Ignacio Hurtado Gómez
Aula Nobilis
¿La felicidad como derecho?
Jueves 23 de Marzo de 2017
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Hace algunos meses igualmente se recordaba el Día Internacional de la Felicidad, instituido en 2012 por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas.

Más allá de ello me queda claro que la felicidad es algo inherente a nuestra propia esencia como personas, y tal vez por ello, desde su corta edad, Marifer ya la relacionaba con el ejercicio del poder y con la función de los partidos políticos.
Y es que también en esa medida, y aquí vale la pena recordarlo, la felicidad es el fin último de las instituciones políticas, tal y como lo proclamó en su momento la Constitución de Apatzingán de 1814, cuando establecía que la felicidad implicaba el goce de la igualdad, la seguridad, propiedad y la libertad y que ello era el único fin de las asociaciones políticas.

El objeto del gobierno es la felicidad de la nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen
El objeto del gobierno es la felicidad de la nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen
(Foto: Especial)



Como se decía, la referencia a la felicidad como valor no es gratuita, mucho menos una ocurrencia del Constituyente de aquellos tiempos, sino que es una clara evidencia de la influencia de la Constitución gaditana de 1812 que en su artículo 13 se dijo: “El objeto del gobierno es la felicidad de la nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”.

Pero además sirve de prueba clara de la conexión que existía entre los constituyentes mexicanos y las ideas que se difundían en la Europa de esos momentos, particularmente con las tesis contractualistas.
Y en ese sentido se deben recordar las ideas de John Locke cuando precisamente para justificar el origen de las instituciones políticas planteaba que éstas debían proteger los derechos de las personas, pero particularmente asumiendo que la política es la felicidad que reside en la paz, la armonía y la seguridad dentro de una sociedad.

Y ese es el fin de las instituciones, y por ello fue que se construyeron por la propia sociedad políticamente organizada.

Aquí lo interesante es que, con independencia del reconocimiento que en su momento hizo la Constitución de Apatzingán, es un tema que no ha sido recuperado con el paso del tiempo.

Por ejemplo, en la Constitución de Michoacán no encontré alguna referencia a la felicidad, en tanto que, en el caso de la reciente Constitución de la Ciudad de México, su mención es en el preámbulo, donde se dice: “La ciudad pertenece a sus habitantes. Se concibe como un espacio civilizatorio, ciudadano, laico y habitable para el ejercicio pleno de sus posibilidades, el disfrute equitativo de sus bienes y la búsqueda de la felicidad”.

Y esto adquiere relevancia cuando advertimos que en la misma declaración de independencia de Estados Unidos ya aparecía el concepto de felicidad, aún cuando a la fecha ya no aparece, o incluso se mencionan países como Japón, Francia, Corea del Sur y Brasil que ya han incorporado –en los tiempos actuales– en sus textos constitucionales el concepto de felicidad.

Y por si faltara algún elemento adicional para generar mayor interés por el concepto, resulta que en el pequeñito reino budista de Bután, allá por el Himalaya, se mide el Producto Interno Bruto en función al grado de alegría de su pueblo, esto es, ellos hablan del FIB (Felicidad Interna Bruta), y se dice –por una nota de Manuel Lombera en Excélsior– que fue propuesta en 1972 por el rey Jigme Singye Wangchuck como respuesta a varias críticas sobre la pobreza de su país.

Para ello, y para la búsqueda de su realización, se sustentan en la promoción del desarrollo socioeconómico sostenible e igualitario, la preservación y promoción de valores culturales, la conservación del medio ambiente y el establecimiento de un buen gobierno.

Por lo que la Felicidad Interna Bruta –según la nota aludida– es el resultado de las políticas públicas, del buen gobierno, de la equitativa distribución de la riqueza, resultante de los excedentes de la agricultura de subsistencia, de la ganadería, de la extracción vegetal, de la venta de energía a India, de la ausencia de corrupción, de la garantía general de educación y salud de calidad.

No deja pues de ser interesante la concepción de la felicidad y su reflexión en los tiempos que nos cobijan, sobre todo cuando inevitablemente debemos relacionarla con temas tan importantes como nuestra expectativa de vida, la salud, el ingreso per cápita, la libertad para tomar decisiones y la percepción sobre la corrupción, entre otros temas, siendo los factores claves los económicos como ingreso y empleo, los sociales como educación y vida familiar y la salud mental y física.

Incluso con motivo del Informe Mundial de la Felicidad de 2017, al estar relacionada ésta con el progreso social y el bienestar de las personas, se sostiene que en Europa, por ejemplo, desde hace años la satisfacción de vida del pueblo es una buena forma de predecir la eventual reelección o no de los gobiernos en turno.

Y pues México, dentro de 155 países, nos encontramos en el número 25, y que comparado con el informe de 2015 hemos perdido algo de felicidad pues nos encontrábamos, en aquel entonces, en el lugar 14. Al tiempo.

Una pequeña dosis de historia nicolaita



En estas condiciones llega a la Presidencia el ilustre médico don Valentín Gómez Farías, con quien, de hecho, se inicia la reforma liberal. En efecto, se decreta la secularización de bienes del clero; se ordena la clausura del Colegio Pío de Santa María de Todos Santos y se suprime la Real y Pontificia Universidad de México, para ajustar sus planes de estudio a la época; se expide la Ley de Organización de la Instrucción Pública; se suprime la coacción civil relativa al cobro de diezmos y el cumplimiento de votos monásticos y se prohíben los sermones políticos, de que abusaban los curas para soliviantar las masas populares contra el gobierno. Los cambios políticos del gobierno del centro repercutían en los estados donde, muchas veces, las pasiones y odios de partido eran mucho más enconados, dando por resultado que también subieran y bajaran gobernadores sin que éstos pudieran hacer nada de provecho a favor del pueblo. En Michoacán era por entonces gobernador el señor Diego Moreno, quien como vimos en su oportunidad, sobreponiéndose a las crisis políticas, expidió el 8 de noviembre de 1832 un decreto ordenando la reapertura del Colegio de San Nicolás, cosa que al fin no se llevó a cabo, porque al caer el gobierno que lo apoyaba y adueñarse del poder don Antonio López de Santa Anna, la República toda quedó en manos de la reacción clerical, de la aristocracia concupiscente y de los restos del militarismo realista, estancándose la obra de liberación proclamada por Gómez Farías y el doctor José María Luis Mora.

ihurtadomx@hotmail.com

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