Jerjes Aguirre Avellaneda
La globalización en crisis
Jueves 17 de Agosto de 2017

(Segundo de cinco temas)

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La globalización, que une a las partes con el todo e interrelaciona el conjunto de fenómenos económicos, comerciales, financieros, sociales, políticos, científicos y tecnológicos en escala planetaria, es un hecho histórico irreversible, que sin embargo, por su propia dinámica, está sujeta a cambios fundamentales, tanto en su forma como en sus respectivos contenidos.

En cada momento del proceso, la globalización se expandió y se profundizo, pasando de territorios coloniales de materias primas a la apertura de nuevos mercados para la industria, seguida de mercados de deuda y capitales, hasta que el mercado se hizo global, estableciendo nuevas relaciones de producción y distribución de bienes y oportunidades, así como nuevas formas de poder en el mundo. David Harold y Anthony Me Grew, dos teóricos destacados del fenómeno, escribieron que “por globalización se entiende la escala en expansión en que se organiza y ejerce el poder en el mundo”.

México prepara sus elecciones para 2018, en tanto constituyen una excelente oportunidad para decidir sus propias correcciones, replanteándose las prioridades de lo nacional sobre el mercado global, como lo hacen otros, en la búsqueda de ser ellos mismos.
México prepara sus elecciones para 2018, en tanto constituyen una excelente oportunidad para decidir sus propias correcciones, replanteándose las prioridades de lo nacional sobre el mercado global, como lo hacen otros, en la búsqueda de ser ellos mismos.
(Foto: TAVO)

Por su parte, México se integró al mundo globalizado en la escala y forma de cada momento histórico. Como colonia española, como país políticamente independiente de todo poder directo internacional, como país revolucionario que reclamaba un mundo para los trabajadores, hasta su incorporación en el sistema global que absolutiza la capacidad de los individuos, como rectores y guías hacia “un mundo feliz”, a la vez que otorga a las reglas de la competencia y la avaricia del mercado, la validez de normas casi divinas.

En su propio contenido general, la globalización del mercado ha significado la globalización de la desigualdad entre continentes, países y hacia el interior de cada sociedad. Esta forma de organización produce y reproduce la exclusión y la pobreza en un movimiento que no parece tener fin. La globalización contiene oportunidades para pocos, junto con viejos y nuevos problemas igualmente globales, cuyas soluciones adquieren inevitablemente esta misma dimensión. El problema del bienestar y las oportunidades, la sucesión progresiva de las generaciones, la migración y aún los problemas cotidianos del narcotráfico, la inseguridad y la violencia, exigen necesariamente enfoques y respuestas globales en un marco conceptual que otorgue sentidos diferentes a la historia humana.

La globalización implicó que las estructuras productivas y económicas de los países tuvieran como punto de partida la división internacional del trabajo y las “ventajas comparativas” de cada país para incorporarse a la red mundial de comercio, con descuido total de las necesidades de su propia población. Por este camino sucumbieron tanto independencia como soberanía con el interés de fundar “sociedades abiertas” en lugar de “sociedades cerradas” en su potencial de crecimiento y desarrollo. La globalización se proponía crear una sociedad planetaria por encima de naciones y nacionalismos, oponiendo a la diversidad de naciones la unidad mundial, bajo el mando de unos cuantos súper ricos, corporaciones empresariales e instituciones creadas a modo.

No obstante, contra lo que se esperaba, las supuestas coincidencias en las finalidades de la interdependencia global para producir e intercambiar mercancías sin incluir la libre circulación de trabajadores que son parte del problema entre unos países y otros, ha comenzado a mostrar tendencias imprevistas, debilidades del mundo del presente, como problemas que eligen solución en los grandes cambios, a pesar de las resistencias de los centros de poder mundial, en especial los financieros, insistiendo en que las dificultades actuales tienen carácter coyuntural y que el sistema en su conjunto permanece sin fisuras, funcionando conforme a las expectativas de prosperidad mundial y oportunidades compartidas en todas las escalas.

La realidad es otra. Los ejemplos de crisis con evidentes, como ocurre en uno de los eslabones fundamentales de la globalización, como lo es la Comunidad Económica Europea, donde la Gran Bretaña decide excluirse al dejar de coincidir sus intereses soberanos, con los intereses del conjunto y en particular con los intereses de Francia y Alemania. Las hegemonías europeas no se han cancelado, sino que persisten profundizando sus contradicciones.

Antes había sido Grecia, también España, Italia y Portugal, que mantienen dudas sobre la ventaja que para ellos representa la supuesta comunidad de intereses en Europa. Aparte están las actitudes discriminatorias para los países de Europa del Este, que antes eran parte de lo que se llamaba el Campo Socialista. Enfrente esta África con su miseria, sus migrantes, sus ahogados en el Mediterráneo o los negros que piden limosna en las calles de las ciudades del Viejo Continente.

De este lado del Atlántico, en el otro eslabón del gran mercado, Donald Trump, presidente de Estados Unidos, inició con dureza el abandono de los principios y prácticas en los que se sustenta la globalización al plantear categóricamente que primero y sobre todo lo demás están los intereses absolutos de Estados Unidos. Ha insistido en su propósito de evitar que el mundo “se aproveche y saque ventaja de los Estados Unidos”. Su pretensión consiste en que el mundo sea el que sirva a los Estados Unidos y no al revés, según su tradición y costumbre.

La política de Trump exalta el racismo y la discriminación con aliados y adversarios en un proceso que coloca a los Estados Unidos contra el mundo, en lugar de comprometerse con objetivos globales. Con todo ello resulta evidente que la debilidad norteamericana cambia la correlación de fuerzas políticas en el mundo en favor de los pueblos colocados en la retaguardia de la mundialización.

En su relación con México, las medidas anti-inmigrantes, la construcción de un muro que separe los dos países y sus pueblos, la revisión del Tratado de Libre Comercio, las presiones para que las empresas norteamericanas dejen de invertir en México, así como los adjetivos ofensivos utilizados al referirse a los mexicanos y mexicanas, permiten recordar aquella sentencia de que “pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”.

En todos los ámbitos de la realidad del mundo, tratándose de la vida individual y colectiva, de las familias, los grandes grupos sociales, de los países, en la vida cotidiana, de cuanto se hace, se piensa y se siente, de los peligros e inseguridades, en todo, la globalización nunca ha sido el punto terminal de la historia. Por el contrario, su crisis anuncia la inevitabilidad para construir un mundo diferente antes de que sea demasiado tarde.

En este contexto, México prepara sus elecciones para 2018, en tanto constituyen una excelente oportunidad para decidir sus propias correcciones, replanteándose las prioridades de lo nacional sobre el mercado global, como lo hacen otros, en la búsqueda de ser ellos mismos.

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