Martes 25 de Julio de 2017
A- A A+

Esta vez fueron los bustos de bronce de los héroes de la patria que rodeaban la Bandera monumental ubicada en la ceja de la Loma de Santa María, se robaron los bustos como se han venido robando las placas de bronce de los monumentos por toda la ciudad sin que se conozca si hay denuncias al respecto, o también les han robado la memoria y los documentos necesarios para acreditar la propiedad. No encuentran los que no buscan, no encuentran a El Manos que se lleva los bustos y las placas alusivas a hechos históricos, efemérides o nomenclaturas, tendrá que venir la Marina Armada de México, dejar sus barcos artillados para perseguir y exterminar, así como a El Ojos en la Ciudad de México, a El Manos en Morelia, porque los policías certificados, debidamente adiestrados, los de primera clase, para eso no sirven, sirven al patrón como todos los policías habidos y por haber. ¿Y las cámaras de seguridad?, ¿y el C-4?, ¿dónde están las placas de bronce?, ¿dónde los bustos de los héroes? También se han llevado un busto de la Calzada de los Poetas en el Planetario y no pasa nada, pues no hay denuncia, y si no hay denuncia pues nadie actúa legalmente con eso del debido proceso, no vayan a meter a la cárcel a algún policía que investigue el caso sin la denuncia correspondiente. Terminaremos poniendo placas de plástico que no sea reciclable porque hasta eso hay que cuidar.

No había cámaras de vigilancia ni C-4, mucho menos Policía, era un pueblo como todos los pueblos que viven su cotidianeidad en la paz y el sosiego de lo que siempre ha sido, ahí no había robos
No había cámaras de vigilancia ni C-4, mucho menos Policía, era un pueblo como todos los pueblos que viven su cotidianeidad en la paz y el sosiego de lo que siempre ha sido, ahí no había robos
(Foto: TAVO)

Ese día en aquel pueblo ubicado al fondo de una quebrada, donde el barrancón se acaba, no sonó la campana para convocar a misa primera a la feligresía, todos quedaron esperando la primera llamada, la segunda, la tercera y nada, el desconcierto fue total. Llegaron los fieles tarde a la función, todos volteaban hacia la torre del templo que estaba vacía, sin campana. El sacerdote comunicó a las cofradías presentes el suceso: “¡Se robaron la campana!”, ¡cómo!, ¡quién se había atrevido a cometer ese sacrilegio! Nadie sospechaba de nadie, mientras un pedazo de riel de la vía del tren colgada en la torre era golpeado con una barra por el sacristán sustituyendo la campana. Cada llamado era un recuerdo y un insulto para la grey. ¿Dónde está la campana?, se preguntaban todos.

Ahí no había cámaras de vigilancia ni C-4, mucho menos Policía, era un pueblo como todos los pueblos que viven su cotidianeidad en la paz y el sosiego de lo que siempre ha sido, ahí no había robos ¿Qué habrá pasado? Nadie decía nada pero el coraje crecía cada día en que el riel con su sonido opaco, sin la melodía de la campana, convocaba al templo.

Aquella noche de luna en plenilunio se escuchó a lo lejos tañer una campana, que en un repique frenético, sin descanso, tocaba a rebato. ¡Era la campana perdida! Su sonido melodioso era inconfundible. Se juntó el pueblo al llamado del riel, con hachones de ocote, con palos, machetes, piedras, escopetas, salieron rumbo al cerro de donde partía el tañer de la campana que cada vez sonaba más furiosa. Aquella multitud de paso presuroso, los del Cordón de San Francisco, los de la Vela Perpetua, los adoradores del Santísimo, las Hijas de María, los del Santo Rosario, todos iban en pos de aquel repique incesante. En la punta del cerro colgada de una fuerte rama de pino estaba colgada la campana, aquel muchacho taciturno y callado que siempre quiso tocar la campana y nunca lo dejó el sacristán estaba borracho de mezcal, azotando el badajo contra las paredes de la campana, extasiado con el sonido fino y melodioso de la campana que siempre había querido tocar.
El primer garrotazo fue seco y en la nuca, después ya no supo, cayó entre el huinumo donde lo tundieron las cofradías hasta elevar una oración por su alma extraviada y su cuerpo masacrado, ahí quedó insepulto para ver quién lo iba a recoger antes que los coyotes y los zopilotes se lo acabaran.

