Aquiles Gaitán
Nada ha cambiado
Martes 18 de Abril de 2017
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“Si no entienden con cariño, tendrán rigor”. Con esa contundente frase que ha permanecido por siglos en la historia de la humanidad se define una política de Estado para atender a grupos beligerantes que atentan contra la paz y el sosiego, no tanto en contra del Estado, pues casi siempre los conflictos inician por problemas locales que no son atendidos. No podemos hacer en estos momentos un inventario de prendas intelectuales y morales que expliquen el porqué de las cosas, lo que sí es evidente es que el bloqueo de carreteras y el secuestro de edificios y vehículos como moneda de cambio, se ha vuelto tolerable ante la pérdida general de respeto por la mano dura que finalmente siempre se ablanda. Provocaciones o no, el chantaje de grupos de presión, léase normalistas, casas del estudiante o comuneros, han hecho de esa táctica todo un placer. Arantepacua no fue la excepción, ¿y quiénes viven ahí?, ¿quiénes andan liderando el movimiento? Las manitas que mueven la cuna tienen su marca indeleble. Lo cierto es que ya nadie está dispuesto a callar ante la autoridad que requiere una política coherente y efectiva, contundente como el rigor. Para llegar a ello es necesario evaluar el uso de la fuerza pública, esa que por razones de la delincuencia ahora está equipada y fortalecida para los enfrentamientos urbanos, con tácticas y equipo para ello, que en los terrenos rurales, en el bosque o la montaña, son totalmente inoperantes, son blanco fácil de cualquier honda o resortera, ya no digamos escopetas o armas de grueso calibre.

El peor escenario en un disturbio social es tener muertos, esos se convierten en mártires, que son parte de familias que sufren su pérdida, que son parte de una comunidad que se indigna y toma conciencia de su circunstancia, de su inconformidad
El peor escenario en un disturbio social es tener muertos, esos se convierten en mártires, que son parte de familias que sufren su pérdida, que son parte de una comunidad que se indigna y toma conciencia de su circunstancia, de su inconformidad
(Foto: TAVO)

Las maniobras de ataque no pueden ser frontales, ni la sola presencia de las tropas es disuasiva; se requiere un reconocimiento táctico del terreno antes de mandar la tropa, que permita planear el acceso al objetivo, el ataque y la retirada; si no es así están expuestos al fracaso y la derrota, como suele acontecer. El peor escenario en un disturbio social es tener muertos, esos se convierten en mártires, que son parte de familias que sufren su pérdida, que son parte de una comunidad que se indigna y toma conciencia de su circunstancia, de su inconformidad, de sus acciones que provocan la protesta estilo Fuenteovejuna. Hoy debe prevalecer la toma de conciencia activa de la comunidad pues es algo que se produce dentro de ellos, como parte de ellos y su relación con la sociedad, una relación crítica que reclame su reconocimiento desde casi el olvido a ejercer su derecho a reclamar su tierra, a pedir justicia y un alto a la degradación social con la que los quieren ver y que ha hecho que aflore en algunas comunidades purépechas un verdadero espíritu combativo y crítico.

Los problemas agrarios son de tierras más o tierras menos, ¡he ahí el problema! Nadie quiere perder. Los de Capacuaro ganan desde su inteligente pasividad. ¿Dónde habrá más delincuentes?, ¿aquí o allá? La mesa está servida y habrá que cumplir el compromiso por encima de los radicales que bailan de gusto y exigen la solución a todos los problemas de la sociedad. Este es el cuento de nunca acabar, pero así es este cuento y así será por obra y gracia de los tribunales agrarios.

No podemos ver estos asuntos como ajustes de cuentas o acciones derivadas del odio, ellos las ven como acciones en defensa de su dignidad ante la desproporcionada represión. Todos pierden la legítima ofensa. Las confrontaciones sólo conducen al desgaste y a la tragedia pero ponen en evidencia la necesidad de cambios profundos en la sociedad, sobre todo en las zonas rurales marginadas y más, en las comunidades indígenas y rancherías de tenencias marginadas, pero no hay dinero para la magnitud del problema, que requiere, antes que cualquier cosa, organización, comenzando desde los municipios; en este caso ¡ay!, el de Nahuatzen, que de por sí tiene lo suyo.

Ha pasado la Semana Santa, no por eso vamos a hacer una conspiración del silencio, habrá que decir las cosas para entendernos, entender las comunidades indígenas y que ellos entiendan que existen otros 113 municipios que también cuentan, que tienen nuestra comprensión y solidaridad para encontrar las mejores salidas, pero no podemos iniciar una revolución a partir de Arantepacua; este poblado debe hacer su propia revolución sin olvidar nunca que sin teoría revolucionaria no hay revolución; hasta ahí debe llegar la mesa de diálogo, de lo contrario tendremos la omnipresencia de Arantepacua pidiendo justicia ante esa verdad histórica que por hoy es la verdad.

Puede ser un pretexto, una inducción, de lo menos a lo más para abordar problemas de otro tipo, un ariete que golpea y desgasta a los gobiernos, a la sociedad elitista que confina a los usos y costumbres a todas las etnias, que se fragmentan y violentan en función de grupos sociales que ven afectados sus intereses o por los propios partidos políticos ajenos por completo a la organización comunal. Los más están atrapados en el tiempo, la migración los lacera con la misma intensidad que el olvido. ¿Podemos pagar como sociedad la deuda con ellos o los dejamos para siempre en los usos y costumbres? Independientemente de la pobreza, la ignorancia, la desnutrición y el alcoholismo que conduce a muchos al síndrome de Krosakoff, que caracteriza a los bebedores que no se acuerdan de nada ni saben lo que hacen, tendremos que combatir, dicen algunos, atenuar al menos la pobreza, la miseria, las desigualdades, los vicios, los conflictos sociales. Nada ha cambiado pero todo ha cambiado.

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