Ramón Guzmán Ramos
El origen de todas las cosas
Sábado 19 de Agosto de 2017
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Aspectos de las festividades del Fuego Nuevo Purépecha.
Aspectos de las festividades del Fuego Nuevo Purépecha.
(Foto: Cambio de Michoacán)

En el principio era el vacío, la oscuridad total. No había sonido alguno, ni movimiento; era la nada en el horizonte visual del cosmos. Todo era un círculo inmenso, de principio a fin, dentro del cual otros círculos infinitamente pequeños se agitaban en medio de las tinieblas. De pronto, del fondo insondable de la oscuridad, surgió un pequeño rayo de luz que fue creciendo paulatinamente hasta formar una gran bola de fuego.

Del centro de este fuego emergió K’urhikaueri, “el dador del fuego”, quien con su gran fuerza acabó por vencer a la oscuridad. Del choque que se produjo entre el fuego y la oscuridad surgieron cuatro grandes rayos de luz, los cuales se proyectaron hacia cuatro puntos diferentes, terminando en una estrella cada uno. Serían los cuatro puntos cardinales.

A partir de ese momento K’urhikaueri empezó a trabajar intensamente. Con sus grandes manos impregnadas de lumbre moldeó una esfera a la que dotó de rayos de luz, la colocó en el centro del espacio y le dio la misión de iluminar el universo. Le puso por nombre Tata Jurhiata, “Señor Sol”. Al poco tiempo, K’urhikaueri notó que la luz de Tata Jurhiata era constante, monótona. Pensó entonces en darle una esposa que le ayudara a alumbrar el universo. Formó así a Nana Kutsi, “Señora Luna”.

Se dio cuenta de que en sus manos quedaban pocos rayos de luz, muy débiles, y para compensarlo ordenó a Jurhiata que alumbrara media parte del tiempo, y Kutsi la otra, y que lo hicieran de manera alternada, dando así nacimiento al día y la noche. Jurhiata y Kutsi se encontraban una vez en el día y una vez en la noche. Fue así como nacieron los eclipses de Sol y de Luna.

De esta unión nació K’uerajpiri, a quien sus creadores, Kutsi y Jurhiata, cuidaron alternadamente esforzándose por que nada le faltara. Al paso del tiempo, fue creciendo y se convirtió en una bella doncella, la cual fue descubierta por K’urhikaueri, quien se enamoró de ella y comenzó a cortejarla. Cuando logró su consentimiento, le mandó cuatro rayos, que se le posaron en la frente, en el vientre, en la mano derecha y en la mano izquierda. La doncella se convirtió entonces en Nana K’uerajpiri, “la madre creadora”, que en medio de una furiosa tempestad dio a luz a todas las cosas naturales del mundo: la tierra, los montes, los ríos, los lagos, los árboles, las flores.

En el siguiente parto nacieron los hombres y las mujeres, a quienes se les dotó del saber, de manera que pudieran distinguir las cosas buenas de las malas. Se les dio el sonido y el habla para que se comunicaran entre sí. Pero como suele ocurrir en todos los principios, los hombres y las mujeres no sabían bien a bien cómo usar estos dones, de manera que tuvo que pasar mucho tiempo para que lo aprendieran.

Como toda buena madre, Nana K’uerajpiri se preocupó por sus hijos, ya que éstos andaban errantes, no sabían medir el tiempo, no construían nada y peleaban entre sí. Decidió entonces invocar a K’urhikaueri y pedirle una gracia para sus hijos. El gran dios se presentó en medio de una gran tormenta, acompañado de truenos y rayos. Cuando hubo escuchado a K’uerajpiri, le concedió parte de lo que le pedía: le entregó una caja de madera tallada, adornada y pintada de una manera bella, especial. Le dijo que adentro estaban todas las cosas hermosas que el hombre podía apreciar; estaban también todos los oficios que el ser humano podía aprender; que estaban las líneas y los límites con que los hombres podían aprender a organizar y medir su tiempo, de manera que pudieran distribuir adecuadamente sus actividades. Pero dentro de la caja sagrada se hallaban también los castigos, las maldades y la negrura del sufrimiento eterno, y que debían tener mucho cuidado al usarla, además de la fuerza de voluntad y sabiduría para distribuir equitativamente oficios y beneficios.

Al quedar sola, K’uerajpiri decidió empezar a otorgar los bienes a la tierra; tocó cada una de las esquinas de la caja y de ellas brotaron rayos de luz con dones y características especiales. Así nacieron la primavera, el verano, luego el otoño y finalmente el invierno.

Después entregó a los seres humanos el don con el cual formaron asentamientos, descubrieron la manera de sembrar, de construir, de transmitir y mejorar poco a poco sus conocimientos. Algunos se instalaron en el lado oeste del Lago de Pátzcuaro y se desarrollaron rápidamente; iniciaron pequeñas construcciones que consistían en amontonamientos de piedras que rodeaban una construcción mayor.

Por esa época llegó otro grupo, procedente de Tsakapu, a quienes guiaba Ireti-Tikatame. Éstos se establecieron en la orilla contraria, fundaron Uayameo y permanecieron allí un tiempo; luego siguieron hacia el poniente bordeando las orillas. Este grupo se detuvo frente a la isla de Xarakuaro, donde hicieron contacto con el grupo que ya estaba allí. Al encontrarse los dos grupos pudieron entenderse lingüísticamente como si fueran de la misma familia. Los recién llegados realizaron una alianza matrimonial. Paukume, hermano menor de Uapeni, se unió con la hija de Karikarapacha. De esta unión nació Tariácuri, llamado así porque nació con el “soplo divino” de los dioses. Él sería el fundador del gran imperio p’urhepecha.