Ignacio Hurtado Gómez
Aula Nobilis
Debilidad institucional y exigencia social
Jueves 31 de Marzo de 2016
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Cuando hace algunos ayeres irrumpieron en el escenario político michoacano -y con menor intensidad en el vecino estado de Guerrero- las denominadas “autodefensas”, no pocos se aventuraron a sentenciar, dentro y fuera del país, la existencia de un Estado fallido, pues mientras los grupos de la delincuencia lo rebasaban por la izquierda, al grado de desconocerlo y controlar ciertos ámbitos de la vida pública -instituciones incluidas-, las autodefensas lo rebasaban por la derecha y frente a la imposibilidad de brindar seguridad y con ello garantizar la vida y libertad de ciertos sectores sociales, igualmente le desconocieron. En ambos casos pues, el resultado era el mismo: el desconocimiento de las instituciones.

Autodefensas en Michoacán
Autodefensas en Michoacán
(Foto: Cambio de Michoacán)

No obstante, a pesar de los hechos, lejos estaba la existencia real de un Estado fallido, y por ello, no dejó de ser interesante la llegada de otro concepto que, políticamente hablando vino a justificar lo que acontecía, y así, hizo acto de presencia la idea de la “debilidad institucional”.

Ella, la debilidad institucional, por lo menos en lo personal la encontré por primera vez como razón principal para sustentar lo que muchos llamaron la intervención de la Federación en territorio michoacano, y en varias de sus propias instituciones, a través de aquella célebre comisión.

Y es que en el decreto de creación de dicha comisión se dio un reconocimiento de la propia autoridad federal en cuanto a que en Michoacán, por el clima de violencia que se vivía, se habían presentado manifestaciones de debilidad institucional que habían traído como resultado una merma al Estado de Derecho.

Sin duda, a la aplicación de ese concepto no está lejos, en términos de seguridad, lo que en su tiempo vivieron entidades como el propio Guerrero, Nuevo León y la emblemática Ciudad Juárez, como ahora más recientemente Tamaulipas y Veracruz.

Pero también, mirándolo desde otra perspectiva, la aplicación de ese concepto, en estricto sentido, bien puede cobrar vigencia en otros ámbitos de nuestra vida institucional, más allá de la seguridad, incluso más allá de niveles de gobierno.

En otras palabras, válidamente puede cuestionarse atendiendo a los tiempos que respiramos si se visualiza alguna señal de debilidad institucional en el ámbito ejecutivo, legislativo, o judicial, así como en órganos autónomos, ya sea a nivel federal, estatal o municipal.

Si ello es así, y la respuesta es positiva, y en parte creo que lo es, cuáles son los síntomas, las señales de esa debilidad. Varias de ellas se manifiestan en la cotidianidad: corrupción, impunidad, desigualdad y desconfianza, por mencionar a algunas.

Y frente a ello, es claro que aspectos centrales como los derechos humanos y la democracia misma, como fundamentos de ese mermado Estado de Derecho, quedan rebasados, y pocas posibilidades tienen de florecer en espacios en donde prevalece esa debilidad institucional. No es pues, un tema nada menor.

Como tampoco es menor la necesidad de contar con parámetros objetivos para analizar y valorar esa debilidad institucional, o en su caso, por qué no, la propia fortaleza de nuestras instituciones.
Todo lo anterior tiene sentido a partir de la ausencia de una verdadera cultura de evaluación institucional que premie eficiencias, y más aún, que castigue ineptitudes en los asuntos públicos que, al final son de todos.

Pero en el fondo, lo más lamentable es la debilidad que existe en términos de las relaciones entre las instancias de gobierno y los ciudadanos, en donde los primeros cada vez generan mayores distanciamientos, y los segundos, ya distanciados, contamos con niveles de exigencia muy frágiles. Al tiempo.

Una pequeña dosis de historia nicolaita. … “En 1811 se encontraba acuartelado en el Colegio de San Nicolás el regimiento realista Dragones de Pátzcuaro; más tarde se posesionaron de él, otros; y después, otros más… Los soldados causaban a cada paso serios desperfectos al edificio: robos, destrozos en los muebles, libros de la biblioteca y objetos de arte que había en la casa, por lo cual, lo poco que quedaba en buen estado fue escondido en el Ex Convento y Colegio de los Jesuitas, de donde salieron nuevamente a su primitivo local después del triunfo de la insurrección de Independencia.- ¡Once años de ser la benemérita aula cuartel y cárcel!- El edificio había venido casi por tierra, y el cuantioso capital con que contaba el Cabildo para el pago de maestros y demás gastos, estaba por extinguirse, siendo, por todas esas causas, ilusorio intentar la reapertura del glorioso establecimiento. Esto, sin embargo, no fue óbice para que se iniciaran gestiones en dicho sentido por medio de la secularización del Colegio…”.
ihurtadomx@hotmail.com

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