Sábado 28 de Enero de 2017
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Desde que Donald Trump andaba en campaña el gobierno de México creyó que era posible apaciguar al entonces aprendiz de brujo con reiterados llamamientos a la buena voluntad.
Desde que Donald Trump andaba en campaña el gobierno de México creyó que era posible apaciguar al entonces aprendiz de brujo con reiterados llamamientos a la buena voluntad.
(Foto: TAVO)

Enrique Peña Nieto ha pecado de ingenuidad. Desde que Donald Trump andaba en campaña el gobierno de México creyó que era posible apaciguar al entonces aprendiz de brujo con reiterados llamamientos a la buena voluntad. Mantuvo la misma actitud una vez que Trump se hizo cargo de la Presidencia de aquel país y comenzó a dictar las medidas en nuestra contra que había anunciado. Cada paso que ha dado el presidente mexicano para tratar de sortear la tormenta ha evidenciado la confusión y la falta de tino para encontrar y aplicar la medida adecuada en el tiempo preciso. No ha dejado de creer que las cosas podrían mejorar y arreglarse con un golpe súbito de suerte, con la intermediación de la Divina Providencia o de alguna otra entidad metafísica que pudiera actuar en su favor. Es lo peor que le puede ocurrir a un gobierno que ha sido colocado en una posición de abierto hostigamiento por parte de una potencia económica y militar como Estados Unidos.

El país del norte tiene una experiencia acumulada de manera ininterrumpida en declarar la guerra e invadir a otros países cuando sus necesidades e intereses así se lo dictan. La aparición de un personaje siniestro como Donald Trump no se explica sin su contexto. Él representa una tendencia que intenta imponerse a nivel mundial; a saber, ponerle fin a la globalización de tipo neoliberal y volver a la época de los estados nacionales y el ultranacionalismo de corte fascista, es decir, a otro tipo de expansión y poderío. Como Hitler con respecto a Alemania, Trump vocifera que él es América y que América volverá a ser grande. No se trata de simple retórica. De hecho, está dando inicio al proceso de recuperación y retorno de capitales e industrias hacia Estados Unidos. Pero esto no significa que esté renunciando a un nuevo tipo de dominio mundial. Y como Hitler con respecto a los judíos, Trump ha encontrado en los mexicanos y musulmanes al chivo expiatorio para explicar el desastre interno y proceder al sacrificio, al martirologio.

En una circunstancia como ésta no cabe ningún grado de ingenuidad en un gobierno cuyo país ha sido colocado en la mira. El muro es el pretexto para militarizar la frontera y disponer a voluntad de esa línea divisoria. Es una forma de combinar la táctica del atrincheramiento con la preparación de una ofensiva territorial a gran escala. Es en esta lógica estratégica que entra la nueva política de deportación de todos los mexicanos indocumentados y los que hayan cometido alguna falta o delito y se encuentren enlistados. El nuevo halcón de la Casa Blanca se propone deshacerse de un peligro potencial interno cuando decida agudizar las agresiones contra México. Donald Trump ha decidido romper todo compromiso con los organismos internacionales de los que Estados Unidos forma parte para no tener que darle cuentas a nadie. Es la preparación del escenario para una escalada mucho mayor. De manera que, como se ve, la ingenuidad estorba, por decir lo menos.

¿Cuál tendría que ser entonces la actitud de un gobierno que se encuentra de pronto arrinconado por un enemigo poderoso? No es posible que siga confiando en los medios estrictamente diplomáticos. Donald Trump no ha tenido ningún miramiento para romper protocolos y avanzar contra nosotros en su estrategia ofensiva. Peña Nieto ha reaccionado mal y a destiempo ante los golpes que nos vienen del país vecino. Aún tarda en darse cuenta de que por la vía diplomática no hay nada que hacer. Donald Trump hará lo que tenga que hacer para lograr sus objetivos. Si ha de pasar por encima de nosotros, lo hará; de hecho, lo está haciendo. El peligro que representa Trump no es sólo para México, lo es también para la paz mundial. En esta circunstancia habría una identificación de posiciones con otros países y pueblos del mundo. Es en esta perspectiva que se tendría que diseñar una estrategia de resistencia y contraofensiva.

Lamentablemente, México se plegó incondicionalmente a los intereses de Estados Unidos y se subordinó a la política de guerra fría contra los países de América Latina que iniciaban procesos de recuperación de su autonomía. En vez de construir lazos de unión y cooperación con Latinoamérica, los gobiernos mexicanos le apostaron a esa alianza económica y política con Estados Unidos que ahora se viene abajo. México debió haber diversificado sus relaciones con países hermanos de Latinoamérica como Argentina, Bolivia, Chile, Venezuela, Brasil, Perú, y de otros continentes, de manera que no dependiera tanto de una sola relación. Es aún la perspectiva. Evo Morales lo ha ratificado desde Bolivia: México debe mirar hacia el sur en el continente y unirse a un proyecto de defensa y resistencia internacional.

Pero es obvio que el gobierno mexicano no está en condiciones, al menos no lo ha demostrado hasta el momento, para ponerse a la cabeza de una gran movilización nacional que se proponga organizar una respuesta contundente desde la base misma de la sociedad. Toda iniciativa para iniciar un proceso así habrá de surgir de la propia sociedad. El gobierno se ha colocado desde hace tiempo en una posición distante, incluso hostil. Tampoco la clase política representa los intereses legítimos del pueblo mexicano. Todo movimiento de resistencia contra la amenaza de Trump ha de brotar del pueblo mexicano. En efecto, es necesario convocar a un acto y un movimiento de unidad nacional, pero no en torno a un gobierno y una clase política que no han sabido asumir su verdadero papel en los cargos en que se encuentran. Ha de ser una gran movilización del pueblo mexicano para hacer la defensa, desde debajo y con una conducción horizontal, de nuestra soberanía y la seguridad nacional.

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