Jerjes Aguirre Avellaneda
¡Al debate por Michoacán!
La lectura de las realidades políticas
Viernes 10 de Marzo de 2017
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Walter Lipmann Menken, citado por Jesús Silva Herzog Márquez en la revista Nexos de febrero pasado, dice burlonamente que “la democracia es el arte de administrar el circo desde la jaula del chango”
Walter Lipmann Menken, citado por Jesús Silva Herzog Márquez en la revista Nexos de febrero pasado, dice burlonamente que “la democracia es el arte de administrar el circo desde la jaula del chango”
(Foto: Especial)

Todo cuanto se hace en la sociedad, lo que hacen los individuos y los grupos grandes y pequeños, primero pasa por la cabeza de las mujeres y los hombres que en esos hechos intervienen. De la forma como se entienda la realidad dependerán las acciones que se ejecuten y los procesos que se generen. Específicamente tratándose de la política, de la forma como los políticos y sus organizaciones comprendan la realidad y los problemas de su tiempo, dependerá su comportamiento político, la fijación de sus objetivos, la identificación de sus medios de acción e inclusive de sus estilos de comportamiento.

Saber leer la realidad e interpretarla en sus implicaciones constituye el inicio del ejercicio político. Es la realidad de la sociedad en cada tiempo y lugar, de las circunstancias del mundo y de cada país, el punto de partida de la política. Es la realidad social y los hechos sociales los que condicionan el pensamiento y la práctica de la política. Considerar que se puede hacer política y disponer de liderazgos efectivos, a partir de la imaginación y con buenos deseos, es el mejor camino para obtener fracasos políticos.

Por otra parte, comprender la realidad supone que se dispone de un método de conocimiento que incluye una estructura conceptual, definiendo lo que se entiende por política y el papel que deben desempeñar los políticos. Si ello no ocurre, habría incapacidad para identificar el objeto del análisis, así como para distinguir entre un político capaz de un político incompetente. No obstante, el principio sigue invariable: el político y la política derivan de la realidad colectiva y sirve para modificar y orientar el movimiento de conjunto de la sociedad.

Esta es la mejor referencia para medir la calidad de la política y de la conveniencia histórica para elevar constantemente sus contribuciones a la realización de los grandes ideales colectivos. Sin embrago, en el presente la situación es otra: la política y los políticos, en sus prácticas, motivaciones y estilos, presentan características de comportamiento alejadas de la comprensión de la realidad de la gente, de los ciudadanos, con pérdida de credibilidad y convocatoria, sin capacidad para educar políticamente y mucho menos para servir de ejemplo. La degradación es extrema: ¿qué político mexicano contemporáneo podría servir de ejemplo a las nuevas generaciones? Sólo que se tratara de destacar la incongruencia, la mentira, demagogia, corrupción y simulación, entonces muchos políticos mexicanos podrían servir de ejemplo. Además, hoy las características sobresalientes de los políticos son su falta de ideas y compromiso con los demás, haciendo de la política una práctica de negocio.

Por otra parte, en el presente importa el individuo dedicado a la política, independientemente de la organización a la que pertenezca y el partido político de su militancia, a condición de que sea “conocido”, esté bien “posicionado” ante la opinión pública, que sea “popular” y que disponga de numerosos admiradores. Si reúne estas características no tendrá necesidad de militancia alguna, puesto que en lugar de que el busque al partido, el partido lo buscará a él o ella para ofrecerle una candidatura.

En este contexto, las encuestas de opinión sustituyen al análisis político toda vez que lo importante es la opinión de los ciudadanos, con independencia de sus causas y de su coincidencia con los hechos. La era de la opinión y de las preferencias políticas está en su pleno apogeo sustituyendo el análisis por la opinión y la propuesta política, por las recomendaciones para elevar las “preferencias” ciudadanas sin importancia alguna del por qué y el para qué.

Walter Lipmann Menken, citado por Jesús Silva Herzog Márquez en la revista Nexos de febrero pasado, dice burlonamente que “la democracia es el arte de administrar el circo desde la jaula del chango”, con rituales democráticos indignos que permiten preguntarse: “¿Por qué entregar el trofeo del poder a quien tiene el talento de impresionar a los ignorantes? Esa habilidad para el engaño podrá ser requisito profesional de los curas y los actores de cine, pero no parece ser una vía adecuada para seleccionar gobernantes competentes”. Esto es válido considerando las prácticas políticas del presente.

¿Qué hacer, por tanto, para encontrar soluciones a los viejos y nuevos problemas nacionales, haciendo propuestas en el contexto de las elecciones estatales de este año, pero sobre todo para 2018? Lo primero que aconseja la historia política consiste en realizar una rigurosa ponderación de la correlación de fuerzas políticas en escala mundial, nacional y en las entidades federativas, dejando de considerar a los aspirantes a candidatos, como si los individuos y sus ambiciones fueran los factores básicos de la política y los procesos electorales.

Un análisis político serio tiene que considerar cuál sería el esquema metodológico a utilizar, teniendo en cuenta que las opciones con limitadas. De una parte, el método que divide a la sociedad en clases sociales, asignando al Estado la función de instrumento de denominación de una clase sobre la otra, o el método que considera la estructura y el funcionamiento de la sociedad como permanente y perfectible, sólo alterado por factores de “anomia” que el mismo sistema tiene la capacidad de corregir para mantenerlo esencialmente inalterable.

Derivado de un esfuerzo analítico objetivo tendrían que obtenerse las propuestas políticas, de modo que las individualidades políticas pudieran identificarse con proyectos de solución a los grandes problemas nacionales, destacadamente el fortalecimiento de la independencia y la soberanía nacional, las grandes desigualdades sociales y el restablecimiento de la confianza de los mexicanos, en sí mismos y en la grandeza de su país, sin olvidar el imperativo para establecer un nuevo tipo de relación con el norte, que en las palabras de José Martí es “el norte revuelto y brutal que nos desprecia”.

Es evidente que las encuestas de opinión no son suficientes para generar un conocimiento que impulse una práctica política de calidad. Son ineludibles las respuestas a la crisis de la globalización del mercado, al retorno del proteccionismo, la inseguridad pública y la violencia, el narcotráfico globalizado, las migraciones y el sentido fatalista de que el mundo y el país, carecen de un futuro cierto y, por tanto, con la afirmación de que sólo existen las necesidades y las respuestas inmediatas, cancelando la validez del porvenir y atribuir al pensamiento sobre el mañana, una total pérdida de tiempo.

Aparte están los valores que otorgan sentido al comportamiento individual y colectivo, en tanto permiten distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo importante y lo secundario, entre la alegría y la amargura de los mexicanos. Fundamentalmente habría que buscar la explicación y la respuesta al principio esencial del ser humano respecto de que si vale por las cosas que posee o si vale por lo que piensa, siente y hace.
Este es el punto de partida y terminal de un nuevo proyecto histórico para México.

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