Jerjes Aguirre Avellaneda
PERSPECTIVAS HACIA 2018
Democracia y cultura
Viernes 2 de Junio de 2017
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Las campañas electorales revelaron el ejercicio de una política sin principios.
Las campañas electorales revelaron el ejercicio de una política sin principios.
(Foto: Disse)

Las campañas electorales en cuatro entidades federativas, particularmente en el Estado de México, han sido suficientemente representativas de las formas y los contenidos con que los partidos políticos y los candidatos buscaron obtener las preferencias ciudadanas en la elección de tres gobernadores para Coahuila, Nayarit y el Estado de México, así como ayuntamientos y diputados locales en el estado de Veracruz.

Las campañas electorales revelaron el ejercicio de una política sin principios, que privilegia al individuo sobre la organización, el corto plazo sobre los grandes horizontes históricos y el predominio de la comunicación masiva sobre la comunicación directa de la plaza pública, como características sobresalientes de un proceso electoral que ha dejado de mostrar las mejores prácticas de la democracia.

Parecía que la competencia electoral consistía en promover los mayores escándalos entre los adversarios, sobre todo por incurrir en supuestos actos de corrupción, para deteriorar la “popularidad” cuestionando la honradez de los candidatos. En el Estado de México ninguno de ellos escapó a las acusaciones que ponían en duda su honorabilidad y competencia.

Josefina Vázquez, con el asunto de los fondos de su organización civil; Delfina Gómez, con el tema de las cuotas y aportaciones de la militancia; Alfredo del Mazo, con la compra del voto con el uso de recursos públicos y la movilización de los aparatos gubernamentales federal y estatal, y Juan Zepeda señalando su improvisación y vacíos ideológicos. El gran objetivo consistía en provocar el desprestigio y acabar con la “popularidad” de los contendientes, con acciones dirigidas a los “estados de ánimo” de los electores y a sus emociones, en vez de estimular su racionalidad y su análisis político.

Ganar votos, asegurar a toda costa el triunfo electoral sin importar los medios, fueron consignas permanentes de las campañas, asumiendo algunos compromisos para la atención de necesidades inmediatas de los jóvenes, los viejos, de las mujeres y otros sectores vulnerables, pero con olvido del pasado, de la historia y sobre todo de los modelos y los grandes proyectos futuros para el conjunto de la sociedad fueron vacíos evidentes. Sin referencias que expliquen el origen de los problemas y las necesidades del presente, sin menciones al diseño de futuros deseados y posibles, de compromiso colectivo para construir lo venidero, así como de la contribución a la solución de los grandes problemas de la nación, fueron omisiones destacadas en las campañas electorales que acaban de terminar.

Ciertamente habría que afirmar que en México no se está construyendo una nueva cultura democrática que vaya más allá del escándalo y la propaganda. No hay todavía ciudadanos participativos, no sólo en las elecciones, sino en el conjunto de la vida social, con principios y valores, sentimientos y acciones que correspondan a la práctica de una cultura política diferente. Se construyeron estructuras legales e instituciones electorales que permitieron abandonar el autoritarismo pero no han logrado sentarse las bases de una nueva cultura democrática.

Todo cambio real tiene que ser forzosamente cultural para que perdure, se desarrolle y sea diferente. Partir de la cultura vigente para lograr su transformación. Nada ocurre en el vacío. Partimos de lo que se tiene disponible en todos los aspectos de la cultura vigente para permitir cambiarse a sí misma. “Las transformaciones decisivas –escribió Guillermo Bonfil Batalla en su trabajo Pensar nuestra cultura– son las que se incorporan plenamente a la cultura de un pueblo y también las continuidades y las resistencias. Sólo cuando los acontecimientos cambian realmente la cultura de un pueblo se convierten en cambios históricos. Es la transformación interna la que finalmente cuenta, porque cambian a un pueblo y así se cambia la historia”.

Sin duda México necesita de un cambio cultural profundo en el conjunto de su vida, especialmente en las ideas y prácticas de la democracia. Se trataría de una profunda transformación cultural en todo lo que se hace, como creación que, en las palabras de Bonfil, signifique “la creación de un nuevo proyecto civilizatorio, la formulación de objetivos históricos y trascendentes que den coherencia y propósitos a todas nuestras acciones”.

En este contexto es difícil considerar que las recientes campañas y el conjunto del proceso electoral constituyan un avance democrático para México, con elevación de la calidad ciudadana y el establecimiento de una nueva cultura democrática. Fue logrado el respeto por el voto, sobre todo en la confianza de que sirve para elegir. Pero los avances en la conciencia de que el voto, como la democracia, no son fines en sí mismos sino medios que permiten encontrar las coincidencias mayoritarias en la construcción de futuros para todos, en eso, los avances han sido mínimos.

La democracia no es equivalente a los actos aislados, a las elecciones una después de otra, sin finalidades compartidas y sin medios para medir sus avances. Importa la convicción de que la democracia sirve, si bien importa más la convicción de los objetivos concretos que esa democracia persigue convertir en realidad. Elegir no es gobernar, como tampoco necesariamente ganar una elección significa ganar el poder de la sociedad. ¿De qué ha servido la democracia para México? Las elecciones del próximo domingo, ¿en qué habrán de traducirse para el futuro de Coahuila, Nayarit y el Estado de México?

La democracia de procedimientos, que descuida la educación política de los ciudadanos, dejándolos expuestos a la aplicación de los principios mercantiles de la comunicación masiva, ha creado condiciones que permiten los conflictos sociales y políticos como hechos que debilitan la cohesión social y la fortaleza del todo nacional, que por obligación constitucional y sentido común debiera prevalecer.

Con las elecciones del próximo domingo 4 de junio habrá importantes lecciones sobre cómo sí y cómo no debe hacerse política democrática, particularmente en los temas de inclusión, confianza y conflicto. Habrá mucho material para evaluar lo que se ha hecho y, sobre todo, lo que no está hecho, destacadamente, la formación de una nueva cultura democrática en México, como modo de vida de los mexicanos.
Lamentablemente son más las dudas que las esperanzas.

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