¿Qué pasaría si se robaran las campanas de la Catedral? Sólo esperemos que no se las roben porque ya saben que tendrán tres castigos: la madriza de la feligresía; si quedan vivos, la cárcel, y finalmente, la justicia divina. Por ahora vayan los del gobierno ciudadano a poner la denuncia, si es que encuentran las facturas que comprueben la propiedad, o al menos que pongan las cámaras a funcionar, los policías a investigar, y esperemos que los bustos de los héroes y poetas, las placas conmemorativas e informativas aparezcan o sepamos al menos quién es El Manos autor de semejante robo. ¡Lo quiero conocer!

Sobre el autor
Comentarios
Columnas recientes

El pájaro

El sol de la mañana

La catrina

Nuestra cultura

El abismo

Recuerdos a la luz de la luna

El ensueño

El castillo

¡Viva la farsa!

¡Viva la farsa!

Los espejos

A los pobres

¿Dónde estás, confianza?

El reverso del júbilo

¿Dónde está la Patria?

Auditoría forense

El Manos

La nada

El caballo de Atila

En manos de 113

Reina por una noche

Día del padre

Para que no se olvide

La manzana

Los pasos perdidos

El atole con el dedo

Foco rojo

La organización

Mayo florido

¿Cómo quieres que te quiera?

Nada ha cambiado

Las conciencias

La primavera

La ilusión

A nadie le importa

Pan y circo

El buey

Los rostros verdaderos

Los mercaderes

Las palabras

¡Viva la farsa!

Las manos temblorosas

El corral de la patria

Los mansos corderos

Las pedradas a la luna

Un abrazo amoroso

¡Viva mi desgracia!

¡Aquí nadie se raja!

La leve sonrisa

Desarrollo con justicia social

El rapazuelo triste

El cambio de Michoacán

El arca de Noé

Día de Muertos

Dialéctica social

La luna de octubre

En el desierto

¿Entierro o incineración?

Derroche de optimismo

El elefante

Los atenazados

La tetilla izquierda

Hasta el copete

Los cuervos

Las nubes

La imaginación

El último recurso

El principio y el fin

Las calenturas ajenas

Un nuevo país

¡Esta es su casa!

Nacionalismo como alternativa

La inquisición

Sin remedio

La última palabra

Bajo el palio

Los miserables

El tañer de la campana

La libertad del llano y la historia mentirosa

A 400 años, recordando a Cervantes

Los buenos deseos

El Caos

¡Soñemos muchachos!

Eternamente agradecidos

El nuevo evangelio

¿Por dónde comenzamos?

Entre el llanto y la risa

Los cascabeles

Los factores del poder

Desde el corazón

La espiga solitaria

El galope despiadado

La tierra de nadie

La catástrofe

El manantial

Carta a los Santos Reyes

Amor y odio

¡Feliz Navidad!

Los ojos cerrados

El enigma

El granito de arena

Los elegidos

El cariño y el rigor

Una canción desesperada

El disentimiento

El abrazo amoroso

La reencarnación

Ramón Méndez

La rebanada de pastel

El gallo muerto

El soñador

¡Viva la libertad!

El cuarto vacío

El primer día

A mi manera

El ocaso

La farsa

Aquí no hay quien piense distinto

La Luna de queso

¡Arriba Apatzingán!

Las fumarolas

Los “vurros”

El tesoro

El único camino

Los dioses vivientes

Compañeros nicolaitas

El día de la verdad

Nota de viaje

La vaca sin leche

Nosotros mismos

Nosotros mismos

¡Desde arriba, hasta abajo!

La locura

Los pescadores

La divina comedia

Vasco de Quiroga, ni mártir, ni héroe

La primavera

Honor a quien honor merece

El modelo deseado

Carta abierta a mi tierra

Metamorfosis

A mi manera

La movilidad social

Felices para siempre

Levantando bandera

¡Feliz Navidad!

El Titanic

La felicidad

El caballo brioso

La revolución michoacana