Ramón Guzmán Ramos
¿De qué nos ha servido la democracia?
Sábado 22 de Abril de 2017
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La democracia que tenemos no es la democracia que el país necesita para salir de esta crisis de Estado en que nos encontramos. Hubo un tiempo en que la democracia era un anhelo legítimo del pueblo mexicano y se convirtió en causa de prácticamente todos los movimientos sociales y políticos de oposición. El problema es que fue vista desde el principio como un fin en sí mismo y quedó reducida a un sistema que sólo ha servido para regular los procesos electorales y justificar la concentración del poder en unas cuantas manos. Lo que se ha construido en México ha sido una democracia de corte liberal, que privilegia el sistema de representación y no cuestiona la distancia que se interpone entre el poder elitista y la sociedad.

Lo que se ha construido en México ha sido una democracia de corte liberal, que privilegia el sistema de representación y no cuestiona la distancia que se interpone entre el poder elitista y la sociedad.
Lo que se ha construido en México ha sido una democracia de corte liberal, que privilegia el sistema de representación y no cuestiona la distancia que se interpone entre el poder elitista y la sociedad.
(Foto: Cuartoscuro)


La crisis de Estado que padecemos se traduce ya en una crisis aguda de gobernabilidad. Es el costo que el Estado mexicano paga por colocarse de espaldas y en contra de la sociedad. ¿Pero a quién o a quiénes representa realmente este Estado que, a su vez, ha quedado reducido a mero aparato de administración y de saqueo? Para los que nos quieren hacer creer que la tesis de Francis Fukuyama se mantiene vigente, en el sentido de que la historia, como lucha de clases y de ideologías, ha llegado a su fin para culminar con el triunfo y el imperio de las democracias liberales, habría que señalar que el Estado ha terminado por asumir las funciones de una gerencia empresarial y sus intereses son los intereses de la clase política que lo ha ocupado ilegítimamente, y, por supuesto, de la clase formada por los grandes empresarios nacionales y extranjeros.

Esto explicaría el hecho de que los políticos profesionales, una vez que pasan el trámite molesto de los comicios, se colocan de inmediato por encima de la sociedad y ponen sus funciones y su poder al servicio de otros poderes mayores, algunos legales, otros no tanto. El carácter representativo del gobierno, que es el principio de todo enfoque liberal, se rompe y sólo queda una brecha que deja a la gran mayoría de la población al margen. Una vez en el poder, a esta clase política no le interesa mejorar las condiciones de vida de sus gobernados. Su compromiso es con quienes les aseguran la permanencia en el poder y la impunidad sobre sus excesos y omisiones. La crisis de Estado aparece, entonces, cuando la separación entre el Estado y la sociedad es de tal magnitud que las relaciones entre ambos no pueden ya ser sino relaciones de hostilidad. El Estado se vuelve enemigo del pueblo y asume este papel de una manera franca y abierta.

De manera que Fukuyama y sus epígonos incondicionales se vuelven a equivocar. La historia no se detiene. El fin de eso que se llegó a conocer como socialismo real no es el fin de la historia. Tampoco el fin de las ideologías. Mucho menos el fin de la lucha entre los de arriba y los de abajo. ¿Alguien podría afirmar que no existen intereses contrarios en la sociedad, como el interés de los grandes emporios y las grandes potencias que dominan a los estados débiles, por un lado, y el interés histórico de quienes han sido despojados de su poder y sus derechos y no han renunciado a luchar por esta causa desde abajo? Ellos quisieran imponernos de una vez y para siempre su visión de pensamiento único, que los de abajo no piensen en términos de lucha entre clases totalmente contrarias, antagónicas, irreconciliables; que todo mundo esté de acuerdo en que hay que hacerle ajustes al sistema para que funcione mejor, pero que de ninguna manera habría que sustituirlo por otro.

