Aquiles Gaitán
Para que no se olvide
Martes 13 de Junio de 2017
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El 19 de junio de 1867 volaban los zopilotes sobre el Cerro de las Campanas cuando Maximiliano repartía a cada uno de los soldados que iban a ejecutar su fusilamiento una onza de oro, pidiéndoles que no le tiraran a la cara. Ese día, a las 07:30 horas, fue cadáver. Parto de la visión de Alberto Hans en su libro Memorias de un oficial del emperador Maximiliano, subteniente de la artillería imperial mexicana de la VIII Batería de Artillería, amigo de mi paisano Ramón Méndez, fusilado sin mayor trámite en Querétaro, no en el Cerro de las Campanas, sino en la Alameda, “aquel valiente soldado de corazón de bronce, modelo de lealtad y de honor, ¡fue fusilado por detrás como traidor”. Dice Hans: “No se concibe de cuánto heroísmo dieron pruebas los imperialistas mexicanos durante la defensa de Querétaro, ¡qué desgracia que entre tantos valientes se haya encontrado un miserable!”. Hans dice lo anterior porque, según él, hubo un traidor, el coronel Miguel López, protegido del emperador que había entrado en relaciones con los republicanos y les informó de las resoluciones tomadas para romper el sitio. “Traicionando López, salvaba la vida y adquiría oro”, dice Hans. Después del consejo de guerra del 14 de mayo, celebrado para romper el sitio de Querétaro, los generales Miramón, Mejía, Castillo, Arellano y Méndez acordaron la salida. Sólo Miramón sabía cuál era el punto de rompimiento. El emperador estaba en el Convento de la Cruz, su protegido López dio instrucciones la madrugada del día 15 de mayo a la batería de Hans de retirar las piezas de artillería de las troneras y oblicuarla a la izquierda. Infiltró desde el panteón hasta el Convento de la Cruz durante la noche, al amparo de su jerarquía y uniforme, a infantes del batallón de supremos poderes de la República. Al amanecer, López sorprendió a los artilleros, a la compañía de ingenieros, al batallón del emperador y a los voluntarios de Querétaro que resguardaban la Cruz. López guiaba a los republicanos sabedor de la ubicación de las tropas junto con Yablousky, amigo y único cómplice. López dio la voz de alarma al emperador, nadie sospechaba ni comprendía lo que pasaba, lo hizo despertar con la noticia de que el enemigo entraba en la Cruz y se había apoderado del cementerio. “Salir de aquí o morir es el único recurso”, dijo al emperador su ayudante Pradillo, salió junto con el general Castillo y el príncipe de Salam, los republicanos que no lo conocían lo dejaron pasar y se enfiló rumbo al Cerro de las Campanas, donde estaba emplazada su artillería y un buen número de tropas de infantería y caballería. Mientras López dirigía las tropas republicanas a la torre y al Convento de San Francisco, al pasar por ese lugar la escolta imperial y el escuadrón de húsares austro-mexicanos, los detuvo al paso y les ordenó echar pie a tierra, quedando prisioneros de los republicanos.

Como un dato histórico el asesinato de 125 estudiantes que está documentado, más un gran numero de heridos el 10 de junio 1971
Como un dato histórico el asesinato de 125 estudiantes que está documentado, más un gran numero de heridos el 10 de junio 1971
(Foto: Especial)

“Todo se ha perdido. Mirad, el enemigo nos sigue de cerca”, dijo López al emperador, quien según Hans todavía no comprendía la traición de su ingrato protegido. El emperador dio la orden de retirarse al Cerro de las Campanas. Miramón, en la refriega, recibió un tiro en la mejilla derecha.

Al amanecer la desbandada era total. Los republicanos eran dueños de la situación. Del Cerro de las Campanas partió la bandera blanca. Maximiliano entregó su espada al general Mariano Escobedo con su rendición, sellando el fin del imperio.

La realidad era otra. Maximiliano envió al coronel López a negociar su rendición. López infiltró a los republicanos y se montó el teatro. Maximiliano, el actor principal, desempeñó su papel a la perfección tratando de salvar su honra y su pellejo; no fue posible, el consejo de guerra se reunió en el Teatro Iturbide, la conclusión del fiscal fue la petición de la pena de muerte.

El general Mariano Escobedo, protagonista junto al coronel imperialista Miguel López, narró para la historia la verdad de los acontecimientos. Fue un plan urdido por Maximiliano para su rendición montando toda una tramoya para su actuación teatral. La narración del general Escobedo de fecha 8 de julio de 1887, 20 años después, puede consultarse en el Archivo General de la Nación o en el tomo V de México a través de los siglos, capítulo XXIX, páginas 839-844.

Recuerdo este suceso como un dato histórico digno de conocerse como parte de nuestra historia de nación, de la infame intervención francesa, más la de belgas y austriacos en pos de su princesa Carlota. Como un ejemplo de intriga y corrupción, como un ejemplo de la lucha por el poder que hizo que Juárez se elevara con la victoria con el exterminio de sus adversarios.

Quiero recordar también como un dato histórico el asesinato de 125 estudiantes que está documentado, más un gran número de heridos el 10 de junio de 1971, cuando un grupo de paramilitares llamados Halcones reprimió una marcha de estudiantes politécnicos en la Calzada de San Cosme, en la Ciudad de México, llenando de sangre el pavimento, enlutando familias, cegando vidas y llenando de oprobio e ignominia al gobierno federal en manos del demagogo Luis Echeverría, coparticipe además del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco. Si participaron los del Grupo Monterrey, los del Ingenio San Cristóbal, la Coparmex, los de la Cervecería Cuauhtémoc o los jesuitas de la Ibero, que la historia los juzgue. ¡Asesinos! Que nosotros ya lo hicimos una y mil veces, ¡10 de junio no se olvida!

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