Ramón Guzmán Ramos
La hora de las definiciones
Sábado 27 de Mayo de 2017
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Cuando la ruta y el destino de un país se encuentran en juego es inevitable que las posiciones se polaricen. El proceso electoral para la renovación de los poderes federales de 2018 hace rato que dio comienzo. Cada vez es más claro de qué lado se colocan los diferentes actores políticos y sociales. La disyuntiva se encuentra entre quienes plantean sólo hacerle ajustes al sistema político y económico que ya tenemos, por un lado, y los que se proponen transformarlo para abrirle una salida efectiva a esta crisis sistémica que nos ahoga, por el otro.

Nos hicieron creer en la existencia de una amplia diversidad de opciones. Poco a poco, sin embargo, hemos visto que las diferencias ideológicas se desvanecen cuando es la visión pragmática de la política lo que se impone. Vemos entonces a los partidos juntarse y mezclarse sin ningún rubor cuando así conviene a los intereses de sus cúpulas, las que a su vez responden a otros intereses superiores. El único interés que por lo general queda relegado es el de la sociedad. De manera que no hay declaración alguna de principios que se sostenga ni programa que sirva de guía ante los giros intempestivos que dan cuando les conviene.

Así lo demuestra la aparición más reciente, compartiendo la misma mesa y el mismo discurso, de quienes son presidentes de dos partidos que en teoría representan proyectos opuestos de país. Ya sabemos que el PAN es el ala derecha del sistema que el PRI se ha empeñado en mantener a costa de lo que sea. Creíamos que el PRD era algo así como la alternativa de izquierda que le estaba haciendo falta a este país. Los dos sexenios que se mantuvo el PAN en el poder sirvieron también para demostrarnos que la alternancia por el lado de la derecha no hace sino culminar en desastre. Muchos de los grandes problemas de violencia extrema y marginación también extrema que padecemos provienen de esta época oscura.

Fox fue una decepción enorme incluso para sus propios electores, en tanto que Felipe Calderón metió al país en una guerra terrible que no termina.
Fox fue una decepción enorme incluso para sus propios electores, en tanto que Felipe Calderón metió al país en una guerra terrible que no termina.
(Foto: Cuartoscuro)



El PRI se ha probado en el poder mucho más de lo que un pueblo digno puede aguantar. La llegada de Vicente Fox a la Presidencia de la República en el 2000 cumplió también la función de darle una bocanada de oxígeno al sistema. El régimen de partido único que el PRI había mantenido durante varias décadas se encontraba en plena decadencia. Hacía falta una medida urgente para renovarlo. Sólo que el PAN no fue capaz de renovar el sistema por la vía del desarrollo y el bienestar de la sociedad. Fox fue una decepción enorme incluso para sus propios electores, en tanto que Felipe Calderón metió al país en una guerra terrible que no termina. El PRI es ya una obsolescencia política que nos gobierna desde algún lugar imaginario de la realidad. De manera que ni el PRI ni el PAN son la opción que México necesita para superar esta circunstancia trágica en que se encuentra, y abrir una vía de reconstrucción total.

Lo primero que uno se pregunta es por qué el PRD estaría dispuesto a hacer una alianza estratégica con el PAN para las elecciones presidenciales del próximo año. Sería, en todo caso, la culminación de este proceso de deformación política que ha venido sufriendo desde hace tiempo. Hay que recordar que ha hecho ya este tipo de alianza con el PAN en elecciones locales. Que le hayan ganado al PRI no le ha significado al pueblo una mejora sustancial en sus condiciones de vida. Iniciando el sexenio de Peña Nieto el PRD no tuvo empacho en firmar el llamado Pacto por México, con lo que no sólo renunció, al parecer para siempre, al papel de partido opositor que alguna vez tuvo, sino que contribuyó al sacrificio sistemático que el gobierno federal le ha provocado a la sociedad con las reformas estructurales que enajenan los bienes de la nación y despojan a los trabajadores de sus derechos históricos.

Cuando vimos a Ricardo Anaya y Alejandra Barrales hablar desde la misma postura, utilizar el mismo lenguaje, compartir el mismo objetivo, sin mencionar siquiera las diferencias profundas que deberían tenerlos en polos opuestos del espectro ideológico, confirmamos que el tiempo del PRD se ha agotado. La única alternativa digna que le quedaba era participar en otro tipo de frente opositor: uno que se formara con las izquierdas, tanto del ámbito electoral como social. La alianza con el PAN no es en realidad una alternativa al sistema que nos rige y del que emergen todos los males que nos aquejan. La única función que podrían desempeñar es la de plomeros: sólo les permitirían arreglar hasta donde fuera posible la red de cañería por donde se escapa la pestilencia de la corrupción, y sin grandes expectativas.

Al hacer ese corrimiento vergonzante hacia la derecha, hacia la claudicación de sus propios principios, el PRD termina por negarse a sí mismo y se convierte en otra cosa, en algo que, por cierto, nada tiene que ver con las relaciones y vínculos que alguna vez llegó a tener con la sociedad, con el pueblo irredento del que emergió y al que debió haber representado en todo momento de una manera intransigente. Por eso fue que sus dirigentes fundadores, históricos, como Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez, Heberto Castillo, Gilberto Rincón Gallardo y Andrés Manuel López Obrador, entre otros, decidieron abandonarlo en diferentes momentos. Una de las corrientes más claudicantes y derrotistas se apoderó de su dirección y lo entregó a quienes mantienen el control sobre el sistema a cambio de migajas.
El viraje hacia la derecha que ha experimentado el PRD ha sido una decisión de sus cúpulas. Es necesario subrayar que ha emergido una fuerte tendencia en las bases que presiona por la conformación de un frente amplio con las izquierdas y las organizaciones sociales del país, y que se manifiesta abiertamente por una alianza con Morena y en apoyo a la candidatura de López Obrador. Es probable que tanto a Morena como a AMLO les haga falta tacto para plantear de manera adecuada una propuesta en correspondencia. No se trata, en efecto, de dirigir un proceso de esta naturaleza desde arriba y de manera unilateral. Es necesario plantearlo como un proyecto que cuente con un solo espacio de confluencia y toma de decisiones conjuntas. Pero éste es otro problema. El caso es que estamos ante una coyuntura favorable que se abre en medio de la niebla y del dolor. Sería terrible que se frustrara –¡otra vez!– a causa de desviaciones y percepciones falsas de lo que sería el futuro más allá de la tragedia.

Otra mención merecen las organizaciones sociales que se asumen de izquierda y que se plantean otros caminos, otras modalidades en la lucha por sus reivindicaciones legítimas y la recuperación del país. Habría que insistir en que la sociedad no ha desechado del todo la vía electoral y que ha rechazado cualquier otra opción que le signifique más sufrimiento y zozobra. Aquí nos da la impresión de que estos movimientos se han hecho de una utopía que no considera las condiciones, las posibilidades, los peligros que presenta la circunstancia actual. La clase política se ha apoderado de la vía electoral para su propio beneficio y supervivencia. Pero es una vía que le pertenece al pueblo y que el pueblo puede y debe utilizar para meterse también, por su cuenta y desde abajo, en la disputa por el poder. Es algo que Morena y AMLO tendrían que considerar también por su cuenta para poner sobre la mesa nacional la discusión y el acuerdo para la construcción de un gran frente amplio electoral de izquierda.