Ramón Guzmán Ramos
Una dictadura disfrazada
Sábado 15 de Julio de 2017
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A finales de agosto de 1990 tuvo lugar en México, patrocinado y transmitido por Televisa, el evento denominado Encuentro Vuelta, “La experiencia de la libertad”, organizado por Octavio Paz, que reunió a 40 pensadores y autores de todo el mundo con el propósito de analizar lo que ocurría en los países de Europa del Este. Se trataba de mostrar que en el sistema socialista la libertad había sido sacrificada en aras de la centralización de la economía y el poder político por parte del Estado. En la mesa que tocó coordinar a Enrique Krauze, que a la postre sería el discípulo más fiel del poeta, participó Mario Vargas Llosa, esto cuando su pensamiento no se desplazaba aún totalmente hacia el lado derecho del espectro ideológico.

Vargas Llosa dijo que no se podía exonerar a México en la clasificación de dictaduras. “México es la dictadura perfecta. La dictadura perfecta no es el comunismo.
Vargas Llosa dijo que no se podía exonerar a México en la clasificación de dictaduras. “México es la dictadura perfecta. La dictadura perfecta no es el comunismo.
(Foto: Cuartoscuro)



Vargas Llosa dijo allí que no se podía exonerar a México en la clasificación de dictaduras. “México es la dictadura perfecta. La dictadura perfecta no es el comunismo. No es la URSS. No es Fidel Castro. La dictadura perfecta es México.” Y remató: “México es la dictadura camuflada. Tiene las características de la dictadura: la permanencia, no de un hombre, pero sí de un partido. Y de un partido que es inamovible”. Luego se extendió: “… una dictadura sui géneris que otros en América Latina han tratado de emular”. Octavio Paz escuchó desde el público, con notable molestia, lo que Vargas Llosa se atrevía a afirmar en contra del espíritu original con que había sido concebido el evento. Desde donde estaba respondió: “… como intelectual y escritor, prefiero la precisión”. Y corrigió al novelista peruano: “… lo de México no es una dictadura, es un sistema hegemónico de dominación, donde no han existido dictadores militares. Hemos padecido la dominación hegemónica de un partido”.

Si lo vemos bien, la respuesta de Octavio Paz no era sino un eufemismo que en el fondo reconocía lo que Vargas Llosa expresaba. No es necesario que un militar se encuentre en el poder para clasificar a un régimen de dictadura. Existen también las dictaduras civiles, que se apoyan en el aparato represivo del Estado para mantener el control sobre la población y sofocar violentamente cualquier expresión de inconformidad, donde los otros poderes se subordinan incondicionalmente a quien detenta el poder Ejecutivo. La particularidad que Vargas Llosa hacía notar con respecto a México era que se trataba de una dictadura camuflada. Una dictadura de partido. Nadie que no perteneciera al PRI y a la élite política podía acceder al poder. De manera que todo lo demás era una farsa a cielo abierto: las elecciones, la existencia de partidos políticos distintos al partido de Estado, la división de poderes, el discurso pseudo democrático, la imagen de país republicano que se difundía al exterior. Una dictadura con disfraz de democracia.

La intervención de Vargas Llosa echó por tierra los planes de Octavio Paz en el sentido de dirigir toda la crítica hacia los Estados socialistas y, particularmente, a intelectuales y escritores latinoamericanos que mantenían sus simpatías con la Revolución Cubana y Fidel Castro, como era el caso de Gabriel García Márquez y, con ciertos matices, Carlos Fuentes. Vargas Llosa tuvo que salir súbitamente del país. Algunas versiones bien enteradas sostuvieron que había sido “invitado” por el gobierno de Carlos Salinas de Gortari a irse “por las buenas”. Varios años después, recordando este episodio y cuando le habían otorgado ya el Premio Nobel de Literatura, diría que se había equivocado en su apreciación sobre México. Se trataba en realidad de una rectificación motivada por la conversión ideológica que hacia la derecha llegaría a tener. ¿Qué tipo de régimen era el que en realidad tenía México en esa época? Un régimen de dominación absoluta por parte del PRI.

¿Qué régimen político es el que tenemos ahora? En el año 2000 se produjo en México la alternancia en el gobierno. Vicente Fox llegó a la Presidencia de la República después de una contienda en la que venció al PRI, pero Fox echó a perder la llamada transición a la democracia, que era el movimiento que se había generado en el país a partir de las elecciones presidenciales de 1988. Lo que se produjo en el gobierno con este tipo de alternancia fue un cambio de partido y de personas, no el cambio de sistema político y económico que prevalecía y que la gran mayoría de los mexicanos deseaba. A la llegada de Felipe Calderón la anhelada transición democrática fue enterrada totalmente con la declaración de guerra interna y la militarización del país, que aún existe. Calderón, como Salinas en su momento, llegó a la Presidencia en medio de acusaciones generalizadas de fraude electoral. La diferencia sobre Andrés Manuel López Obrador fue de menos de medio punto porcentual. Casi nadie creyó que su victoria había sido legítima.

Desde la primera candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 el movimiento transicional se inclinaba hacia la izquierda. Pero los grandes poderes que mantienen su dominio sobre el pueblo mexicano decidieron desde entonces que ningún candidato de izquierda podía llegar a la Presidencia de la República. No estaban dispuestos a aceptar ningún cambio que significara la pérdida de sus privilegios y su poder inmenso. La alternancia en los niveles medio y bajo de gobierno son tolerables porque, a fin de cuentas, en ningún caso ha significado un cambio profundo de régimen. La opción que representaba el PRD como alternativa de izquierda se fue borrando con ese desplazamiento dramático y vergonzante hacia la derecha que ha sufrido. El PRD ha sido engullido por el sistema político que antes criticaba y al que antes pretendía transformar. De ahí su crisis interna. Un porcentaje considerable de su militancia ha presionado porque la dirigencia nacional trabaje en favor de una alianza con Morena y no con el PAN, y por ello ha estado sufriendo acoso y persecución, lo que seguramente provocará que decidan incorporarse de lleno al partido de López Obrador.
Felipe Calderón decidió sacar al Ejército a las calles para militarizar los espacios de convivencia política y social de la población mexicana. Temía que, ante la irritación social por las acusaciones de fraude que nunca pudo desvanecer, se produjera una insurrección popular en contra de su gobierno. La militarización serviría, como ha servido hasta ahora, para inhibir o de plano sofocar las expresiones de organización independiente que pudieran amenazar la estabilidad del gobierno. Ha sido una guerra que ha tenido como su principal víctima a la sociedad civil. Decenas de miles de muertos, desplazados y desaparecidos ha sido el costo que los mexicanos hemos pagado por una guerra que ha perdido todo sentido. Ninguna democracia puede florecer y arraigar en medio de un ambiente militarizado. Si Vargas Llosa fuera el joven que era en 1990 y mantuviera un criterio independiente, de analista objetivo, no dudaría en afirmar que lo que tenemos ahora en México sigue siendo una dictadura disfrazada de democracia, con el agravante de que se trata de una dictadura con las fuerzas represivas ocupando de lleno las calles.

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