Rafael Mendoza Castillo
Los riesgos de la escritura, la lectura y el pensar
Lunes 22 de Mayo de 2017

In memoriam de los periodistas asesinados.

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Escribir, leer, hablar, reflexionar y hacer no son fenómenos neutrales o inocentes. No lo son porque relacionan con los sentidos, estructuras, procesos, contradicciones que se juegan en el mundo de lo social, lo económico, lo político, lo cultural, lo mediático, lo científico, lo tecnológico, etcétera. ¿Qué significa lo que afirmamos? Significa que quien decide asumir cualquier acción de las mencionadas lo hace desde ciertos parámetros ideológicos, creencias, saberes, visiones de mundo o desde preguntas que incomodan, justificados, conforme a la razón crítica e incluso, hoy en día, conforme a las emociones (posverdades). Nadie se vincula con el mundo, donde vive o sobrevive, desde la nada, esto es, sin mediaciones. Los hechos del mundo no llegan directos a la conciencia.

Por lo anterior se hace necesaria la intervención de la filosofía, pero no cualquier filosofía, sino por aquella que pregunta a la comodidad para incomodarla y pretende revelar los supuestos, desde donde el actor o el sujeto eligen para comprender, entender e interpretar el mundo de lo social. De esa manera, los actores que escriben, piensan, hablan, hacen y leen pueden dejar el mundo como está o transformarlo. Así, el escritor, el artista, el cientista de lo social, que difunde y da a conocer lo que sucede en el orden social, puede esconder, reprimir o develar las fuerzas, el valor que mueve a los conflictos. Existen fuerzas y valores que defienden intereses privados. Otros grupos y clases se orientan por lo público, lo de todos, otro valor, otra fuerza. Esta es una batalla de muchas.

No cabe duda que los objetos de lo social se dan en el campo de batalla, en el conflicto
No cabe duda que los objetos de lo social se dan en el campo de batalla, en el conflicto
(Foto: TAVO)

Recordemos: los sentidos de los hechos, estructuras, contradicciones y procesos del orden social, formación social, tienen propósitos, fines, y eso nos obliga a esclarecerlos dado que tienen intencionalidades, a veces éstas en favor de quienes han venido sosteniendo el orden para que se acumule capital o el gran dinero en pocos. Esa determinación o límite deja una gran mayoría de gente en la pobreza y desigualdad. Por eso quien lee y escribe, sobre lo que sucede en el mundo social, incomoda o acomoda su punto de vista, su valor, su fuerza, en favor de algo y en favor de alguien.

Quien a través de la lectura, la escritura, la acción política y su discurso denuncia la corrupción, la impunidad, la violencia y las clases o grupos que están detrás de todo ello, asume el riesgo de ser asesinado o excluido. Es un escenario donde el comportamiento político de la oligarquía destruye, a diario, el tejido social, en complicidad con grupos delincuenciales. Además privatizan lo público, el bien común, el patrimonio de la nación. Pero en ese campo de lucha están los que escriben y leen en favor del orden social injusto del capital; éstos viven en la complicidad y duran muchos años. El sistema no los toca para nada, antes los premia (aztecos y televisos).

No cabe duda que los objetos de lo social se dan en el campo de batalla, en el conflicto. Ante eso existen lecturas y escrituras que esconden los sentidos y propósitos de los acontecimientos y, sobre todo, las relaciones donde aquellos se inscriben; es decir, su contexto; éste es el que les señala sus intenciones, sus verdaderos intereses. De ahí la necesidad de la crítica para develar, quitar velos, máscaras, representaciones, dado que muchos intelectuales orgánicos del sistema esconden o reprimen, hoy en día, lo que sucede en el país.

Si yo creo que el pensar, el hacer y el hablar acerca del mundo en donde vivo y las instituciones, estructuras, no hacen nada por respetar esos derechos humanos por su ejercicio, por llevarlos a la práctica, con toda libertad. Dichas instituciones no tienen por qué matarme, excluirme, secuestrarme o prohibirlo. Si yo creo que el mundo social lo hacemos nosotros y otro cree que lo hacen los dioses, esto debe respetarse y no es motivo de sanción o de santas inquisiciones para reprimir esos comportamientos y pensamientos. Entender que esas contradicciones se dan en la historia como campo de batalla, en la que unos, los del dinero, los pocos que acumulan capital, se sienten los dueños del mundo, aunque no lo son, y lo orientan a sus interese particulares. Éste es el problema de fondo.

Si los individuos, los sujetos colectivos, ya no aceptan el mundo donde viven porque éste les provoca miedos, violencia, dolor, sufrimiento e injusticias, tienen todo el derecho, toda la razón de inconformarse con esa realidad sociohistórica realmente existente. Ellos, en lo individual, en lo colectivo, pueden y deben recurrir a la acción constituyente para transformar el sistema mundo-histórico. Además, con todo el derecho de imaginar otras opciones de futuro y de presente. El poder hegemónico y su ejercicio vigente reprime esas alternativas de liberación y emancipación.

Es importante afirmar que nuestras creencias, concepciones, visiones, tradiciones, costumbres, la memoria histórica, no deben aceptarse como dogmas, testamentos sagrados, intocados, sino siempre sujetos a justificación, pero conforme a la razón reflexiva y crítica. Nunca aceptarlas como si fuera un destino manifiesto mecánico. Lo anterior se inscribe en una batalla teórica y política. Quienes dirigen, por la vía del fraude electoral, las instituciones del país, llámese plutocracia, burguesía, oligarquía, prianismo, mafia del poder, silencian esa batalla a través de la represión física y mental, en contra de las clases subalternas, que ya no aceptan el mundo del capitalismo depredador.

En lo formal, en lo constitucional, se habla de derechos humanos, de respetarlos, pero en lo material, en lo real, sucede lo contrario: no se respetan, se violentan. En lo cotidiano se mata a los mensajeros, sobre todo a aquellos que dicen la verdad, que se oponen a la mentira (más de 100 periodistas muertos ), que se niegan a mentirle a la gente, que se colocan del lado de los que no tienen voz, los desiguales, de los pobres, de los olvidados, de los sin tierra, de los explotados, de los desaparecidos, extorsionados y asesinados. Todo en el capitalismo tiene precio. Pero existe un valor que no tiene precio ni se intercambia por nada, la dignidad. Por tanto, tengo derecho en no creer, ni aceptar y rebelarme, en contra de las actuales instituciones, sus clases dirigentes y su modelo económico de acumulación infinita de capital. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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