Lo que realmente ha llegado a su fin es este sistema político basado en el liberalismo disfuncional. De hecho, tampoco a ellos les está funcionando con eficacia. La entrega de nuestra soberanía a las grandes potencias y empresas del mundo, la contaminación del Estado mexicano de elementos totalmente ajenos y perniciosos al interés general, la pérdida de control y gobernabilidad en amplias zonas del territorio nacional, la inseguridad como realidad brutal que estalla en cualquier lugar en contra de cualquiera, y no sólo como percepción subjetiva; el incremento de la pobreza y la precariedad del trabajo, la excesiva concentración del poder político y la riqueza en unos cuantos, la exclusión de las mayorías, el saqueo escandaloso de los bienes nacionales y el erario públicos por quienes deberían ser sus administradores y guardianes justos y honestos, son algunos de los síntomas de esta crisis profunda que se les escapa de las manos.

Ésta es también una democracia que coexiste sin problemas con distintas modalidades de los regímenes autoritarios y represivos. La democracia al servicio de quienes se disputan el poder y necesitan legitimarlo artificialmente con los procedimientos y leyes que ellos mismos imponen. Y para los de abajo, los que luchan por liberarse de este sistema de opresión e injusticia, el rostro y la mano de hierro del tirano. Esta democracia es un engaño. No es el fin que se perseguía cuando se inició en nuestro país ese movimiento que se conoció como transición a la democracia. Ellos la han pervertido hasta el tuétano, hasta sus raíces mismas. Pero es un instrumento que empieza a volverse contra sus propios creadores. El control más grande que se ocupa en un sistema como éste es el de la ilusión, en hacerle creer al pueblo que no importa de qué tamaño son los desastres, las tragedias, que todo vuelve a su cauce y a la normalidad, y que los que están allá arriba velan por nosotros. Es un discurso que acá abajo ya nadie cree.

La democracia liberal se concibe a sí misma como única e insustituible. Todo lo que se puede hacer son ajustes para mejorarla. De ahí las reformas que se le hacen al sistema político para evitar que se derrumbe. Hasta ahora, esta democracia ha quedado reducida al ámbito estrictamente electoral. La participación de los ciudadanos se da exclusivamente en las urnas, pero incluso aquí el voto ha perdido su poder real de decisión. Un porcentaje considerable de los votantes acude a las urnas con el voto previamente comprometido, y no precisamente como consecuencia de un proceso interno de reflexión y de libre conciencia. Se trata de una democracia excluyente, que corrompe sus propios mecanismos de funcionamiento.

¿Qué tipo de democracia, entonces, es la que necesita el país? Es el tipo de democracia que permite la participación de todos en los asuntos públicos. Una democracia directa, horizontal, a la que queda subordinada la modalidad representativa. Una democracia que no limite sus funciones ni su dimensión a las urnas, que se extienda a todos los ámbitos de la vida social. En México tenemos, por cierto, un ejemplo al que no le hemos puesto la suficiente atención. Es el caso de Cherán. En este municipio la gente se levantó contra la amenaza del crimen organizado y decidió crear un nuevo tipo de organización y una nueva forma de gobierno sin la mediación de los partidos políticos. Retomó elementos de su propia historia, de sus usos y costumbres, como la figura de Concejo Mayor, la participación directa de los barrios en la elección y supervisión de su gobierno comunitario. Allí se rescataron otras figuras de la democracia directa que en el mundo liberal se encuentran olvidadas, como la revocación de mandato, la consulta, el plebiscito, la rendición de cuentas. Allí se creó una nueva forma de seguridad pública que son las rondas comunitarias, un tipo de vigilancia integrado por elementos del pueblo que sirven de manera directa al pueblo. En Cherán no existe la inseguridad como la padecemos en el resto del país y los recursos públicos que por derecho le pertenece son el medio para resolver necesidades e impulsar el desarrollo de la comunidad. Es la democracia no sólo como forma real de gobierno, sino como una forma de vida comunitaria, como cultura que da arraigo e identidad.