Rafael Mendoza Castillo
Estado, poder y oligarquía
Lunes 10 de Abril de 2017
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Enmarco estas reflexiones con el pensamiento de Lorenzo Meyer: “La política es acción, pero también discurso, es decir, la forma en que los actores políticos presentan a sus diferentes públicos una argumentación que pretende explicar y justificar las acciones tomadas o que se proponen tomar en relación con el poder político”.Veamos.

De acuerdo con Michel Foucault, el poder pastoral indica, señala y orienta al rebaño de ovejas y el pastor da la vida por el rebaño. En el caso del poder del Estado, que también orienta la conducta y la conciencia de la población, el individuo se sacrifica por quienes se han adueñado, llámense mafias, poderes fácticos, grupos o clase política, de aquella institución.

Las nuevas gasolineras que competirán con Pemex
Las nuevas gasolineras que competirán con Pemex
(Foto: Especial)

En ambas formas de poder la dominación produce relaciones de obediencia entre los individuos hacia quienes controlan y dirigen el Estado nacional, hoy caracterizado como centralizado, autoritario, homogéneo y guerrerista. Este poder de dominación construido por el liberalismo en el siglo XIX ya tiene décadas produciendo desigualdad, explotación y miseria en la mayoría de la población mexicana (80 millones de pobres).

Hoy el Estado está en manos de una oligarquía financiera, comercial e industrial, y de una clase o mafia política integrada por cúpulas partidarias, cuya diferencia son solamente los colores, ya que todos coinciden en el uso de las instituciones para satisfacer su interés privado. Su lucha consiste en convertir lo público en privado.

La historia nos muestra que hubo pocos momentos o periodos en los que el Estado nacional más o menos repartía algo de la riqueza que la nación acumulaba (tierras, aguas, seguridad social), y hasta defendía (nacionalismo) el patrimonio de la nación (Expropiación Petrolera, nacionalización de la energía eléctrica, etcétera).

En este presente existe un corte histórico que nos muestra que el Estado nacional se ha separado de la soberanía, de su independencia y de su autodeterminación, mismo que hoy camina respondiendo al interés de la oligarquía política y financiera, y lo peor, se ha escindido de la voluntad popular, lugar éste donde verdaderamente reside la fuente del poder (artículo 39 de la Constitución mexicana).

Las instituciones que configuran el Estado nacional, políticas, sociales, electorales, están dirigidas por el prianismo, incluidos los poderes fácticos (duopolios televisivos, grandes empresarios, sindicalismos corporativos y charros). La alianza de estos grupos no busca la justicia social, el reparto de la riqueza, la equidad o la igualdad, sino que su programa consiste en mantener el poder para incrementar la riqueza en pocos oligarcas y provocar agravios y humillaciones en la mayoría de la población.

El poder de dominación, llámese capitalista o neoliberal, ha venido produciendo una desigualdad social y un sufrimiento anímico y físico en las clases sociales subalternas. Estos hechos no se pueden ocultar con discursos demagógicos, fantasiosos y con llamados a la unidad de Enrique Peña Nieto. Estos discursos irreales son una ofensa y un agravio para quienes el sistema los ha colocado en los topes salariales, en el desempleo, los 80 millones de pobres e incluidos aquellos que han sido expulsados del país, los migrantes. Agregue usted lector la guerra de la derecha prianista, chuchista en contra de los pueblos originarios, la disidencia, la inconformidad del movimiento social, que hoy resiste al sistema de dominación actual.

Los 200 años y los 100 años han mostrado la derrota del proyecto popular libertario por el que dieron su vida Hidalgo, Morelos, Ignacio Ramírez, Villa, Zapata, Lázaro Cárdenas del Río, los estudiantes del 68, del 71, Lucio Cabañas y otros. De ahí la importancia de impulsar y organizar el movimiento social como un contrapoder no sólo nacional, sino internacional, bajo la bandera común de confrontar el modelo actual de acumulación de capital neoliberal, que hoy está en plena decadencia, en plena crisis, y recuperar el espíritu libertario, justiciero y rebelde de la Independencia y la Revolución.

Que el movimiento social que hoy resiste los embates de la oligarquía que se ha adueñado de las instituciones del país no pierda el entusiasmo de que otro mundo es posible, de que las ideologías y las utopías no han muerto, de que la historia se echa a andar de nuevo y de que es posible, si organizamos a las fuerzas progresistas, de izquierda y socialistas, construir otro orden social fundado en la democracia participativa, la liberación y el socialismo.

Frente al golpe que el prianismo le asesta a la vida material de la gente con el incremento desbocado a los precios de bienes y servicios, incluido el sindicalismo independiente y organizaciones, tenemos que responder organizados, recuperando el valor de la solidaridad, el compromiso ético, moral y cívico con los que menos tienen, pero sobre todo en torno de la acción política como la única actividad que puede transformar el mundo del capital y su acumulación desmedida.

No podemos convertir el entusiasmo, el espíritu libertario, de dignidad, de independencia y de soberanía, que le asignaron como ideales y principios a la voluntad popular nuestros héroes nacionales, en estatuas, luz y sonido y alegría, ya que esto sería caer en la celebración de los vencedores, de los dominadores. No aceptemos edificios, por muy altos que sean, monumentos y estatuas, como homenaje a nuestros héroes, cuando la mayoría de la población se debate en la desigualdad brutal, donde 80 millones de pobres son convertidos en mercancía para fortalecer, vía el voto, al sistema actual de dominación.

Hoy el sistema y su régimen político pretenden momificar y cosificar a la conciencia histórica para darle muerte a la praxis histórica (acción constituyente), y así establecer un presente eterno, sin futuro, donde los ricos y poderosos se conviertan en los amos y señores del patrimonio de la nación.

No traicionemos a nuestros héroes, los que lucharon por el proyecto popular. Dos visiones, dos países, dos naciones, dos historias: alegría para los ricos y tristeza e injusticia para la mayoría. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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