Ramón Guzmán Ramos
Interculturalidad: la utopía diferida
Sábado 4 de Marzo de 2017
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No hay culturas homogéneas. Toda cultura está formada por elementos diversos y en distintos grados de desarrollo. Algunos de ellos contribuyen a que la cultura en cuestión evolucione hacia formas superiores de organización y convivencia humana; otros, en cambio, se convierten en factores que alimentan el espíritu conservador y arcaico de ciertos grupos y sectores que se niegan a cambiar. ¿Cuáles son, entonces, los rasgos que definen la cultura? Como sabemos, este término hacía referencia al cultivo de la tierra en la Antigüedad Clásica. Con el tiempo asumiría un nuevo significado: el cultivo de las facultades del ser humano. De esta manera, el hombre cultivado era aquel que integraba en su formación los rasgos más avanzados y las representaciones emblemáticas de la sociedad a la que pertenecía. El concepto evolucionó con el tiempo hacia formas mucho más representativas. A finales del siglo XIX, debido en gran medida a la importancia que adquirieron la sociología y la antropología, la cultura es vista como el resultado del devenir histórico de la sociedad, lo cual incluye los conocimientos, las creencias y manifestaciones artísticas. En los inicios del siglo XXI se define a la cultura como la integración de las diferentes esferas de la vida económica, social y religiosa del hombre. La cultura es el mundo que crea el hombre y que, a su vez, influye en la constante formación de éste. A través de la cultura a la que pertenece y con la cual ha creado una determinada identidad, el ser humano toma conciencia de sí mismo y se reconoce como algo en constante construcción.

 A través de la cultura a la que pertenece y con la cual ha creado una determinada identidad, el ser humano toma conciencia de sí mismo y se reconoce como algo en constante construcción.
A través de la cultura a la que pertenece y con la cual ha creado una determinada identidad, el ser humano toma conciencia de sí mismo y se reconoce como algo en constante construcción.
(Foto: Cuartoscuro)


Las cosas, sin embargo, no son tan simples, tan esquemáticas. En toda cultura coexisten y hasta llegan a convivir elementos que son contradictorios entre sí, que se niegan mutuamente y cuya lucha se puede definir en favor de una u otra tendencia. Podríamos hablar de un movimiento hacia mayores grados de evolución, hacia formas cada vez más perfectas de convivencia y armonía colectiva, de desarrollo y bienestar, de identificación con la naturaleza y el universo, de realización de las potencias humanas que pueden adquirir expresiones concretas en el arte, en la ciencia, en el compromiso social. Pero están también los factores que le oponen una férrea resistencia a este tipo de cambio, que suspiran por etapas ya superadas, que se proponen mantener las condiciones que permiten el abuso y el sometimiento de los demás, que pugnan por el aislamiento y el rechazo a todo contacto comprometedor con las demás culturas. Y ocurre también que las culturas tienden a cerrarse sobre sí mismas, a colocar sus valores, sus productos, su historia, su territorio, en un lugar preponderante. Hasta cierto punto algo así es natural y necesario. Se requiere de un cierto grado de orgullo sobre la propia identidad, esto es, la pertenencia a una comunidad en la que todos sus miembros comparten y asumen los elementos fundamentales que la constituyen. El problema se presenta cuando este amor propio adquiere expresiones de rechazo sobre todo lo que le es ajeno, extraño, externo, y de pretendida superioridad sobre cualquier otra. De este modo, aunque todo mundo reconozca que en un mismo espacio pueden existir dos o más culturas, las relaciones entre ellas no son precisamente de cordialidad, de respeto, de cooperación, de aprendizaje mutuo, de intercambio, de reconocimiento y de diálogo.

