Ramón Guzmán Ramos
Javier Sicilia, El deshabitado
Sábado 25 de Febrero de 2017
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Está el periodismo para abrirle un cauce a la realidad inmediata, la que nos acontece todos los días y se nos va imponiendo como una montaña inapelable sobre las espaldas.
Está el periodismo para abrirle un cauce a la realidad inmediata, la que nos acontece todos los días y se nos va imponiendo como una montaña inapelable sobre las espaldas.
(Foto: Cuartoscuro)

En una de mis entregas anteriores sostenía que la realidad en esta época de turbulencia generalizada se nos impone como una ola gigante incontenible, y que por esta misma razón, el arte, particularmente la literatura, no puede permanecer indiferente. Existe, sin embargo, una corriente que defiende la pureza y la imparcialidad de la literatura respecto de la realidad. El escritor no debe comprometer las herramientas de su trabajo para exponer una ideología o una posición política o religiosa para hacer alguna especie de propaganda. Su compromiso exclusivo es con la obra que realiza. De esta manera, si se despoja a la obra de su contenido y queda sólo la forma, mucho mejor. No han faltado poetas y narradores que se han adherido con pasión a esta postura y han llegado al extremo de afirmar que el único compromiso es con la palabra, más allá incluso de lo que ésta pudiera significar o la relación que pudiera tener con la realidad concreta, objetiva, esa que forma parte de nuestra vida, que es la vida misma, la que vivimos y padecemos y gozamos y que el autor, una vez que se deja poseer por ella, reorganiza para darle la expresión estética que la propia realidad mandata.

Es verdad que allí está el periodismo para abrirle un cauce a la realidad inmediata, la que nos acontece todos los días y se nos va imponiendo como una montaña inapelable sobre las espaldas. La crónica, el reportaje, la entrevista, el testimonio, son géneros que el periodista usa para profundizar en los hechos; no sólo para indagarlos y narrarlos con un lenguaje incluso literario, sino para encontrarles un sentido y darles significación. Pero el periodismo tiene vedada la invención, no cuenta con licencia para hacer “especulaciones literarias”, si vale la expresión, para revelar el modo como los sucesos impactan en el alma de la gente. El periodismo ha de atenerse sin concesiones a los hechos concretos, a los datos duros, al suceso que estalla o que brota para instalarse en la realidad provocándole alguna fisura o marcando alguno de los rasgos que nos definen o nos niegan. El escritor, por su parte, tiene la libertad para crear nuevas realidades a partir de los hechos concretos, incluso de inventar los hechos a los que se refiere para llevarnos a un mundo que no es el que habitamos, aunque lo sea. El caso es que aún las creaciones más fantásticas tienen algún asidero en la realidad concreta, histórica, y desde el mundo en que suceden ejercen algún tipo de influencia en los personajes reales que somos nosotros, los que habitamos este valle de espinas y de sombras. Podríamos decir, por lo tanto, que son dos maneras de expresar la realidad y darle un tratamiento indagatorio.

Menciono lo anterior porque me interesa compartir aquí la impresión profunda que ha producido en mi conciencia la lectura desasosegada, dolorosa, reveladora, a veces frustrante, siempre aleccionadora, de la novela más reciente de Javier Sicilia: El deshabitado (2016). Se trata, a decir del autor, de una novela autobiográfica, aunque habría que decir que estamos también ante uno de esos testimonios que revelan y denuncian, con fuerza y un sufrimiento descomunal, una de las atrocidades que ocurren, que nos ocurren, que no dejan de ocurrir, en este infierno por todos padecido llamado México. Los acontecimientos en que se centra la narración han sido de sobra conocidos. Dan inicio con el asesinato brutal de su hijo Juan Francisco, Juanelo, como le llama Sicilia, de 24 años de edad, y seis de sus amigos, el 28 de marzo de 2011 por parte de una célula del crimen organizado, aparentemente por una disputa incidental. El poeta se encontraba en Filipinas cumpliendo compromisos de tipo cultural y literario. Allá recibió la noticia terrible. Durante el viaje de regreso escribe un texto dedicado a su hijo asesinado y declara después que no escribirá más poesía. La poesía no sirve para detener la violencia, para ganarle a la muerte, para conmover el corazón de los asesinos de la noche, para hacer al menos que el mundo se conmueva ante la tragedia familiar y colectiva que ha caído sobre nuestro país, sobre la humanidad entera. Y porque la muerte no sólo le ha arrebatado de una manera irracional a su hijo amado, sino que lo ha dejado vacío, deshabitado, sin nada que decir, salvo el grito y la mentada de madre que la poesía no puede registrar. A partir de ese momento una realidad oculta, deformada por los medios oficiales, sangrante, se le echa encima para que él la cargue sobre sus hombros y su conciencia y emprenda esa marcha del dolor que duraría dos años.

