Ramón Guzmán Ramos
Las otras marchas
Sábado 11 de Febrero de 2017
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Vale exigirle al presidente mexicano que informe con claridad sobre las gestiones diplomáticas que hace para tratar de aplacar al tirano del norte.
Vale exigirle al presidente mexicano que informe con claridad sobre las gestiones diplomáticas que hace para tratar de aplacar al tirano del norte.
(Foto: Cuartoscuro)

Ante una amenaza externa como la que representa para México Donald Trump, el llamado a la unidad nacional no sólo resulta pertinente, sino que se impone como una emergencia inaplazable. El problema empieza cuando nos preguntamos quién ha de hacer la convocatoria y en torno a qué figura nos tendríamos que unir los mexicanos. Se empieza a generar una corriente de opinión, que prácticamente se ha convertido en una postura definida, que plantea la necesidad de colocar al presidente Enrique Peña Nieto en el centro de esta estrategia. Lo que proponen quienes se han encargado de imponer esta idea –y las acciones que se deriven de ella– es que la sociedad debe dejar a un lado cualquier diferencia o querella con el gobierno y unirse en apoyo del primer mandatario, que es, quiéranlo o no muchos, dicen, el representante legal de la nación.

Es obvio que estamos ante una postura oportunista que ve en este conflicto internacional la coyuntura para sacar al presidente mexicano del descrédito en que ha caído y conseguirle algo de la legitimidad perdida. Tampoco creo que quienes han colocado este planteamiento en la mesa nacional sean fervientes admiradores de Peña Nieto. Lo más probable es que la mayoría tenga presente el modo como el Ejecutivo ha arriesgado la estabilidad interna con su falta de pericia y su ineficacia en el cargo. Pero lo hacen para salvar el sistema, del que ellos, por cierto, forman parte y son sus principales beneficiarios. En una etapa más avanzada de este conflicto la debilidad del Estado mexicano podría desencadenar algo peor que los amagos y los ataques irracionales de Donald Trump: la toma de conciencia por parte de la sociedad y su decisión de tomar por su cuenta, desde bajo, escalando en organización hacia arriba, las riendas de la nación.

Lo que nos dicen es que nos olvidemos en estos momentos de las causas que han provocado la inconformidad en amplias franjas de la población para concentrarnos en la amenaza que viene de Estados Unidos. Es, por cierto, lo que han hecho los gobiernos a lo largo de la historia cuando temen la posibilidad de una invasión. El problema es que los mexicanos tenemos décadas de vivir en una situación interna muy parecida a la de cualquier guerra civil o de conquista. En este caso la sociedad ha sido la víctima principal y recurrente de parte del Estado. Hace tiempo que México se encuentra atrapado en una zona de desastre. La impunidad y la corrupción han envilecido a la clase política que nos gobierna, así como los privilegios desmesurados que goza y cuya fuente principal son las arcas y las posiciones que les da el poder. Hemos venido de crisis en crisis hasta llegar a esta situación de verdadera desesperanza en que nos han colocado quienes ahora apelan a la desmemoria.

Hay otra corriente que plantea una postura más moderada, de más recato si se quiere. Ellos nos dicen que, bueno, es verdad, no podemos olvidarnos del infierno que habitamos, pero que en estos momentos la unidad y la movilización se debe hacer no en favor ni en contra de Peña Nieto, sino solamente para denunciar los agravios que nos inflige a cada rato el señor Trump. Y entonces se vale exigirle al presidente mexicano que informe con claridad sobre las gestiones diplomáticas que hace para tratar de aplacar al tirano del norte, y de paso que arregle un poco la casa para que desde afuera no nos vean hechos el desastre que somos. Son diferencias de matiz, como se puede apreciar. En el fondo lo que se plantea es movilizarse para hacer presente una postura en concreto: que Donald Trump no se meta con México, que es decir con su presidente Enrique Peña Nieto. Es la estrategia. Con algo de suerte no sólo se salva el sistema, sino que hasta el Ejecutivo podría volver a posicionarse en el escenario político nacional.

Son las marchas que vamos a ver este domingo en la Ciudad de México. Tenían sus diferencias, como ellos mismos lo anunciaron, pero al final decidieron confluir y unirse en el reclamo que traen preparado. Hay que decir que en el espectro ideológico ellos estarían corriéndose desde la derecha hasta el centro liberal, lo que sea que se entienda por esto último. El caso es que contra ellos no hay campaña de medios para desprestigiarlos, para apelar el libre tránsito de los demás, para salir en defensa del derecho de los “terceros” afectados. Lo que pasa es que quienes ocupan los espacios de los grandes medios de comunicación, sobre todo de radio y televisión, esto es, comunicadores, periodistas, conductores, analistas, entretenedores, son en realidad los voceros y los verdaderos instigadores de este tipo de movilizaciones. Ellos cuidan lo que en el medio político se denomina statu quo; esto es, el sistema político y económico que genera miseria y marginación para la mayoría de mexicanos, pero que les garantiza a ellos los grandes privilegios que no quieren perder.

El concepto de nación y de patria no es homogéneo. Es necesario señalarlo. Para quienes están convocando a este tipo de movilizaciones, México es el territorio que ellos y sólo ellos pueden aprovechar. Todos los demás somos los agregados, los indeseables, los prescindibles, los explotables. Pero para esta inmensa mayoría de mexicanos que no hemos dejado de ser agraviados la patria es otra cosa. Es lo que heredamos de nuestros ancestros, la historia llena de sangre y de heroísmo, las partes de las que nos han despojado, lo que pertenece a todos en este tiempo y en el que viene, lo que se hace necesario recuperar, la raza y el espíritu, las culturas y el arte; incluso, los déspotas que intentaron subyugarnos para siempre y pagaron las consecuencias.

No hay unidad sin memoria. De hecho, es la memoria compartida lo que logra la unidad. Este tipo de unidad ha venido construyéndose desde que diversos sectores de la sociedad se han decidido a tomar las calles, ocupar los espacios públicos, para exigirle al Estado que cesen los agravios. Porque la violencia extrema permanece como una maldición; se incrementan las cifras de muertos y desaparecidos; sigue la violación de los derechos humanos, la aniquilación sistemática de las conquistas históricas de los trabajadores, el desmantelamiento de los sistemas de salud pública, de educación pública; la entrega de nuestros recursos naturales a las empresas privadas, nacionales y extranjeras; la ausencia de oportunidades y perspectivas para nuestros niños y jóvenes. Y ahora empieza el éxodo obligado de nuestros hermanos migrantes. La deportación masiva ha iniciado como una tragedia colectiva y a quienes forman parte del Estado mexicano sólo se les ocurre acudir al discurso y a la foto. Así que la pregunta es pertinente: ¿cuántas clases de marchas tenemos y con quiénes hay que movilizarse?