bienestar de todos pudieran ser objetivos alcanzados, como lo dicta toda utopía que se precie, a donde hemos llegado ha sido a este atolladero de la historia. El régimen que impera es el de la barbarie, la insensibilidad y deshumanización absolutas, la corrupción y el cinismo militante.

No importa qué políticas se adopten desde el Estado para prevenir y combatir este flagelo, el horror que vemos y padecemos todos los días no cesa y poco a poco ha pasado a formar parte de nuestro modo de ver y de temer la vida.
No importa qué políticas se adopten desde el Estado para prevenir y combatir este flagelo, el horror que vemos y padecemos todos los días no cesa y poco a poco ha pasado a formar parte de nuestro modo de ver y de temer la vida.
(Foto: Cuartoscuro)


Nuestros niños y adolescentes han nacido y se han criado en este ambiente perverso de crimen y violencia. La mayoría de ellos pertenece a familias que han quedado desgarradas y en cuyo ámbito ha permeado la descomposición social. No sabemos con precisión y profundidad de qué manera impacta esta realidad en la conciencia y en el corazón de nuestras nuevas generaciones. Hay que recordar que pasan por una etapa de su vida de por sí difícil, sujeta a cambios físicos, psicológicos y emocionales que les provocan angustia, incertidumbre y una sensación de extravío total. Lo que debiera ser un tiempo de búsqueda y descubrimiento, de formación de su propia identidad, de definición de líneas de vida, se les convierte en un infierno sin salida.

Lo que ocurrió este 18 de enero pasado en un aula del Colegio Americano del Noreste, ubicado en Monterrey, Nuevo León, donde inesperadamente uno de los alumnos de tercer grado de secundaria que se encontraba en clases disparó contra sus compañeros y la maestra que los atendía, ha cimbrado la conciencia de prácticamente todo el país. No sabíamos, no estábamos seguros, no lo queríamos ver, pero la violencia extrema, irracional, primitiva, ha llegado y se apodera de lo que considerábamos nuestros espacios sagrados. El horror se desliza como fantasma infausto por los pasillos y los salones de clase de nuestras escuelas, por las venas y los pensamientos ocultos de nuestros muchachos. Es la generación abandonada que ha acumulado todo tipo de experiencias traumáticas propias de la guerra. Una generación que no conocemos, que se ha separado de nosotros y que ha construido subterráneamente sus propios códigos de sobrevivencia y de desquite.

En esta tragedia todos son víctimas, incluyendo al adolescente agresor. Les tocó vivir y morir en una sociedad que se encuentra en franca decadencia. Lo primero que se derrumbó no sabemos desde cuándo fue nuestro sistema de valores. Lo que se glorifica y se pone como ejemplo por todas partes es lo que sirve para que cada quien se coloque por encima de los demás y se aproveche sin reparar en medios. Nuestros niños y adolescentes están sujetos a influencias que los forman en esta orientación. Lo más grave ha sido que la violencia incontenible ha invadido el alma de quienes no ven otra perspectiva en la vida que la que les muestran los adultos. Ante la tragedia lo único que se nos ocurre es reactivar la “operación mochila” en las escuelas, como si no se tratara de un problema que nos ha rebasado y que requiere de un tratamiento a fondo, estructural.

La verdad es que la barbarie nos ha alcanzado también en las escuelas. La escuela ha quedado rebasada ante los retos de formación que exigen estos tiempos de incertidumbre, zozobra y degradación. El Estado debe hacer lo que le corresponde como órgano responsable de velar por la seguridad de todos los mexicanos en cualquier circunstancia, de manera especial de quienes más necesitan de otros para protegerse y vivir con tranquilidad. Un ambiente primordial de formación es la familia. Es ahí donde el ser humano adquiere las herramientas que habrán de servirle para enfrentar la vida. Pero la escuela no se puede quedar al margen. Es en la escuela donde nuestros muchachos deberían contar con un ambiente de seguridad y convivencia armónica, solidaria, afectiva, pero no es así.

Una de las instituciones más conservadoras de la sociedad, además del régimen de gobierno que tenemos, de la Iglesia y la propia familia, es la escuela. Sigue funcionando como hace siglos: el maestro es el que dicta la cátedra, o la clase, los alumnos son los que escuchan y reciben; el conocimiento se transmite del docente al discente como si éste fuera una esponja que todo lo absorbe y lo guarda. No hay una relación significativa entre los conocimientos que adquieren los alumnos y sus contextos de vida. La organización interna de las escuelas es vertical, burocrática. Los alumnos son considerados como objeto y no como sujeto de la educación. No tienen una participación –de acuerdo con su circunstancia, desde luego– en los espacios donde se toman decisiones que les conciernen. En vez de funcionar como una verdadera comunidad democrática del conocimiento, la escuela parece ser un espacio totalmente separado de la realidad, aparte del mundo que habitan los alumnos.

La escuela se resiste al cambio. No me refiero a los cambios que provienen de manera vertical desde el Estado, sino a los que tendrían que surgir desde adentro en función de las necesidades reales de formación que tienen los alumnos y de acuerdo con los retos de la época que estamos viviendo y padeciendo. La escuela debe formar sujetos para la vida. Pero ha de hacerlo convirtiéndose en un espacio donde los conocimientos y los valores se puedan aplicar de manera directa, un espacio que ejerza también una influencia formadora en la comunidad. Es una de las perspectivas obligadas porque la realidad es que la escuela se nos está convirtiendo en un espacio cerrado, sofocante, inseguro, desmotivador para el aprendizaje, donde las muestras de agresión y de violencia entre nuestros muchachos prevalecen sobre las relaciones de afecto y solidaridad.

Los maestros nos hemos quedado también rezagados, las generaciones que atendemos son cada vez más distantes de nuestra comprensión, no conocemos el alma de nuestros muchachos, no sabemos qué piensan más allá de las apariencias que nos muestran, ignoramos qué tormentas de emociones traen en su corazón, en qué oscuridades se debate su conciencia, y raramente convivimos con ellos para construir relaciones de confianza y de afecto sincero. Y los seguimos viendo como el objeto de nuestra tutela, sin derecho a participar en los proyectos –si los hay– que la escuela diseña para sí misma. Es el fracaso de las políticas públicas relacionadas con la educación que el Estado nos ha querido imponer y el fracaso de la escuela para rescatar a nuestros muchachos de la barbarie y recuperar la esencia de su naturaleza humana.