Ramón Guzmán Ramos
Arantepacua en el corazón de Bachilleres
Sábado 8 de Abril de 2017
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Nos encontrábamos sentados en uno de los patios del plantel Uruapan esperando la hora en que se llevaría a cabo el Concurso de Cuento de la Coordinación Sectorial 05. Los textos habían sido entregados con antelación a los miembros del jurado para que los leyeran y los empezaran a calificar. Ya sólo faltaba la etapa de lectura en voz alta. Cada año, por estas fechas, el Colegio de Bachilleres del Estado de Michoacán (Cobaem) lleva a cabo sus Jornadas Académicas, Culturales y Deportivas en toda la entidad, donde los estudiantes de este subsistema participan con la asesoría y acompañamiento de sus maestros en las distintas disciplinas que constituyen el currículo general. Los concursos se realizan en tres niveles: de plantel, sectorial y estatal. Es un evento de mucha importancia que moviliza a toda la comunidad bachiller en la demostración práctica de los conocimientos, habilidades y valores que los jóvenes construyen y desarrollan de manera cotidiana con sus mentores.

Vicente está cursando el cuarto semestre en el plantel San Juan Nuevo. Un día me detuvo en el camino de la explanada de la escuela y empezó a platicarme de los libros que ha leído, a preguntarme si yo los había leído también, cuáles son mis autores favoritos y si le podía regalar un paquete de los que he publicado. Coincidimos en varios de los clásicos, de los grandes de todos los tiempos, como Gabriel García Márquez, Mario Benedetti, Dostoievski, y se entusiasmó cuando salió a relucir el nombre de Haruki Murakami. Bueno, le confesé, de este autor japonés yo sólo había leído After dark, que por cierto me había sacudido de tal modo que hasta escribí y publiqué en algunos medios mis impresiones de lectura. Me dijo que él también escribía, me preguntó si alguna vez podía mostrarme sus relatos. A partir de esa primera conversación los encuentros se volvieron frecuentes. Durante algunos minutos intercambiábamos los nombres de los autores y los temas que estábamos leyendo, y enseguida cada uno seguía su camino, yo con la sensación de que los adultos nos equivocamos cuando pensamos que esta generación de jóvenes está perdida.

Vicente es un muchacho de apariencia distinta, muy peculiar: pelo largo, tipo melena, como la que usaban los jóvenes en la década de los 60 del siglo pasado, de unos 16 años; concentrado en sí mismo, siempre en actitud reflexiva, como si mirara las cosas a través de la sustancia de que está hecha su conciencia. No obstante, sabe convivir con sus compañeros, aunque, me confiesa, suelen verlo como a una persona más madura, con autoridad para hablar de las cosas serias y filosofar sobre la vida, el amor y la incertidumbre. Cuando en reunión de Academia se trató el asunto de estas Jornadas y a mí me tocó la comisión de Cuento, pensé de inmediato en Vicente. Le dije que trabajara alguna idea original, algo que pudiera expresar el mundo interior de los jóvenes, sobre todo esa zona oscura que nos está vedada a los adultos. Que ya traía una idea así desde hacía tiempo pero que no se había sentado a darle forma y pulirla, me dijo. “Escribe el cuento –le dije– y me lo muestras para darte mi opinión”.

El jueves 6 de abril pasado, un día después de la incursión y el ataque brutal de las fuerzas policiacas contra la comunidad de Arantepacua.
El jueves 6 de abril pasado, un día después de la incursión y el ataque brutal de las fuerzas policiacas contra la comunidad de Arantepacua.
(Foto: ACG)


