Rafael Mendoza Castillo
El sujeto de la educación y la profesionalización
Lunes 24 de Julio de 2017
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Enmarco estas reflexiones con el pensamiento crítico de Paulo Freire: “La politicidad de la educación exige que el profesor se reconozca, en favor de alguien o contra alguien, en favor de algún sueño y, por lo tanto, contra cierto esquema de sociedad, cierto proyecto de sociedad”. Por eso no existe práctica educativa neutral o inocente. El técnico y el sabio son también políticos. Así, encontramos profesionistas reaccionarios que defienden el orden del capital y profesionistas que desean transformar el orden constituido del neoliberalismo. El que elige se elige.

La imaginación radical nos permite nombrar y hacer-acontecer otro mundo. En muchas ocasiones se escapa el sentido humano originario de lo histórico-social y aparecen sustitutos que son dominados y controlados por los poderes de dominación y explotación, realmente existentes.

La profesionalización debe inscribirse en la pregunta permanente, en la interrogación continua, no darla por hecho
La profesionalización debe inscribirse en la pregunta permanente, en la interrogación continua, no darla por hecho
(Foto: TAVO)

El nombre, la profesionalización, en primer lugar físico, como espacio de escritura y, en segundo término, desencuentro en las formas de pensar, de ver, de sentir y de abordar lo que está dado en lo imaginario, en lo real y lo simbólico, encierra una serie de interrogantes, de significaciones, sentidos y mitos que lo hacen digno de sospecha y de asombro. En ciencias sociales no existe la neutralidad ideológica.

Lo anterior significa que no es un nombre inocente ni neutral, desde un punto de vista ideológico y cultural. De ahí la necesidad de no clausurar el pensar, la objetividad y la acción constituyente, con la finalidad de continuar recreando el mundo histórico y provocar que éste siempre esté siendo.

El sentido originario del término profesión es “misión impuesta por Dios”. Hoy, como actividad especial permanente en la vida del sujeto, es fuente de ingresos y base de seguridad en la existencia. Como se observa, dicho contexto tiene ya una larga historia, tal que pudo transitar del imaginario religioso a lo social. En este último espacio el hombre le ha asignado otros sentidos, no siempre favorables a nosotros mismos.

De ese modo la profesión se vincula con el campo de los oficios, las funciones o las responsabilidades. De ahí la importancia de ir más allá de la profesionalización para colocar al sujeto en el siendo, en el pensar critico, en lo extraordinario y evitar la frontera del enmascaramiento de la profesión, ya que lo distancia de lo público como contenido político. Ahora, con el nuevo Modelo Educativo de Aurelio Nuño, la profesión normalista quedará inscrita en la tecnocracia (técnicos en Educación) individualista y competitiva. Esta tendencia neoliberal destruye el humanismo en la educación.

Si partimos de los anteriores fundamentos (pensamiento reflexivo y disruptivo), entonces el sujeto de la educación no se limitará a las cuestiones puramente técnicas, cuyos objetivos son delimitados por los poderes establecidos. Tampoco se encierra en la función ya que ésta lo divide socialmente al convertirlo en funcionario solamente para conservar el orden social. Desafortunadamente muchos individuos continúan, consciente o inconscientemente, practicando estos sentidos y, lo que es peor, se identifican imaginariamente al grado de la clausura y la pérdida de la memoria.

En lo general la profesionalización en el mundo del libre mercado del dinero (para los países poderosos, que no para los subdesarrollados) se considera como ajena a las fuerzas de la subjetividad humana, esto es, la imaginación radical, para sólo promover lo externo al sujeto para asignarle a éste la responsabilidad individual, el egoísmo y que predomine lo arbitrario por encima de lo colectivo, lo público. Algunos filósofos consideran que mientras la actividad no adquiera el contenido y el sentido de ser de una manera de manifestar lo profundo del ser humano como condición básica y propósito de su existencia se presenta como simple modus vivendi.

Por eso, antes de empezar por el tipo de enmascaramiento que se le asigna a los sujetos por medio de la profesión, se hace necesario el cuestionamiento de los sentidos que aquella ya tiene incorporados por los otros, por los grupos, por las clases, esto es por la misma socialización que ha caído sobre los sujetos de la educación valiéndose de una multiplicidad de identificaciones generadas al interior de las propias instituciones sociales.

Las anteriores identificaciones van desde la raza, la familia, los parientes, el clan, la tribu partidaria, la nación, la ley, los dioses, la mercancía y el Estado. Todo esto va conformando una mónada (Leibniz) o estructura psíquica, manipulada por significaciones que inducen a los sujetos al raquitismo moral, político e intelectual y los aíslan de sus verdaderas tendencias internas, y quedan aquellos atrapados en lo intereses individuales y la apropiación personal de éxito, poder y riqueza. Olvidándose de lo solidario, que implica toda relación educativa.

Es importante colocar a la profesionalización en otro lugar, otro discurso, otra experiencia, que incluya la novedad y no solamente lo que ha sido, en los hechos, en lo dado, en lo real conocido, sino en lo reconocido y lo extraordinario. O también en la parte más subversiva de nuestra memoria y conciencia histórica; hoy ésta está agotada por la diversión, el consumo globalizador y corporativo (reformas estructurales). Este proceso social anula las motivaciones internas de los sujetos y les impide transgredir lo límites impuestos por el orden social de la oligarquía financiera, comercial e industrial.

En este aspecto, la misma profesión se constituye en un límite o frontera que no va más allá de lo señalado en el plan o la misma práctica educativa, la rutina y la inmediatez, donde muchas veces la conciencia se siente feliz en su significación de apostolado o en el placer de la jubilación. Siendo acompañado lo anterior por el mismo orden social que le ofreció esa profesión o esa impostura social, para sobrevivir en el mundo, pero nunca para desviarlo de su carril equivocado.

La profesionalización debe inscribirse en la pregunta permanente, en la interrogación continua, no darla por hecho, sino como un objeto de reflexión en el campo de la temporalidad histórica para poder transgredir los interdictos o prohibiciones que se anidan en toda profesión y rescatar a ésta de sus sentidos imaginarios e ilusorios.

Colocar a la profesionalización en la necesidad de la conciencia histórica y la acción constituyente del sujeto para que éste tome distancia de los sentidos que hoy configuran el sistema mundo capitalista, ya que este último le apuesta a la pulsión de muerte y no a la pulsión de vida. Por último diremos que la educación es formación y no entrenamiento y nos oponemos a la ética reiterativa de la ganancia. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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