Ramón Guzmán Ramos
En defensa propia
Sábado 1 de Julio de 2017
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Itzel acaba de cumplir 16 años. A su corta edad ha sufrido una experiencia traumática que la marcará para toda la vida. El 1º de junio pasado se trasladaba de la escuela a su casa. A una cuadra de llegar a la parada de su camión, en las inmediaciones del Metro Taxqueña, ubicado en la colonia Atlántida de la Delegación Coyoacán, Ciudad de México, fue abordada por un sujeto que de inmediato la amagó con un cuchillo. Le dijo quedito al oído que no hiciera nada, que no gritara, que caminara con él. La llevó a pie por una calle oscura, con el cuchillo en el cuello, amenazándola con matarla si intentaba liberarse y correr. Durante dos horas la mantuvo sometida, llevándola de un lugar a otro, donde la violaba con violencia, le mordía distintas partes de su cuerpo, ignorando su llanto silencioso y las súplicas de que ya la dejara.

Itzel declararía después en un video que se difundió profusamente a través de las redes sociales que en el forcejeo ella sintió que el cuchillo encontró algo blando y se hundió. El violador le dijo que lo acababa de picar en el pecho
Itzel declararía después en un video que se difundió profusamente a través de las redes sociales que en el forcejeo ella sintió que el cuchillo encontró algo blando y se hundió. El violador le dijo que lo acababa de picar en el pecho
(Foto: TAVO)


Por último la forzó a caminar hasta la parte baja de un puente peatonal, siempre bajo la amenaza directa del cuchillo, a unos 300 metros de una estación de Policía, a la vista de la gente que se encontraban y que, aunque de seguro notarían algo raro, no hicieron nada por intervenir y ayudarla. En ese lugar, sobre un pedazo de jardín, la volvió a tender para subirse a su cuerpo y penetrarlo sin piedad, diciéndole que allí mismo se iba a morir. Itzel pensó que, en efecto, el tipo la dejaría muerta en ese sitio. Luchó por su vida; se produjo entonces un apretado forcejeo; ella logró quitarle el cuchillo y evitar que él lo recuperara. Todo esto ocurría a la vista de los automovilistas que pasaban y que seguramente observaban la escena terrible. Pero aquí tampoco nadie se detuvo, nadie se atrevió a parar su auto para defender a aquella adolescente que estaba siendo ultrajada por un bárbaro.

Itzel declararía después en un video que se difundió profusamente a través de las redes sociales que en el forcejeo ella sintió que el cuchillo encontró algo blando y se hundió. El violador, de nombre Miguel Ángel Pérez Alvarado, le dijo que lo acababa de picar en el pecho. Itzel sintió que el cuerpo que tenía encima se quedaba sin fuerzas y, como pudo, lo hizo a un lado y se liberó de él. El perpetrador se sintió herido y se levantó para alejarse del lugar. Itzel empezó a gritar, a pedir auxilio, que alguien por favor la ayudara, pero nadie parecía hacer caso. Poco después llegaron dos policías en sus motocicletas y le preguntaron qué le había pasado. Fueron en busca del agresor y lo detuvieron algunas cuadras adelante. Dos días después Miguel Ángel Pérez Alvarado murió a causa de la herida que recibió cuando intentaba clavarle el cuchillo a su víctima. A Itzel se le abrió una carpeta de investigación por parte de la Procuraduría de Justicia capitalina por homicidio. El caso, sin embargo, se conoció ampliamente a través de las redes sociales; desde allí se emprendió una campaña para que las autoridades tomaran en cuenta que había sido en legítima defensa y la exoneraran de toda responsabilidad jurídica, lo que finalmente sucedió.

