Ramón Guzmán Ramos
La hora de Comala
Sábado 20 de Mayo de 2017
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Los mitos son una alegoría del modo como el hombre ha concebido el origen y el destino de las cosas. Los mitos son inmortales, logran instalarse en lo más profundo de la conciencia humana, en el basamento mismo de toda cultura. Perviven y se manifiestan con fuerza en los actos que el hombre realiza para recrearlos, para insuflarles energía, para evitar que el tiempo termine por desmoronarlos. Para los mitos el tiempo no existe, no al menos como lo concebimos y lo habitamos nosotros, los humanos mortales sobre los que el tiempo ejerce un desgaste inapelable. En cada ritual que el hombre realiza el mito se recrea, brota nuevamente a la vida, con vigor renovado, con la certeza de que se ha instalado indefinidamente en la raíz más profunda del inconsciente universal. El mito nos define, determina nuestra actitud con respecto a los enigmas que nuestra propia existencia sobre la tierra y en el cosmos nos plantea.

Comala es un lugar mítico. Uno de los mitos que la habitan es el de la muerte. En Comala la muerte es la ausencia de paraíso, la aniquilación de la esperanza, el tiempo inmóvil, la nostalgia como invocación y castigo, el limbo donde reinan las sombras, donde la vida es sólo una referencia lejana, tormentosa, que hacen los muertos cuando la nostalgia se impone. Nadie de este lado del mundo quiere morirse para siempre. La inmortalidad es otro de nuestros sueños míticos. Trascender de algún modo nuestro tiempo finito y seguir viviendo de la forma que sea más allá de la vida, en los dominios infranqueables de la muerte. En Comala este mito terrenal se vuelve realidad. Cuando abrimos el libro e iniciamos el descenso todos los habitantes que nos encontramos están muertos. Lo sabremos a mitad de la obra, cuando nos percatamos de que ha sido Juan Preciado el que le ha estado contando a Dorotea, La Cuarraca, su llegada a Comala y el modo como llegó hasta allí, a la tumba que comparte con ella. Comala misma es un fantasma que habitan los fantasmas. De manera que Pedro Páramo es también el mito del eterno retorno. Todo vuelve a ser como era, pero en la muerte.

En Comala los muertos son los habitantes eternos que se aparecen cuando alguien no esperado llega y no se ha dado cuenta de que también está muerto. Es el lugar donde las voces emergen de las paredes y se desmoronan en silencio antes de encontrar algún oído receptivo. Allí los muertos brotan de la tierra como flores sin color y sin aromas. No es que los muertos vuelvan al mundo de los vivos, como equivocadamente sostienen otros mitos menos duraderos, sino que los vivos, cuando se mueren, pasan a ser parte de una realidad en penumbras donde la muerte es para siempre: una muerte que se parece a la vida pero que es otra cosa. Comala es un mito que alberga a otros mitos. El de la muerte es la habitación principal. Un mito que se parece al del purgatorio pero que es otra cosa: aquí la esperanza no existe, la ilusión es una cosa que hace daño, que vuelve a matar a quienes han encontrado en la muerte una desolación inmensa.

Morelia de mis amores
Morelia de mis amores
(Foto: Disse)

Hay mitos que devienen en tragedia. La creación requiere del sacrificio de los dioses o del hombre. Toda nueva era proviene de la destrucción, del caos, del derrumbe de la era anterior, de una catástrofe que no fue posible detener, conjurar, ocultar. El poder omnímodo que acumuló Pedro Páramo llegó a su límite. A partir de ahí sólo el declive, la deformación, la venganza de los cuerpos y los espíritus agraviados. Su soledad inmensa le viene de su poder absoluto. Ya sabemos que se hizo de ese imperio feudal para ofrecérselo a Susana San Juan, su amor imposible, enajenado. Esa fue su tragedia, su castigo sin fin tanto en la vida como en la muerte. No hay en el mundo, en la historia del sufrimiento humano, poder que sea capaz de comprar la voluntad y el corazón de quien ha decidido amar a otro. Pedro Páramo intentó curar esa soledad, esa sensación de vacío total en el vientre de otras mujeres, en los hijos que engendró y a los que cubrió de abandono, de odio sin fin. La búsqueda del padre y el parricidio, así como el incesto, son también elementos de la tragedia y el mito. Se busca el origen para encontrar la identidad y se termina por aniquilar toda huella, toda perspectiva de reencuentro, de reconciliación con la propia sangre, que se ha vuelto una sangre extraña y enemiga.

Juan Rulfo hizo que en Comala todos los mitos tuvieran lugar. De ahí esa forma en apariencia desordenada que tiene la estructura de la novela. En Comala la vida y la muerte son dimensiones de la existencia humana que no se ajustan a ninguna configuración tradicional. Sólo la poesía es capaz de expresar un mundo así. En Comala no se recrean los mitos que han determinado al hombre a través de la historia. En Comala los mitos son obra del lenguaje. El lenguaje, como sabemos, tiene el poder de la creación. Basta con mencionar las cosas para que las cosas sean. Como en el Génesis. Sólo que en Comala el proceso de creación ha concluido no se sabe cuándo. El lenguaje ha hecho posible una creación que se cierra sobre sí misma, que no tiene perspectiva de nada, que se hunde en su propia fosa. Los personajes de Comala no tienen salvación, por eso se conforman con ser los fantasmas y los ecos eternos que son.

La condena de estas pobres almas perdidas es el fracaso de Dios. A diferencia del amor que siente por Susana San Juan, que no es correspondido porque a Susana se la trajeron ya loca, perdida en otro mundo, el poder de Pedro Páramo es capaz de comprar los favores de Dios. Los poderosos nunca han tenido temor de Dios quizá porque llegan a acumular tanto poder en sus manos que en la tierra y en sus dominios actúan como el Dios del Antiguo Testamento: un Dios presente, terrenal, terriblemente cercano y castigador. No se sabe si Dios ignora lugares como Comala, o si es verdad que Dios ha muerto hace mucho y no acabamos de darnos cuenta. El caso es que existen estas tierras sin Dios y su ausencia se prolonga más allá de la vida, en la muerte cerrada, circular. La pregunta que uno se hace cuando vuelve una y otra vez a Comala es si esta orfandad de Dios es la causa de que la vida terrenal se nos haya vuelto el infierno que ya es. Acá no hacemos sino mirar con pasmo, que a veces estalla como estruendo de piedras, el tropel confuso de los jinetes de la muerte que se arrojan sin piedad sobre nosotros.

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