Sábado 4 de Febrero de 2017
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Lo más grave es que la versión que habla de la actitud prepotente y amenazadora de Donald Trump contra el presidente mexicano durante la conversación telefónica que tuvieron, incluyendo la advertencia de enviar tropas gringas a nuestro país para hacer lo que el Ejército de aquí no puede contra los “bad hombres”, es verosímil. Si fuera otra la actitud que Enrique Peña Nieto tuviera frente a los amagos de su homólogo del norte, la primera reacción de la sociedad mexicana hubiera sido de duda. Pero esa versión, que casi de inmediato fue desmentida por ambas partes y luego corregida y matizada, entraba en la lógica de la relación desigual, de desatino y franco sometimiento que nuestro gobierno ha tenido con el de Estados Unidos.

No importa cómo quedará finalmente la versión oficial sobre esta nueva afrenta diplomática; el hecho es que todo mundo da por sentado que, si no ocurrió como se dio a conocer por medios independientes en la primera versión, pudo haber ocurrido así. La verdad inobjetable es que el presidente mexicano se ha mostrado débil y temeroso ante los desplantes retóricos y las acciones directas que Trump está tomando contra nuestro país. Nunca pensó encontrarse en medio de un conflicto internacional de esta naturaleza. Si su gobierno ha desatinado una y otra vez por lo que se refiere al tratamiento que necesitan nuestros propios problemas, ante el riesgo de una confrontación abierta con la potencia del norte, que podría escalar incluso a un nivel militar, simplemente no sabe cómo actuar. Cualquiera sabe que no bastan los discursos si no van acompañados de acciones concretas.

La comunidad internacional se encuentra observando con preocupación el conflicto que ya existe entre Estados Unidos y México. El modo como se desarrolle y tenga su desenlace afectará a las demás naciones, las está afectando ya. Lo menos que tendría que hacer el gobierno mexicano es actuar con firmeza y transparencia, dando ejemplo de orgullo y gallardía. Peña Nieto tendría que haber dado a conocer de inmediato el registro que se tiene de la conversación por teléfono. Es la única manera efectiva que existe para confirmar o desmentir cualquier versión. Pero ya sabemos que la opacidad es uno de los rasgos característicos de nuestro sistema político. Las cosas se hacen tras bambalinas y la información que se da a conocer públicamente se manipula a conveniencia. Cuando las cosas han sido rebasadas por los hechos, como es el caso, no se puede apelar al criterio de secrecía de Estado para justificar el ocultamiento. Pero Peña Nieto, como desde el principio de su mandato, prefiere asumir los costos políticos de las decisiones erróneas que toma.

México adolece de un liderazgo fuerte que tenga claro lo que es necesario hacer ante cualquier eventualidad que se presente, sobre todo cuando está en riesgo nuestra soberanía nacional. Donald Trump se atreve contra México porque puede, es verdad; estamos ante un presidente que ejerce su poder con desmesura y que pone en serio peligro la paz mundial; pero se atreve también porque, como es el caso, el enemigo que ha escogido para dar una muestra global de su poderío es débil, se encuentra atrapado en un laberinto de indecisiones y, por supuesto, carece del respaldo de la población a la que gobierna. Es un Estado que desde hace tiempo no tiene de dónde sostenerse, que se erige sobre ríos turbios de corrupción, degradación y muerte. Un Estado así no tiene la autoridad política ni ética para convocar a todos los mexicanos a la unidad nacional. Es como si un general que le abre sus flancos al enemigo le pidiera a su ejército que confiara en él. Es verdad que en estos momentos la unidad se impone, pero no para darle soporte a un gobierno y una política que de antemano se muestra derrotista.

La línea estratégica que ha seguido Peña Nieto para enfrentar los embates de Donald Trump sólo puede conducir a la entrega y al desastre. Es una línea que está siendo duramente cuestionada, incluso por quienes no hace mucho se asumían como aliados del régimen. Las consecuencias de una política así afectarán, están afectando ya, a todos los sectores de la sociedad mexicana. La inminente deportación masiva es otro ejemplo de la incapacidad para atender un problema de esta envergadura. No se tiene claro qué hace, qué hará el gobierno mexicano para defender a los millones de mexicanos que serán, lo están siendo ya, perseguidos, hostigados, encarcelados y expulsados a nuestro país. La calamidad que se anunciaba ya la tenemos con nosotros. Es una calamidad que incluye la ausencia de un liderazgo realmente comprometido con la desgracia de nuestros hermanos.

El otro peligro, el que parecía lejano, improbable, empieza a tomar forma: el de una intervención armada por parte del gobierno de Estados Unidos. ¿Por qué habríamos de pensar que México es la excepción en la visión militarista y de expansión mundial que ha caracterizado a Estados Unidos a lo largo de su historia, agudizada ahora y llevada al extremo por un presidente que sufre de delirios de grandeza? Y contra un riesgo de este tamaño el gobierno de Peña Nieto sólo atina a mantener una relación diplomática de subordinación humillante. Nadie le pediría al presidente mexicano que le declare la guerra a Estados Unidos. Pero de una situación así lo menos que se espera es que se genere una movilización nacional en todos los sentidos. Una movilización así tendría como objetivo emergente generar la fortaleza que México requiere en un momento de peligro externo como el que tenemos. Pero el gobierno de México ha tenido al pueblo como su enemigo interno. ¿Cómo podría pedirle ahora a su pueblo que se olvide de todos los agravios, de todo el sufrimiento, de la violación sistemática de sus derechos fundamentales, del sofocamiento político y la pérdida de libertades que le ha infligido, para que responda al llamado a la unidad en torno a quien ha sido su victimario?

He aquí la cuestión.

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