Ramón Guzmán Ramos
La cultura al último
Sábado 9 de Abril de 2016
A- A A+

Nadie se acuerda ya del Programa México, Cultura para la Armonía, que en enero de 2014 fue puesto en marcha por el gobierno de Enrique Peña Nieto con el propósito de rehacer el tejido social, tan dañado por la violencia extrema. El entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) se hizo cargo de dirigir el proyecto y coordinar su extensión a las 32 entidades del país, especialmente a las zonas geográficas más castigadas por esa guerra terrible que desató en su momento el ex presidente Felipe Calderón. Lo que planteaba la iniciativa era que la cultura tenía también la función de recuperar y reconstruir elementos que son fundamentales para la convivencia pacífica, la identidad histórica y el retorno de la confianza colectiva. La cultura podía convertirse en un movimiento a escala nacional para tocar la conciencia y el corazón de la sociedad mexicana y lograr que el daño y el dolor que sufrían las víctimas y sus seres queridos tuvieran un tratamiento dirigido al fortalecimiento del espíritu humano.

Durante un tiempo breve se realizaron diversas acciones de carácter artístico y cultural en varias latitudes del país. En Michoacán, por cierto, se anunció en su momento una gran inversión de 70 millones de pesos para la construcción de lo que se conocería como Centro Cultural La Rosa de los Vientos, ubicado en Apatzingán, proyecto que, como muchos otros del mismo programa, simplemente se frustró. El entonces presidente del Conaculta, Rafael Tovar y de Teresa, titular de la ahora flamante Secretaría de Cultura federal, sólo dio un informe de las inversiones y los resultados del programa. De pronto nada se volvió a mencionar de las acciones que hacían falta ni de los recursos millonarios que quedaron pendientes de ser aplicados. Hay que decir que Cultura para la Armonía era un programa que llenaba un hueco importante en el proceso de sanación de la gran herida nacional que había abierto la guerra. En efecto, las armas más efectivas para superar cualquier conflicto violento no pueden sino ser el conocimiento y la reconstrucción de eso que han dado en llamar el tejido social a través del arte y la cultura.

No deja de ser lamentable comprobar una y otra vez que para los gobiernos la cultura se convierte en un rubro de última importancia. A nadie extraña que la cultura aparezca como mero relleno en los programas de gobierno. Esto hace, a su vez, que los legisladores le destinen recursos tan magros que ya ni siquiera alcanzan para cubrir los gastos más elementales de las instituciones culturales, como la nómina de los trabajadores y los espacios que se rentan. Es el caso, por cierto, de lo que ocurre en Michoacán. El propio Salvador Ginori Lozano, titular de la Secum, ha tenido que llamar la atención sobre lo que él mismo ha calificado como “insuficiencia presupuestal”. Este tipo de mal, que nosotros llamaríamos –siguiendo el hilo conceptual– “problema de salud cultural”, impide que la institución funcione como se requiere y se demanda: con programas y acciones que se conviertan en un elemento sustantivo en el desarrollo armónico y pacífico del organismo social. No tiene caso entrar aquí, de nueva cuenta, a una discusión bizantina para tratar de convencer a quienes hacen y deshacen las leyes y deciden el destino de los dineros públicos sobre la importancia que tiene la cultura en la formación humana y en la construcción de las identidades fundamentales.

El caso es que le han asignado a la Secum un presupuesto que no le permite funcionar ni siquiera en su movimiento interno. ¿Qué hará entonces para abrirse a la sociedad y llevar a todos los espacios las muestras y expresiones del arte y la cultura que elevan el espíritu humano y lo colocan por encima de la barbarie y la ignorancia? Estamos, como se ve, ante un reto de gran envergadura para el desarrollo de la sociedad. De esta magnitud es la importancia que tiene por sí misma la cultura y lo que constituyen sus expresiones más elaboradas: el arte. Que el secretario de Cultura tenga que salir a dar explicaciones sobre las medidas urgentes que debe tomar para evitar la quiebra total debería mover a reflexión. Que tenga que cerrar espacios por falta de dinero para cubrir las rentas y que esté considerando dejar sin su trabajo a por lo menos 100 trabajadores eventuales, a quienes, por cierto, se les adeudan tres meses de salario, y que de la misma manera la institución mantenga adeudos considerables con proveedores, no puede sino causar preocupación. Si el gobierno del estado sostiene que no cejará en el propósito de lograr un clima de tranquilidad para todos los michoacanos, no se entiende entonces que se desentienda de la cultura.

