Ramón Guzmán Ramos
Ausencia de ética
Sábado 29 de Abril de 2017
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En una sociedad diferente las campañas electorales tendrían que aspirar a ser un fenómeno pedagógico de dimensión universal. El análisis y debate sobre los problemas que aquejan a todos o a una parte significativa de la sociedad tendrían que servir para avivar en cada ocasión el proceso ininterrumpido de construcción de ciudadanía, entendida ésta no sólo como la toma de conciencia y participación individual, sino como la formación de una conciencia colectiva y una práctica democráticamente organizada. Ninguno de los contendientes debería sentirse con derecho a abordar las cuestiones a discusión sin haberse hecho antes de un criterio debida y honestamente fundamentado. Y ninguna propuesta debería arrojarse a los espacios públicos sin una demostración fehaciente de que es posible concretarse en los hechos, que tiene viabilidad y, sobre todo, que el proponente tiene la voluntad para llevarla a cabo, que no es un engaño, una estratagema sólo para conseguir votos. El discurso demagógico habría quedado definitivamente desterrado de la arena política, lo mismo los actos que se proponen enlodar y descalificar al adversario, humillarlo y denigrarlo para exponerlo al linchamiento público. Para que algo así fuera posible, cada candidato estaría representando de manera directa el interés general más allá de su visión personal de las cosas.

El discurso demagógico habría quedado definitivamente desterrado de la arena política, lo mismo los actos que se proponen enlodar y descalificar al adversario, humillarlo y denigrarlo para exponerlo al linchamiento público.
El discurso demagógico habría quedado definitivamente desterrado de la arena política, lo mismo los actos que se proponen enlodar y descalificar al adversario, humillarlo y denigrarlo para exponerlo al linchamiento público.
(Foto: TAVO)



Cualquiera diría que es una utopía. Y una utopía, por cierto, que no tiene posibilidades en esta época en que impera la ausencia casi total de ética, sobre todo en el mundo corrompido de la política. La función primordial de la utopía, sin embargo, es negar la realidad del presente y proyectar su perspectiva de realización en un futuro no definido. Mostrar que las cosas no tienen por qué ser siempre de la misma manera y que es posible concebir algo distinto es lo que se plantea toda utopía. No es que haya que negar la realidad de por sí, simplemente porque se nos ocurre o porque nuestra actitud responde a una posición ideológica, sino porque la realidad en cuestión se ha convertido en una negación de sí misma. Ya no es, o nunca ha sido, lo que el hombre como ser genérico e histórico necesita para vivir en condiciones de armonía, democracia, libertad y justicia plenas. La negación del presente no implica el vacío y el cierre de perspectivas. El primer impacto que genera la utopía es en la conciencia. La gente se despoja por fin del velo que le han colocado en los ojos y empieza a ver las cosas que ocurren –y que no ocurren– con otra mirada. Es el desvanecimiento del engaño y la adopción de un pensamiento crítico. Las cosas que niegan la realización plena del ser humano se niegan a sí mismas, de manera que es legítimo no sólo negarlas con la mirada y el pensamiento, sino con acciones concretas, organizadas, para desplazarlas de la realidad y que haya lugar para lo inédito, para lo nuevo, para las construcciones colectivas.

La corrupción y la impunidad que imperan en nuestro tiempo se han convertido en una costumbre tolerada por todos, lo mismo el crimen cotidiano y la violencia extrema, así como la violación sistemática de los derechos humanos. La ética es la reflexión crítica y el análisis concienzudo de las cosas que se nos vuelven hábito, que se nos imponen como costumbres más allá de las consideraciones morales que hagamos. La descomposición del organismo social ha generado una moral que invierte por completo la escala de valores que alguna vez consideramos como la guía más adecuada de la conducta humana. Ahora causa risa y es objeto de burla la persona que reivindica valores y principios que se han vuelto obsoletos en la práctica, en la lucha salvaje por la sobrevivencia, como la honestidad, el respeto, la dignidad, la lealtad, la paz, la solidaridad, la humildad, la generosidad, la responsabilidad, la amistad, el amor, la libertad. En vez de ser considerados como valores humanos que son indispensables para alcanzar un nivel óptimo de convivencia civilizada, que deberían formar parte integral de nuestras convicciones personales y colectivas más profundas, se ven como elementos que estorban y a los que hay que hacer a un lado para impedir que pongan en evidencia la parte más perversa del espíritu humano, que es de hecho la que nos domina.

Las contiendas electorales se han convertido en campañas antipedagógicas que nos hacen ver como bueno todo lo que sea útil para alcanzar los fines que de manera ilegítima –y a veces ilegal– se proponen los contendientes. Es la guerra sucia en la que todo se vale, en la que el fin justifica los medios, aunque los medios sean perversos y, por ello mismo, acaben por pervertir el proceso y a los fines mismos. Alguien diría que ésta es una realidad de la que somos ya conscientes la mayoría de los mexicanos. Digamos que es la parte teórica de la ética, la reflexión crítica de la realidad, el cuestionamiento del orden establecido; pero ha faltado la parte en que la reflexión se convierte en una práctica social, en una acción coordinada que se proponga extirpar lo que se nos ha convertido en una excrecencia maligna, de manera que podamos abrir los espacios que nos pertenecen y darle una nueva oportunidad a la utopía. Alguien más nos dirá que por esfuerzos no ha quedado. Hemos presenciado respuestas organizadas de sectores considerables de la sociedad que han decidido irrumpir en los espacios públicos para rechazar y resistir las monstruosidades que el sistema imperante nos arroja encima. A la ausencia total de ética que prevalece en el medio político le corresponde una ausencia recurrente de perseverancia y de objetivos que trasciendan nuestra realidad inmediata.

La clase política se ha apoderado totalmente de los espacios de decisión y de gobierno. Ha dejado al margen de estas instancias al resto de la sociedad. La sociedad civil, entendida como la parte de la sociedad que se organiza y se moviliza con autonomía e independencia en relación con el Estado, ha visto que los partidos no pasan de ser un instrumento al servicio exclusivo de esta clase política. Los movimientos sociales han surgido también como una alternativa propia para suplir este vacío. Todo movimiento social es en esencia un movimiento político ya que emerge y adquiere razón de ser en el campo donde tienen lugar las relaciones y las tensiones más pronunciadas entre gobernantes y gobernados, entre el poder establecido, institucional, y las clases oprimidas. Estos movimientos han logrado trascender sus propósitos tradicionales, sus demandas inmediatas, y han pasado a cuestionar directamente y con la acción concertada las políticas públicas que generan y justifican las embestidas contra la población. En este sentido podríamos hablar de movimientos que influyen en las percepciones tradicionales que tiene la sociedad y que promueven ciertos cambios en ella. Hasta ahora, sin embargo, estos movimientos no se han atrevido a incursionar en el campo donde tiene lugar la disputa por el poder. Esto ha permitido que este campo siga siendo el campo exclusivo de la clase política, que lo utiliza, como sabemos, para permanecer como tal y perpetuarse en el poder. No importa que esta característica la niegue por sí misma y abra la opción para que la sociedad la niegue desde el exterior; en tanto esta negación no se convierta en una negación convertida en práctica transformativa, la clase política confía en que su prevalencia está asegurada.