Fue el jueves 6 de abril pasado, un día después de la incursión y el ataque brutal de las fuerzas policiacas contra la comunidad de Arantepacua. Estábamos sentados en aquella banca dura y fría. Vicente se comía una torta como desayuno y yo hacía indagaciones en mi celular en busca de la información más reciente sobre esta nueva tragedia colectiva. De los tres comuneros muertos que dejó como saldo esta agresión bárbara contra la población civil, uno era menor, estudiante de Bachilleres, de 16 años de edad, de nombre Luis Gustavo Hernández Cohenete, quien cursaba el cuarto semestre en el plantel de aquella localidad. Según testimonios de los pobladores, que de inmediato empezaron a circular con videos por las llamadas redes sociales, Luis Gustavo acababa de salir de clases y se dirigía a su casa, todavía con la mochila a la espalda. Cuando empezó la balacera, él, como todos los que estaban atrapados en las inmediaciones, corrió para huir y tratar de encontrar refugio. Pero no alcanzó a llegar a ninguna parte. Cayó desplomado, sin vida, por el impacto de al menos una bala en la cabeza. Se puede apreciar en la foto que se dio a conocer su cuerpo tendido sobre la tierra, con un paliacate rojo sobre su rostro. Su cuerpo de adolescente en pleno desarrollo de sus facultades humanas, pensé.

Hacía apenas unas horas Luis Gustavo era un muchacho que, como todos los de su edad, soñaba con hacer algo de su vida, algo importante, en su caso para darse a sí mismo y a su familia la oportunidad de mejorar las condiciones de marginación en que este sistema mantiene a millones en el país. Probablemente tenía su novia, como Vicente, aunque los padres de ella no aprobaran la relación porque la consideraban muy temprana y con el riesgo de que salieran las chicas embarazadas y abandonaran los estudios. Y como Vicente, Luis Gustavo tenía sueños, se resistía a adaptarse a una sociedad que le resultaba hostil, opresiva, con los caminos cerrados; una sociedad que ha dejado abandonada a la nueva generación, donde la única perspectiva que le ofrece es el subempleo o el crimen, o la muerte brutal, fortuita, prematura. Pero estos muchachos no se doblegan. Luchan contra las imposiciones de una falsa moral que se propone mantenerlos en el silencio y en la cuadratura de la norma. Buscan sus propios mecanismos para expresarse, para decirle al mundo lo descompuesto que está y para abrir por su cuenta los nuevos caminos que le urgen al país. Como Vicente con su amor por la literatura, su definición de vida, su compromiso con el conocimiento y con el tiempo que vendrá, pero que ya es.

Le pregunto a Vicente si sabe lo que ha ocurrido en Arantepacua. Sí, me dice, con la seriedad de alguien que conoce las implicaciones más profundas de algo así. ¿Y sabías que entre los muertos hay un estudiante de Bachilleres, del plantel de allá? Los rasgos de su rostro se vuelven duros, se tensan, como si fueran en realidad muros de contención de un estallido que se queda allí, a la espera quizá de otro tiempo, de otra oportunidad. ¿Sabe qué es lo más triste?, me pregunta, como si se tratara de un reclamo que arroja al aire. ¿Qué?, le digo. Que estas cosas ya no sorprenden, afirma, con la pesadumbre de una certeza que no debía tener lugar en este mundo.

Pensé entonces que el luto nos había llegado en plenas Jornadas. Como a la comunidad de Arantepacua, como a las familias de los caídos, de los que todavía se encuentran presos y heridos, la tragedia colectiva ensombrecía nuestros eventos. Además del gafete de identificación que todos traíamos, profesores, autoridades y estudiantes, debíamos portar un moño negro y tendríamos que evitar a toda costa que el silencio ganara en estas contiendas. Cuando por fin se llegó la hora del concurso, entramos a un salón acondicionado especialmente para el evento. Nueve muchachos y muchachas participaron con la lectura de sus cuentos, Vicente entre ellos. Los vi pasar uno a uno al frente con sus cuartillas por delante y escuché las historias que nos contaban. Dejando de lado algunas observaciones, que el jurado también notaría y expresaría en su momento, todos tenían un buen nivel, todos habían encontrado en la palabra escrita y hablada un instrumento para expresar la vida… y la muerte. Yo no dejaba de pensar en Luis Gustavo, en esa vida que las balas asesinas segaron. Vicente obtuvo el primer lugar y tendrá que ir a Morelia a representar a esta Coordinación Sectorial en la etapa estatal. Vicente sonreía con su entusiasmo fresco y auténtico, lleno de satisfacción. ¿Cómo habrá sido la sonrisa de Luis Gustavo?, pensé.

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