Vivimos un tiempo en que nadie en ningún lugar del mundo puede mantenerse aislado de los demás. Lo mismo aplica para las sociedades y las culturas. El aislamiento sólo provoca atraso y descomposición de las formas y relaciones internas que se sostienen sobre este tipo de resistencia. Las diferentes culturas se ven obligadas a reconocer que hay otras compartiendo el mismo territorio, ya sea a nivel local o nacional, más allá incluso de las propias fronteras nacionales. Pero entre estas culturas no se da una relación que supere el límite de la coexistencia. En un nivel superior tendrían que cultivarse relaciones de entendimiento entre las diversas culturas. Estamos aquí ante este concepto que se nos ha quedado en la esfera de la utopía: la interculturalidad. Se trata de un concepto, de un horizonte, que no se ha podido concretizar. La relación ideal entre culturas sería la que procura una comunicación abierta, franca, de respeto mutuo, de aprendizaje y reconocimiento de lo propio y de lo otro. Se trata de asumir una actitud de tolerancia hacia lo que es diferente, reconocer que en el mundo hay otros que han logrado desarrollar sus propias formas de vida colectiva, donde existen elementos que es posible compartir. La interculturalidad podría considerarse como el estado ideal de convivencia no sólo de las culturas de una determinada región geográfica, sino de toda la humanidad. Reconocer que en el mundo ha habido y existen otros procesos de desarrollo de las sociedades, otras culturas en diferentes grados de evolución es la premisa fundamental para pensar en un tipo de cultura universal. Sería la esfera superior donde los elementos que han enriquecido las culturas locales y nacionales se integran para constituir una visión del mundo y vivirla a plenitud. Tampoco se trata de pensar que una cultura así se erigiría por encima de las culturas particulares. Volveríamos a la etapa primitiva que deseamos superar. Más bien de construir una cima en la montaña, sin olvidarnos nunca de la montaña, lo que le daría sostén al punto panorámico, para emprender procesos de formación dirigidos a la esencia trascendental del ser humano. Tendríamos que aceptar la noción de que la tendencia histórica es hacia allá, donde en algún tiempo indeterminado estaríamos hablando del hombre universal, la cultura universal, el espacio universal. Un espacio inmenso donde tendrían lugar todas las identidades, los orígenes y procesos históricos. La perspectiva sería entonces que la cima se volvería tan ancha que allí cabrían todas las culturas del mundo, conviviendo, enriqueciéndose mutuamente, cooperando entre sí, beneficiándose de los logros y adelantos de cada una, construyendo un plano horizontal donde la montaña y la cima dejarían de ser tales y el mundo funcionaría a ras de tierra.

Pero tampoco esto es tan simple. Vamos a ver. El ideal que persigue la interculturalidad es que todas las culturas puedan convivir en un ambiente de respeto y de diálogo enriquecedor. Pero es necesario destacar que en cada cultura se han producido también estructuras de poder, sistemas políticos y económicos que generan situaciones de desigualdad, de injusticia, de explotación, de pobreza y marginación en las grandes mayorías afectadas. Más allá de su pertenencia a distintas culturas que existen en un determinado territorio, la condición de víctimas de estos sistemas de opresión los iguala a todos: comuneros, asalariados agrícolas, obreros, indígenas, maestros, desempleados, jóvenes sin perspectivas, mujeres violentadas, millones de familias que se debaten en la miseria. ¿Cómo promover el diálogo y el intercambio respetuoso entre culturas cuando éstas se encuentran dominadas por clases y grupos sociales internos, que a su vez se someten a poderes externos más grandes? El contacto interactivo tendría que ser, entonces, entre las clases oprimidas y victimizadas de las diversas culturas.

Desde luego que uno de los objetivos sería enriquecer los elementos que contribuyen a reforzar la identidad y a mejorar las condiciones de vida de quienes sobreviven en la base de la sociedad; pero también, sobre todo, para construir relaciones de solidaridad en la lucha particular y general contra los poderes que oprimen a la población. De esta manera tendríamos que ver a las culturas como sociedades que, en efecto, cuentan con elementos de cohesión y de identidad interna, pero también como sociedades que se encuentran divididas, sometidas a poderes internos y externos que explotan y violentan los derechos fundamentales de las mayorías.