Ramón Guzmán Ramos
La democracia presidencial
Sábado 12 de Agosto de 2017
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Los trabajos que se han realizado en las cinco mesas temáticas y que concluirán hoy sábado en la plenaria de la XXII Asamblea Nacional del PRI son la confirmación del modo como el presidente de la República en turno ejerce un poder incuestionable sobre su propio partido. Que los delegados priistas se hayan reunido en cinco ciudades del país a discutir y resolver sobre propuestas relacionadas con los temas de visión de futuro, rendición de cuentas, declaración de principios, programa de acción y estatutos, no ha sido sino una nueva puesta en escena de lo que podríamos llamar “la democracia presidencial”. Detrás del escenario hay una voluntad poderosa, omnímoda, que de antemano ha escrito el guion y dirige con precisión de cirujano, desde algún rincón secreto de Los Pinos, los movimientos de los actores. El objetivo central era cambiar las líneas de los estatutos para que algunos miembros señalados del gabinete como José Antonio Meade Kuribreña, secretario de Hacienda, así como Aurelio Nuño Mayer, secretario de Educación Pública, pudieran entrar al juego de la candidatura por la Presidencia de la República. Y fue exactamente lo que sucedió.

La verdadera estrategia es cerrarle el paso a Andrés Manuel López Obrador.
La verdadera estrategia es cerrarle el paso a Andrés Manuel López Obrador.
(Foto: Cuartoscuro)

Los priistas nunca han probado lo que es la democracia en sus espacios internos de decisión. Eso explica que tampoco se hayan propuesto construir un modelo de auténtica democracia para el país. Los gobiernos que han emanado de este partido se han caracterizado invariablemente por asumir rasgos de una velada o abierta conducta autoritaria. El PRI ha sido desde siempre un aparato electoral para que la voluntad del presidente o de los gobiernos de los otros niveles se cumpla. Con el PRI en el poder las elecciones se han sometido también a esta voluntad inapelable. Hay que decir que durante los sexenios de la llamada “alternancia democrática”, con Vicente Fox y Felipe Calderón en el gobierno por parte del PAN, este mecanismo no desapareció.

Fox se aseguró de que Calderón lo sucediera en el cargo y Calderón aceptó regresarle el poder al PRI. No ha sido la voluntad del pueblo lo que ha decidido la conformación de los gobiernos, ni mucho menos los programas que una vez en el poder aplican. El ejemplo del PRI y su relación con el gobierno ha sido tan fuerte que hasta otros partidos han tratado de copiarlo.

Esta XXII Asamblea Nacional del PRI ha tenido dedicatoria y un destinatario específico. Los comentaristas sesudos que vemos en la televisión o escuchamos en la radio le apuestan a uno de los dos secretarios aludidos. Lo más probable es que sea Meade, dicen, ya que él viene de la administración de Felipe Calderón, donde fungió como secretario de Energía, y no es militante del PRI, pero es uno de los favoritos de EPN. Su pasado no priista le estorbaba para ser el candidato, de manera que su amigo el presidente decidió borrar el impedimento de un plumazo. Otros no descartan a Aurelio Nuño, quien fue jefe de la Oficina de la Presidencia de la República y actualmente es el titular de la SEP, favorito también de EPN entre cuyos méritos está el de haber impuesto a sangre y fuego la llamada Reforma Educativa. Su antigüedad de más de diez años como miembro del PRI está en cuestión, de manera que a él también se le ha despejado el camino. Es como si en el escenario las luces se apagaran de pronto y sólo quedara un reflector para alumbrar estas dos figuras. El problema, quitándonos de metáforas políticas y eufemismos, es que toda esa parte del escenario que se encuentra a oscuras es nada menos que el país, con su drama de todos los días, con su tragedia interminable. La cuestión, en todo caso, no es tanto cuál de los dos será al final el ungido, sino el hecho alarmante de que con el PRI en el poder no hay más alternativa que la continuidad, es decir, lo mismo que nos han hecho probar. Ellos mismos lo han confirmado: de lo que se trata es de proteger las reformas estructurales y consolidarlas como los pilares del sistema político y económico que nos han impuesto.

Entretanto, del lado opuesto del escenario priista, otro ejemplo de democracia cupular se encuentra en proceso. Las cúpulas del PAN y el PRD mantienen su postura de crear un frente amplio opositor para las elecciones presidenciales de 2018. El objetivo central es sacar al PRI de Los Pinos, afirman. Una pregunta pertinente sería para qué. Es como una reedición del 2000. Era exactamente lo que planteaba Vicente Fox en aquella contienda. Tras varias décadas de sufrir una dictadura de partido, el país anhelaba transitar a una época de democracia auténtica. La condición sine qua non para que algo así fuera posible era, en efecto, derrotar al PRI en las urnas. Fue cuando se convocó al voto útil. No importaba que la gente no perteneciera al PAN, incluso que no estuviera convencida de la propuesta de Fox; de lo que se trataba era de arrojar al PRI al rincón más oscuro de la historia. Casi nadie preguntó qué pasaría después de lograr que el PRI desocupara Los Pinos, de qué manera se garantizaría el cambio de fondo que la sociedad demandaba. Lo que sucedió, como ya sabemos, fue que Fox arruinó la oportunidad de cambiar la realidad de oprobio que prevalecía. El siguiente presidente del PAN, Felipe Calderón, metió al país en esta guerra sangrienta de la que no hemos salido. De manera que no basta con plantearse un objetivo como el que se enarboló en el 2000. El PAN tuvo entonces su oportunidad y lo único que supo demostrar es que tiene una buena cualidad para el desastre. ¿Por qué ahora sería diferente?, ¿por qué el PRD piensa que con este aliado el país podría salir por fin de la fosa abierta en que se encuentra? De ganar la Presidencia de la República, este frente opositor no haría sino aplicar una modalidad muy propia de la continuidad con la que el PRI se ha comprometido desde ahora.

La verdadera estrategia es otra. Resulta tan evidente que empieza a salir a flote. De lo que se trata en el fondo es de cerrarle el paso a Andrés Manuel López Obrador. En este objetivo se encuentran otros actores políticos que, aunque no se hayan pronunciado por el frente opositor, han decidido entrar a la contienda para tratar de dividir fuerzas y restarle votos al aspirante de Morena. Lo que requiere el país, en efecto, es que se abra un nuevo camino para transitar hacia un nuevo modelo de organización y de participación ciudadana. No es suficiente con derrotar al PRI en las urnas. Tampoco una alianza entre un partido de derecha y otro que ha renegado de su pasado de izquierda es la alternativa. La alternativa que hace falta es la de una propuesta y un frente de izquierda, que le dé contenido social a su programa y garantice la participación de todos los sectores de la sociedad en los distintos espacios de decisión. Tampoco AMLO por sí solo garantizaría una cosa sí. Tendría que abrirse a la conformación de un frente de izquierda mayor con otras organizaciones no sólo políticas, sino, sobre todo, sociales.