Jerjes Aguirre Avellaneda
Zapata, ¿individuo o comunidad?
Martes 11 de Abril de 2017

Aniversario de su asesinato

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Este 10 de abril se cumplieron 98 años del asesinato de Emiliano Zapata Salazar, en lo que era la Hacienda de Chinameca, en el estado de Morelos. A pesar de la importancia del acontecimiento, las nuevas generaciones rurales y mucho más las urbanas confunden al personaje y su contexto histórico, de igual modo que escapa a su compresión su significado en la construcción del México del siglo XX y su prolongación en los inicios del nuevo siglo y el nuevo milenio.

El Estado cedió a los particulares los recursos mineros, vendió la industria pesada, el acero y la fabricación de equipos y maquinaria.
El Estado cedió a los particulares los recursos mineros, vendió la industria pesada, el acero y la fabricación de equipos y maquinaria.
(Foto: Especial)

Sin embargo, a pesar de las conmemoraciones rituales y de contenido retorico, sigue siendo de la mayor utilidad que en la perspectiva de las circunstancias y problemas del presente pueda hacerse un esfuerzo intelectual para reinterpretar y enriquecer el legado zapatista en lo que tiene de identidad e ideales campesinos que explican su movimiento en sus orígenes y consecuencias.

El mundo y México han cambiado en un siglo y hoy el Aniversario Luctuoso de Zapata se produce en un contexto nacional e internacional, con una realidad alejada de la prosperidad, el bienestar y la igualdad de oportunidades prometidas por la globalización del mercado y por el modelo de desarrollo impuesto a la sociedad mexicana, pretendiendo iniciar una nueva época y una civilización diferente como consecuencia de la apertura económica, social, cultural y política del país, con la promesa de la modernización y la elevación de México a la categoría de “primer mundo”.

La incorporación de México al mundo y al mercado global destruyó los cimientos sociales y políticos de un “Estado de cambio”, privándolo de capacidad para cumplir sus funciones rectoras del desarrollo y garantía de los intereses generales del país, especialmente protegiendo a los sectores mayoritarios de su población en condiciones de pobreza. El Estado cedió a los particulares los recursos mineros, vendió la industria pesada, el acero y la fabricación de equipos y maquinaria, igual ocurrió con los barcos y los puertos marítimos, los aviones y los aeropuertos, las carreteras y ferrocarriles, comprometiendo sus fuentes de energía, sus hidrocarburos y su electricidad, todo a partir de la idea de que es el individuo la única y verdadera esencia del pensamiento humanista.

Cuando se individualizó México siguiendo los patrones globales, absolutizó la máxima de que “el que alcanzó, alcanzó”, riqueza y poder, dejando a los “que no llegaron a tiempo” los recursos del robo público y privado, los negocios ilícitos, en especial el narcotráfico, la trata de personas y el contrabando, hasta hacer de todo lo sucio, incluyendo diversas prácticas políticas, los medios “justificados” para sobresalir como ricos y poderosos. Las ideas se desvalorizan y la ética se transforma en todo lo contrario, haciendo de la mejor moral la carencia de toda moral individual y colectiva.

Tratándose del campo, la estrategia adoptada implicaba necesariamente que el Estado retirara todos los apoyos técnicos y crediticios en el abastecimiento de insumos productivos, en organización y capacitación, en comercialización y precios, entre otros, a través de instituciones especializadas como Banrural, Pronase, Guanomex y Conasupo, para citar sólo algunas, cuya desaparición colocó a los pequeños productores minifundistas, temporaleros y dispersos, pero productores de alimentos, en condiciones sumamente desventajosas para competir con sus similares extranjeros, particularmente los norteamericanos.

México perdió su autosuficiencia y soberanía alimentaria a partir de su apertura y tratados comerciales. En el presente el país importa la mayor cantidad de alimentos que la población consume, pero siente “orgullo” por la inversión extranjera en los agronegocios que exprimen las energías de una población jornalera creciente, cuya vida y sufrimiento procura ignorarse para evitar que se alteren las “buenas conciencias”.

No más de diez cultivos concentran tierra, tecnología, capacidad de empaque y transformación, junto a la relación con los mercados de consumo. Ganancias enormes son remitidas al extranjero, que en nada contribuyen a la transformación del 80 por ciento de los pequeños productores rurales, en constante ruina y que apenas sobreviven con lo que producen, con hijos que nutren la permanente migración a los centros urbanos y al extranjero, a las actividades ilícitas y a la constante violencia.

En estas condiciones debe conmemorarse el asesinato de Emiliano Zapata hace casi un siglo. ¿Pero, qué es lo esencial en las enseñanzas de El Caudillo del Sur? La herencia zapatista es amplia, incluyendo la convicción, la voluntad y el sacrificio en la lucha. Lealtad a toda prueba, liderazgo auténtico, honradez comprobada y confianza de su seguidores, soldados y civiles, que han otorgado permanencia en el tiempo a los ideales zapatistas.

Sin embargo, una herencia fundamental del zapatismo, en un país y un mundo individualista, de individuos absolutos, es su concepto y práctica de la comunidad en su contenido de capacidad para compartir bienes, tierras y recursos, carencias y posibilidades, alegrías y tristezas, aspiraciones, sueños y esperanzas, sufrimientos compartidos que forman e identifican. ¿No es acaso la nación misma una comunidad donde se comparte territorio, historia y cultura?

La rebeldía de Zapata fue provocada por el despojo de las tierras comunales, de las tierras de todos, que debían ser devueltas, restituidas, no a los individuos, sino a la comunidad. Esa comunidad que permitió la permanencia y la unidad de los pueblos originarios durante la Conquista, la Colonia, la Independencia y la Revolución, hasta la realidad neoliberal que sistemáticamente la agrede con pretensiones deliberadas para destruirla. La política neoliberal reformó la Constitución de la República con la finalidad implícita de hacer de la Nación una suma de individuos, subordinados a otros individuos, en lugar de fortalecer a la Nación como una gran comunidad de mexicanos.

La organización comunal ha permitido las luchas campesinas por más de 500 años. Las comunidades han sido el centro ideológico, político y militar para la defensa de una forma específica de trabajar y de vivir. Las masas campesinas organizadas comunitariamente hicieron surgir a Emiliano Zapata y hoy, 100 años después de su muerte, siguen representando la opción justa para el desarrollo del campo.

Los campesinos siguen a la espera de la reforma del campo, necesaria e inevitable. La lucha será por su orientación final, favoreciendo al individuo o la comunidad en cualquiera de sus formas, incluyendo no sólo las comunidades indígenas, sino también las comunidades ejidales y las diversas formas de organización comunitaria, para los fines productivos, económicos, sociales, culturales y políticos.

En la construcción del futuro los principios comunitarios tendrán que prevalecer como parte esencial y para la continuidad de la historia de México. De ser así Zapata habrá triunfado para siempre. ¡Viva Zapata!

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