Alma Gloria Chávez
La medicina de la naturaleza
Sábado 17 de Junio de 2017

Con afecto para el grupo de mujeres que en Pátzcuaro se han organizado para estudiar la medicina tradicional.

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María de Jesús Patricio Martínez, indígena náhuatl originaria de Tuxpan, practica la medicina tradicional y herbolaria.
María de Jesús Patricio Martínez, indígena náhuatl originaria de Tuxpan, practica la medicina tradicional y herbolaria.
(Foto: Cuartoscuro)

El ser humano, desde tiempos remotos, ha recurrido a las plantas y a la naturaleza en busca de curación para sus males y alivio a sus dolores. Esa búsqueda le ha hecho profundizar en el conocimiento de las especies vegetales que poseen propiedades medicinales y con ello ampliar su experiencia en el empleo de los productos que de ellas se extraen.

En el largo recorrido por la herbolaria (en todas las culturas) se han atribuido virtudes mágicas o místicas a las plantas, a veces como mero producto de la superstición, pero otras como resultado de la necesidad de hombres y mujeres de explicarse las notables propiedades curativas que, indudablemente, habían encontrado en muchas de ellas y que no podían comprender. Incluso ahora que conocemos mucho de los principios físicos y químicos a los que deben las plantas sus extraordinarias cualidades, para nosotros siguen estando envueltas en un halo de misterio y de magia, acentuado por su belleza y su variedad de formas.

En estas últimas épocas, en las que el consumo individual de medicamentos ha aumentado tanto, surge la tendencia a volver a las fuentes naturales para curar las enfermedades, y no se trata de una moda, sino de la íntima necesidad de adoptar, en todos los aspectos, un sistema de vida más sencillo y acorde con la naturaleza.

Quizá ningún país de América Latina muestra como México un trabajo tan sostenido en materia de investigación de su herbolaria medicinal. Ello adoptando diferentes enfoques, si no complementarios en los programas y proyectos, al menos convergentes: botánicos, etnobotánicos, históricos, antropológicos, médicos, químicos, farmacológicos, toxicológicos y clínicos. Muchos científicos hoy en día ven con respeto el conocimiento tradicional y ancestral, aunque institucionalmente se pretenda ocultar, como si fuese algo reprobable.

“Todavía se actúa con soberbia en esos ámbitos”, me dijo en una ocasión un amigo antropólogo que ha dedicado muchos años al estudio de prácticas chamánicas en la Huasteca hidalguense. “La medicina institucional –sostiene– se ha desligado del principio que encuentra en el paciente un ser compuesto por mente, cuerpo y espíritu, que sólo obtendrá un estado de ‘bienestar’ cuando adquiera una buena armonía en esos tres aspectos”.

Y efectivamente, la mayoría de los médicos actuales se limita a estudiar la patología o la anatomía patológica, a pronosticar, dependiendo de signos y síntomas físicos sin interesarse en la vida e historia del paciente, llegando incluso a menospreciar el conflicto que está provocando la enfermedad. En cambio, quienes practican la medicina tradicional parten del conocimiento de que el paciente es un ser integral, vinculado además con el ambiente que le rodea.

La medicina holística o alternativa, de la que apenas se empieza a hablar hoy, recoge esos conocimientos que en casi todas las culturas han sobrevivido, entendiendo que si nuestra mente y nuestro espíritu se encuentran en armonía, la enfermedad no puede existir.

“Nuestras intolerancias son nuestras enfermedades”, dicen mi amigo antropólogo y mi maestro Benjamín. Y yo he logrado entender que así es. “La enfermedad es el resultado de pensamientos y acciones erróneos y cesa cuando actos y pensamientos son puestos en orden. Una vez aprendida la lección del dolor, la presencia del sufrimiento y la desgracia carecen de propósito y entonces desaparece”.

Tomando en cuenta ese principio, para nuestra verdadera sanación podemos recurrir a las plantas, a los masajes, el ejercicio, a la buena y correcta alimentación, a la meditación, a la práctica de disciplinas para ejercitar (sin forzar) nuestro cuerpo y nuestro organismo, o cualquier otra terapia que elijamos, incluyendo tratamientos alópatas no agresivos.

La recordada maestra Raquel Magdaleno (química farmacobióloga impulsora de la medicina tradicional en el estado de Morelos), a quien tuve oportunidad de conocer hace algunos lustros, nos decía que el ser humano es un cuerpo energético que se encuentra en armonía con planos superiores y que el desarrollo correcto y armonioso de una acción puede ser siempre descubierto en nosotros mismos mientras estemos en contacto con nuestra interioridad. Ella nos mostró algunos secretos de las plantas con la recomendación de utilizar preferentemente las que se encuentren en el propio lugar y respetando el conocimiento que de ellas tengan los habitantes del mismo.

Algo de lo que también pude darme cuenta es que no sólo el ser humano cae en la enfermedad, sino que somos capaces de enfermar también al medio que nos rodea: “La mayoría de los americanos no nativos de este continente se encuentra atrapada en procesos que no comprende, a los cuales no se pueden adaptar y que les destruyen espiritual y físicamente. Se niegan a comprender que intentar controlar a la naturaleza que les contiene totalmente, no es más que una ilusión, pero llegan a provocar desequilibrio con ella”, decía el jefe de la tribu Cheyenne, Gayle High Pine. Y lo corroboramos al estar sufriendo ya los daños causados por la siembra desmesurada de aguacate en Michoacán: deforestación, contaminación de cuerpos de agua (como el bello Lago de Zirahuén), desertificación y arrastre de azolve, además de los cambios en la temperatura y en la temporada pluvial.

“Entre los indios –reflexionaba el amigo biólogo Rodolfo Sandoval– toda nuestra existencia, no hace tanto tiempo, estaba hecha de reverencia. Nuestros rituales renuevan la armonía sagrada que hay en nosotros. Cada uno de nuestros actos: comer, dormir, respirar, trabajar, cultivar, hacer el amor, es una ceremonia que recuerda nuestra dependencia de la Madre Tierra y Cuerauáperi (la Creación). El pensamiento occidental separa lo espiritual de lo físico; por el contrario, para nosotros lo espiritual y lo físico son uno. Estamos junto a la Madre Tierra y Cuerauáperi por la intimidad y el calor del corazón”.

Así es: la mitad de los remedios que nos sirven para curarnos, tanto física como mentalmente, se encuentran en la naturaleza y la otra mitad, existe en nosotros mismos.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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