El asesinato sin sentido de Juanelo y sus amigos despertó una oleada de indignación en Morelos y en varias partes del país. Sicilia inició movilizaciones en el estado para demandar el esclarecimiento de los hechos y exigir, asimismo, que se detuviera este martirologio que estaba desangrando al país. Su causa era la causa de decenas de miles de familias que traían la misma herida en el corazón y en la memoria. Cuando decidió emprender la caravana hacia el Zócalo de la Ciudad de México, y luego hacia Ciudad Juárez y algunas ciudades de Estados Unidos, mucha gente con las imágenes en el pecho de sus seres queridos muertos y desaparecidos se le unió. Fue así como surgió el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD). ¿Por qué alguien tendría que leer una novela que narra tales acontecimientos cuando en su momento fueron ampliamente difundidos por los medios de comunicación? Javier Sicilia se convierte en su propio personaje y convierte en personajes a quienes estuvieron cerca de él durante las jornadas de lucha, así como a los responsables desde el Estado del caos y la guerra en que habían entrampado al país, empezando por quien era presidente en ese momento: Felipe Calderón. La zona inédita que nos muestra Sicilia es la de su ser interior, el modo como la tragedia abrió fisuras en su corazón y en su conciencia y puso en cuestión las bases mismas de sus convicciones anteriores. El primer sacrificio, como ya señalamos, fue con la poesía. El poeta tiene derecho a callar cuando el silencio puede expresar mejor que las palabras el horror y la devastación. Como Job en el Antiguo Testamento, Sicilia enfrenta directamente a Dios para preguntarle, para cuestionarlo sobre el infierno en que ha quedado atrapado el hombre. Sus disquisiciones sobre el mal y la ausencia del bien sobre la Tierra sacuden la conciencia del lector.

Estamos ante una novela que combina con suma libertad otros géneros literarios y del periodismo. No han faltado los críticos y escritores que consideran un pecado capital que el narrador intervenga en los acontecimientos y los juzgue. Esto es propio del ensayo, de manera que el autor que desee dejar registrada su postura en la narración debería acudir mejor a este género que es propio del periodismo y la academia. Pero he aquí que a Sicilia le tienen sin cuidado estos juicios estéticos. La parte medular de la narración ocurre precisamente en la conciencia del personaje principal, que es el propio Sicilia. Estamos ante un personaje literario y de la vida real que todo cuanto hace y le ocurre es sometido a un proceso concienzudo de reflexión profunda. En este sentido tenemos una historia contada con espíritu y con recursos filosóficos. Lo mismo ocurre durante el auge del movimiento y durante su proceso de repliegue y aislamiento. Javier Sicilia se convirtió en su momento en una figura central que parecía representar y encarnar la tragedia en que se debate el país por esta guerra terrible que no cesa. El propio Sicilia se convierte en objeto de sus juicios. Con el mismo rigor señala los desencuentros que se produjeron con sectores radicales e institucionales de la izquierda, incluyendo al subcomandante Marcos.

Es la emergencia de la realidad que reclama su lugar en la literatura. No es la magia de la realidad, la liviana cotidianidad para sostener la levedad del ser. Es lo que quizá podríamos empezar a llamar “la terribilidad de lo real inapelable”.