Desde luego que no sólo de recursos suficientes puede vivir y funcionar con excelencia la Secum. Debe abrirse en serio a la sociedad. No se trata nada más de llevar algunas acciones y darle cierta atención a los espacios que se tienen, de otorgar ciertos apoyos que nunca son suficientes, de aplicar los programas que ya están etiquetados. Lo que se necesita es que la institución entre en contacto con toda la comunidad artística y cultural del estado: escritores y poetas, dramaturgos y grupos de teatro, de danza, de música, pintores, escultores, promotores culturales, instituciones educativas, expresiones comunitarias organizadas en pro de su identidad histórica, etcétera. Las casas de la Cultura de los municipios podrían ser ese espacio de enlace que se requiere para construir entre todos esa estructura horizontal que sirva para organizar el esfuerzo común.

Hay que reconocer que en este nivel se presentan problemas serios. La gran mayoría de creadores artísticos y promotores de la cultura se mantienen atrincherados en su propia autonomía. Y hay que agregar que tienen razón. La continuidad de su trabajo y la trascendencia de su obra dependen en gran medida de que haya autenticidad en lo que piensan y hacen. No siempre las relaciones con el Estado han sido benéficas para quienes desde su propio esfuerzo y desde la base misma de la sociedad se empeñan en mantener vivo y rebosante el espíritu humano. Lo primero que tendría que hacer el Estado sería respetar esa autonomía y no condicionar absolutamente nada. Si hay una zona en que la libertad se puede ejercer a plenitud y con jovialidad, es la del arte. Lo primero que habría que hacer sería desvanecer todos esos prejuicios. Pero como las obras hablan mucho mejor que los discursos, entonces habría que abrir espacios de encuentro para diseñar planes y proyectos y echarlos a andar de manera conjunta. Creadores y promotores hacen por su cuenta una labor que mantiene a la sociedad asida de lo más esencial del ser humano.

Evitan con su trabajo que acabe de caer en esa zona pantanosa y turbia, extremadamente violenta, de la barbarie y la desesperanza. Si hay una visión sincera de lo que es el trabajo cultural de parte de la institución, entonces un intento así vale la pena.

Enrique Peña Nieto, presidente de la República.
Enrique Peña Nieto, presidente de la República.
(Foto: Archivo)

Sobre el autor
Comentarios
Columnas recientes

El timing de Jorge G. Castañeda

La estrategia

Ética y política

La disputa por el SNTE

La perversión del lenguaje

Ya sabes quién

El fantasma de Nochixtlán

Movilización y represión

Trilogía herética

Pesimismo revolucionario

Cuestionamientos de fin de año

Independentistas

La naturaleza del poder

Marichuy

La revolución en su laberinto

La toma del cielo por asalto

Una dictadura disfrazada

En defensa propia

Normalistas

Por la candidatura presidencial

Una utopía menor

La hora de Comala

El segundo más violento

Conflicto en Bachilleres

Arantepacua en el corazón de Bachilleres

Opacidad

Ingenuidad

Bono de fin de año

Frente amplio electoral

El socialismo irreal

País en vilo

Del pasmo a la resistencia

CNTE: Un balance necesario

Ícaro y el arrebato del vuelo

Y retiemble en sus centros la Tierra

Gobernabilidad cuestionada

El hombre como un ser erróneo

Adolescentes embarazadas

Rechazados

La necia realidad

¿Cuántas veces última?

La vuelta a clases

El enfoque crítico en educación

El Diablo no anda en burro

La imaginación y la subversión de la realidad

Entre la incompetencia y la demagogia

Educación para la vida

Las trampas del diálogo

Diálogo

El profesor Filemón Solache Jiménez

La mujer es la esclava del mundo

Culpables, aunque demuestren lo contrario

Razón de Estado y Estado sin razón

La amenaza y la represión como oferta de diálogo

Albert Camus y el mito de Sísifo

Albert Camus y el mito de Sísifo

El oficio de escribir y la emergencia de la realidad

Los brazos de Sísifo

Ayotzinapa: Tiempo funeral

La cultura al último

Estado de excepción

Cherán y su rechazo al Mando Único

Sección XVIII: El congreso inconcluso

C e s a d o s

Reminiscencias

Sección XVIII de la CNTE: El poder que desgasta

El amor en la boca del silencio

El amor en la boca del silencio

Francisco superstar

Partir de cero y quedarse allí

Comisionados sindicales

Cómo distraer a un país

Que paguen los que siempre pagan

El debate por la cultura

Democracia sin oposiciones

Normalistas de Michoacán: Las otras tortugas

Colectivos pedagógicos

Evaluación con policías y leyes a conveniencia

La violencia nuestra de todos los días

La suerte de Renata

La piedra de Sísifo

Contra la imposición

Ícaro y el arrebato del vuelo

La culpa la tiene el pueblo

El fin de las utopías

Congreso Estatal Popular de Educación y Cultura

La era de Pandora

El otro debate

La estrategia del endurecimiento

Yo soy 132

Evaluar para sancionar

Célestin Freinet

En busca de Jorge Cuesta

Iniciación a la lectura

Cherán y su relación con los partidos

Deslinde

Encuentros

Una vida

Después de la oscuridad