Ramón Guzmán Ramos
Revolución o nada
Sábado 11 de Marzo de 2017
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Las elecciones ponen en el centro de la disputa la cuestión del poder. Se lucha por el poder para aplicar desde allí un programa en función de los intereses de clase que se tengan. Es verdad que en México tenemos una clase política que utiliza los procesos electorales para hacerse de privilegios inagotables que de otra manera no obtendría. Pero en el fondo de la cuestión lo que está en juego es el poder. También es verdad que los partidos que participan en las contiendas han caído tanto en el pragmatismo como forma de hacer política que prácticamente no se distinguen unos de otros. Cada uno representa una modalidad distinta de la misma visión que todos comparten. De lo que se trata es de mantener el sistema político y económico en lo sustancial, aunque haya la necesidad de ajustarle algunos mecanismos para que no se ponga en riesgo y pueda funcionar mejor.

Por su parte, los movimientos sociales que se reivindican de izquierda carecen de lo que podríamos llamar vocación de poder. Como la mayoría de la sociedad, conciben el poder como un territorio infame que se ha inundado de lodo y corrupción. Por lo tanto, no quieren tener nada que ver con él. Para ellos, la vía electoral está llena de trampas y de suciedad, de manera que prefieren que sean los partidos con registro los que se ensucien una y otra vez en esas disputas sin principios que de repente dan lugar a ciertos arreglos para el reparto a discreción de las posiciones en juego. De ahí que estos movimientos vean las elecciones como una farsa en la que sencillamente no pueden participar. La consecuencia es que los contendientes tienen el camino libre para disputarse sólo entre ellos los espacios de gobierno que en cada proceso se ponen a disposición.

Tampoco quiero decir que estos movimientos han renunciado de manera definitiva a la posibilidad de tomar el poder. Lo que rechazan con determinación tajante es la vía electoral para disputar y hacerse eventualmente del poder. Parten de una premisa que se da como cierta sin que hayan siquiera intentado demostrarla fehacientemente. A saber, que los comicios son un instrumento para que la alternancia en el gobierno no ponga en riesgo las bases del sistema, y que aun cuando fuera posible ocupar espacios de gobierno, las cosas no se pueden cambiar a fondo desde arriba. Por lo tanto, la vía electoral está descartada y de lo que se trata es de construir espacios de poder horizontales que vayan creciendo hacia arriba hasta la ocupación total por medio de una insurrección civil. Entonces, y sólo entonces, es viable proceder a una transformación radical del sistema que nos domina. Esto explicaría el desprecio con que tratan cualquier asunto relacionado con los procesos electorales y la posibilidad misma de que pudieran participar en ellos.
A veces, cuando la realidad les demuestra que la vía electoral, con todo y las relaciones perversas que los partidos establecen entre ellos y con las posiciones de poder, no pierde vigencia, algunos de estos movimientos reconsideran, por lo general sin la autocrítica correspondiente, y deciden probar su suerte y su nueva estrategia en las elecciones. Tal es el caso, por ejemplo, del EZLN y el CNI, que en su momento no sólo reprobaron públicamente las elecciones y llamaron a votar por otro tipo de procesos de organización y de lucha, y ahora han tomado el acuerdo de lanzar a una candidata indígena en la coyuntura electoral de 2018. Lo que se tendría que rescatar de todo este embrollo es que la vía electoral para la disputa por el poder no ha sido un regalo de ningún gobierno, y que han sido los partidos con registro los que se han apropiado de este medio para su beneficio exclusivo, dejando al margen al resto de la sociedad. Ellos establecen los mecanismos para el juego político y ellos deciden hasta dónde los respetan o los violan. Como no son ellos los que realmente resuelven sobre el destino del país, tienen que responder a los intereses de otros grandes poderes, a quienes entregan sin escrúpulos las riquezas nacionales y los derechos históricos de los trabajadores, exactamente como ha venido ocurrieron en los últimos sexenios.

