Rafael Mendoza Castillo
La intimidad de lo educativo
Lunes 7 de Agosto de 2017
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Inicio estas reflexiones con el pensamiento de Albert Camus: “Más vale equivocarse sin cometer un asesinato que tener la razón sobre un motón de cadáveres”. Al explicar la especificidad de lo social, la sociología está en condiciones de interrogar lo educativo como un fenómeno importante de la relación social humana. Es en ese marco de lo educativo donde también se juegan los proyectos de los sujetos sociales.

Al seleccionar elementos de la cultura lo hacemos para diferenciar aquellos aspectos nuevos que últimamente (desde la tecnología hasta la informática) han venido convirtiendo lo social no en un acto comunicativo entre seres sociales, sino entre espectadores de los procesos.

Albert Camus, novelista, ensayista, dramaturgo, filósofo y periodista
Albert Camus, novelista, ensayista, dramaturgo, filósofo y periodista
(Foto: Especial)

Actualmente el lazo social está sufriendo modificaciones en nombre de fines técnicos que pretenden anular la especificidad de lo humano. Recordemos que esa especificidad anteriormente permitía a los miembros de una comunidad el intercambio simbólico con su pasado común, con el presente y la construcción del futuro.

El sujeto se presenta contemporáneamente aislado, fácil presa de las ficciones propuestas y legitimadas por los medios electrónicos. Ese impacto lo está sufriendo el acto educativo en el sentido de un congelamiento en su comunicación interna para sólo convertirse en un espacio más del espectáculo cultural. Los actores, otrora interrogadores, se presentan hoy como meros fantasmas legitimados por los grandes autómatas de los centros de las tecnologías de punta. Lo que la sociedad ha ganado en transparencia lo ha perdido la educación en intimidad.

La desterritorialización de la intimidad del acto educativo ha hecho que se pierda en el individuo en formación el respaldo comunicativo de una práctica cultural y narrativa comúnmente compartida. Al suceder lo anterior hace su aparición, por el lado de la ficción, un conjunto de imágenes, de significantes que actúan y sienten, en lugar de los sujetos sociales de la educación.

Hoy en día, ¿qué tanto lo educativo, en su camino hacia la mansedumbre y clausura de su conflicto entre lo deseable y lo real como ficción, como imagen que resulta producto de los medios de comunicación, puede volver a constituirse en lazo social recuperador del acto dialógico de la comunicación, que lo concierta nuevamente en un evento que incida en la direccionalidad de lo social?

Las últimas transformaciones de los medios electrónicos están planteando una revisión de la forma en que las ópticas sociales están intentando explicitar y clarificar el conjunto de elementos que intervienen en el hecho educativo. Estas nuevas reflexiones sobre la forma en que hoy en día lo social se instituye como lo transparente absoluto implica cuestionar, preguntar sobre las modalidades en que la realidad educativa aparece como resultado imaginario de instancias más allá de dicho campo.

Puede suceder que con la involucración de los avances tecnológicos e informáticos, el seno de los procesos educativos institucionalizados, los conduzcan a una desnudez absoluta para enfriar su relación interna. ¿No estaremos haciendo de las prácticas educativas meras burbujas asépticas, que no tienen nada que ver con la realidad social en la que habíamos apostado a la certeza?

Es imposible que al final del milenio asistamos al encuentro de una “nueva verdad”, de un “nuevo saber” que se construye desde el lugar donde están los grandes centros de telecomunicaciones y donde los sujetos y sus escenarios tradicionales se transforman en procesos refractarios de las decisiones acompañadas de ficciones, que nada tienen que ver con el antiguo concepto de lo social y lo real.

Hay una serie de preguntas desde las distintas ópticas que están interrogando la relación en que los hombres se habían acostumbrado a comunicarse con su mundo de vida, con el de la naturaleza. Ante los nuevos fenómenos de imágenes, de signos, en las que aquellas más reales que la propia realidad, mismas que a veces asumen el papel principal que otrora correspondía al sujeto seguro de la modernidad.

Aquel sujeto que a partir de la certeza de su “yo pienso” pudo garantizar una manera de ver y de intercambiar con el mundo en los signos anteriores, como considera Fernando Savater: “Las imágenes son luego más aptas para comunicar acciones o desbordamientos pasionales que razonamientos”. Relación que al menos aseguró la adecuación de la verdad al mundo de los objetos y de los propios hombres, que se movió alrededor de un “yo” como garante de dominio sobre lo real y lo espiritual. Es quizá esta lógica de sentido la que ha conducido, de manera acelerada, a una mayor destructividad humana. Por el simple hecho de que llegó a equiparar el sentido de la objetividad con el sentido de la subjetividad.

La lógica mencionada, en aras de la eficacia y la productividad, fue vaciando a los hombres de sus intimidades. En búsqueda de la verdad absoluta, de la verdad toda, llega a ocultar diferencias cualitativas, de pasiones, de sensibilidades artísticas que tienen los individuos y los sujetos sociales, para sólo quedarse con esa parte de los intereses instrumentales cosificadores de lo social y lo individual. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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