Un caso semejante había ocurrido unos años antes. La tarde del 9 de diciembre de 2013, Yakiri Rubí Rubio, de 21 años de edad, salió de su trabajo en Tepito y abordó el Metro en la estación Doctores. Al salir caminó sobre la calle Doctor Liceaga con el propósito de dirigirse a una tienda de autoservicio. Notó que dos hombres la seguían montados en una moto. Después se enteraría de que eran hermanos y que acostumbraban salir para amagar a mujeres y secuestrarlas. La fueron siguiendo por la calle solitaria, arrojándole piropos ofensivos, obscenos, hasta que más adelante le cerraron el paso y uno de ellos se bajó y la amagó con una navaja arqueada en forma de hoz. La obligaron a subirse en medio de ellos y enfilaron rumbo a un hotel, donde el recepcionista parecía conocerlos y saber de qué se trataba. La subieron a un cuarto y la tendieron sobre la cama. Los dos la violaron bajo la amenaza de matarla si oponía resistencia. Uno de ellos salió y el otro, de nombre Miguel Ángel Ramírez, intentó volver a agredirla sexualmente, pero entonces ella se defendió y logró quitarle la navaja, con la cual en el forcejeo le cortó la yugular. El violador salió por su propio pie pero más adelante murió desangrado.

La Procuraduría de Justicia capitalina la acusó de homicidio calificado. La mantuvo en prisión algunos meses. Adentro fue brutalmente golpeada por las internas. Su abogada, Ana Katiria Suárez, quien acaba de publicar un libro-testimonio sobre el caso, titulado En legítima defensa, tuvo que luchar contra un sistema de justicia fuertemente influenciado por un machismo acendrado y contra una burocracia contaminada de una indolencia criminal. Como ocurrió con Itzel, a Yakiri la volvieron a victimizar con el trato humillante que recibió en las instancias de procuración de justicia por haber tenido que matar a su agresor para defender su vida. Los padres y la defensa de la víctima tuvieron que apelar ante el Tribunal Superior de Justicia de lo que era el Distrito Federal para que revisaran su caso. Fue hasta un año y medio después del suceso que el Tribunal le dictó sentencia absolutoria.

Son dos casos extremos donde se muestra el grado de indefensión en que se encuentran las mujeres cuando caminan solas por la calle, a veces, cuando son sorprendidas solas en su casa o en algún otro espacio propiciatorio; cuando tienen que salir a sus actividades cotidianas y se ven expuestas a toda clase de ataques, desde los más sutiles hasta los que ponen en riesgo su integridad y su vida. No son casos aislados.
Estamos ante dos casos que son emblemáticos de lo que está ocurriendo en el país, este otro tipo de violencia extrema que se desata de una manera bárbara sobre las mujeres por el sólo hecho de ser mujeres. Si Itzel y Yakiri no hubieran reaccionado ante el momento límite en que seguramente hubieran sido asesinadas, se habrían convertido en parte de la estadística negra que enluta al país, en dos feminicidios más, sin rostro y sin historia. Sus violadores y asesinos se habrían hecho humo, protegidos por el anonimato y la impunidad sangrienta que engrasa esta maquinaria de la muerte.

El Congreso local de Nuevo León, por otra parte, ha aprobado una reforma al Código Penal de aquella entidad para estipular que es legal matar en defensa de la vida o de la vida de la familia, sobre todo cuando el agresor invade el domicilio o el negocio de la víctima. Seguramente muchos estarían de acuerdo en que una disposición así se extendiera a todo el país. Es hora de que las víctimas cuenten con las armas necesarias para defenderse y defender a sus seres queridos ante la amenaza de la delincuencia. Lo que uno se pregunta es si ésta sería la solución definitiva. El problema de fondo es la ausencia del Estado. El Estado abandona sin mayores escrúpulos las responsabilidades que tiene para con la sociedad, entre ellas la seguridad pública. Es por ello que los ciudadanos de a pie se ven en la necesidad de asumir la defensa de sus bienes y de sus vidas por su cuenta. Pero esto no significa que sea lo correcto. Cuando el Estado renuncia a cumplir con el mandato que ha recibido del pueblo al que gobierna, entonces pierde la legitimidad y la legalidad que lo sustentan.

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