Habría que colocar a Morena (Movimiento de Regeneración Nacional) en un espacio aparte. Hasta ahora es la única organización que ha mostrado autonomía e independencia con respecto al gobierno, la única que ha asumido una postura de crítica abierta hacia el sistema que nos domina. Hay que decir que Morena no se plantea una transformación de raíz del régimen prevaleciente. Sus objetivos estratégicos se centran en el combate a la corrupción y en la recuperación de nuestros bienes nacionales, así como el restablecimiento de los derechos que los distintos gobiernos nos han conculcado y aniquilado sistemáticamente. En las condiciones en que nos encontramos es un avance importante. No habría por qué dudar de la sinceridad de Andrés Manuel López Obrador, tampoco de que su programa sea viable. Es lo mínimo que cualquier organización política que aspire al poder tendría que proponerse como un compromiso en serio y a fondo. AMLO no es de izquierda, no en el sentido que asuma una definición de clase. Lo que él se plantea es la construcción (o reconstrucción) de un país donde tengan cabida y pudieran vivir en armonía todas las clases sociales, aun las que por su propia naturaleza tienen intereses antagónicos.

No habría por qué dudar de la sinceridad de Andrés Manuel López Obrador, tampoco de que su programa sea viable.
No habría por qué dudar de la sinceridad de Andrés Manuel López Obrador, tampoco de que su programa sea viable.
(Foto: Cuartoscuro)


Es lo que ven –y no con buenos ojos, como se dice– los movimientos que se asumen de izquierda. Hay que señalar, sin embargo, que con un programa mínimo como el plantea AMLO podrían empezar a cambiar las condiciones de violencia extrema, miseria y ausencia de perspectivas que padecemos los mexicanos. Tampoco se trata de que todo mundo, como está ocurriendo con figuras prominentes y militantes de base del PRD, se arroje sin más a las filas de Morena o se manifieste en su apoyo. Serían necesarias varias condiciones para que la alternativa que representa AMLO pudiera ser parte de un gran frente electoral. Es necesario que Morena abra espacios para que los que así lo deseen, conservando su propia autonomía, participen en la construcción conjunta de un programa de gobierno que sea incluyente y que contemple, además de los objetivos mínimos arriba señalados, un horizonte donde la igualdad, la justicia y la libertad pudieran convertirse en los pilares primordiales de la nueva sociedad. Otra condición es que una candidatura de esta naturaleza tendría que definirse en una convención nacional democrática. AMLO tendría que llegar a un evento así con la disposición de poner sus aspiraciones sobre la mesa y dejar en libertad a la convención para que lo elija a él como candidato o elija a otra persona. El programa que de ahí surja debería tener un carácter transitorio, integrado por las necesidades y demandas de todos los sectores de la población que han sido afectados por esta crisis que se nos ha convertido en desastre nacional.

La experiencia de estos años nos enseña que los movimientos sociales funcionan como olas que se arrojan con toda su fuerza contra el acantilado y luego entran en repliegue, sin haber dañado sustancialmente la enorme roca que las contiene. Así una y otra vez. Hay algunos de estos movimientos que se han dejado ganar por lo que alguna vez se llegó a conocer como “economismo”, es decir, la visión y la práctica de presionar al gobierno para conseguir respuestas inmediatas a los pliegos petitorios sin colocar por delante la cuestión del poder. En la coyuntura de 2018 las cosas podrían empezar a ser de otra manera. Tampoco se trata de disputar el poder por la vía electoral a la manera como lo han hecho los partidos tradicionales. Es posible combinar la visión de izquierda, que se plantea la construcción de un tipo de poder popular desde abajo, con el camino que podría conducir al gobierno por medio del voto ciudadano. Se impone rescatar el poder del voto. Impulsar la organización horizontal aprovechando la coyuntura electoral. Sería una contienda como no se ha visto en el país, ni siquiera como en la primera candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, que se pareció en mucho a una insurgencia cívica pero que se apagó por falta de una dirección auténtica.