Rafael Mendoza Castillo
Investigación educativa, poder y cultura
Lunes 21 de Agosto de 2017
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Inicio estas reflexiones con el pensamiento de Lao Tse: “La arcilla se trabaja en forma de vasos, y en el vacío reside la utilidad de ellos”. Para algunos pensadores hubo un momento, en el trayecto accidentado, fisurado del saber pedagógico; por sus propias insuficiencias epistémicas de éste, en que hace su entrada la investigación en el campo de lo educativo.

Lao Tse, considerado como uno de los filósofos más importantes de China
Lao Tse, considerado como uno de los filósofos más importantes de China
(Foto: Especial)

Para algunos pensadores la pedagogía había caído en el exceso de un discurso ideologizado, legitimador de las prácticas educativas y de los discursos del poder estatal. De ahí surge la necesidad de la investigación educativa para que ésta, desde sus supuestos, sus visiones, sus saberes, sus creencias, introdujera al campo de lo educativo interrogantes y sospechas que fortalecieran la apertura crítica que lograra trascender las formas osificadas del saber-información que el discurso pedagógico había acumulado en su devenir histórico.

La investigación educativa es otro camino de acceso al cuestionamiento, prejuicioso, verificativo, cualitativo, romántico, seductor y, también, de asombro crítico de los hechos educativos. En ese horizonte de delimitación aparece, entonces, la reflexión investigativa instalada en esta “época” y no en otra. Aunque considerando elementos de la tradición histórica para bien o para mal o la conjugación de ambos. Por eso el mundo en que vivimos es gozoso y sufriente. Apolo y Dionisio jugando, sufriendo y riéndose al mismo tiempo.

Si una “época” se caracteriza por la presencia de grandes eventos históricos, políticos, culturales, etcétera (Julio César cruzó el Rubicón, la caída del socialismo real, el auge del neoliberalismo). Hoy podemos decir que nuestra “época” se resignifica por el predominio hegemónico del paradigma neoliberal, impuesto, en forma autoritaria, por la oligarquía gobernante a la sociedad civil mexicana.

Dicho paradigma privilegia y acentúa la velocidad extrema de la locomotora económica capitalista, cuyos pasajeros son exclusivamente los más ricos, los más pobres reducidos a meros espectadores de la acumulación del capitalismo corporativo y depredador. Ese comportamiento político de la clase política en el poder clausura el deseo, las pasiones y los proyectos democráticos de la sociedad civil.

Así, la investigación educativa, con este objetivo, con otros o con ninguno, constituye un hacer que se orienta en la perspectiva del repensar, más que en el de conocer; para que podamos presenciar las acciones de la sociedad civil y que ésta asuma un papel protagónico ante la toma de decisiones sobre lo que es virtual, posible en lo real y nunca conocer constatar lo que está.

Tener presente que la investigación educativa se orienta, desde los supuestos culturales de las actuales élites políticas gobernantes y sus valores. Pretendiendo silenciar al pensamiento crítico de aquellos que no quieren escuchar la voz del rebaño y que desean ser ciudadanos en pleno ejercicio de sus derechos. Lo grave no es que suceda lo anterior, sino que la investigación educativa se le niegue, desde el poder estatal, su importancia, sobre todo en los espacios educativos públicos.

No cabe la menor duda de que muchas ideas sobre la investigación educativa han sido importadas de otras latitudes (vivimos en la aldea global). El problema no es importar o exportar las ideas, lo grave es que lo importado obstaculice y frene el desarrollo vigoroso de la sociedad civil, tal que ésta pueda constituirse en un límite al ejercicio absoluto, desmedido del poder gubernamental prianista.

Ninguna investigación educativa es un acto avalorativo, neutral, sino que se nutre de un campo propio de saberes, visiones, de disciplinarse, que la orientan a ver, leer, sospechar, verificar, conservar, cambiar o interrogar las creencias de nuestra “época”.

Si la investigación educativa consume, hoy, en su práctica, las creencias y certezas del paradigma neoliberal se orientará a la legitimación y verificación de recortes en las empresas y en la racionalidad técnica. Dejando de lado todo aquello que esté en el campo de las ciencias sociales y las humanidades.

De esta forma la investigación educativa enfrenta el reto, en un primer momento, de quiebre de los límites formales de cualquier sistema o paradigma conceptual, que puede obedecer a una lógica propia de adecuar la teoría a un momento de la sociedad (neoliberalismo) o también a la lógica de la adecuación de la teoría al momento definido del propio conocimiento, aunque aprendiendo de las posibilidades de éste para superar (o no) determinados criterios de demarcación de lo que se entiende por “científico” para llegar a reconocer nuevas realidades por medio de la percepción de anomalías respecto de lo aceptado como válido.

En este aspecto llevamos la investigación educativa más allá de los parámetros o baremos para que advenga a un campo abierto a lo posible, sin descuidar el concepto de delimitación.

Si la filosofía es hija de su “época”, no veo por qué la investigación educativa deba ser bastarda. Lo importante es cómo dejar ser hijos iguales y ser distintos ante las creencias del “gran significante epocal”, que al final de cuentas también falla. Esta sí que es una enorme ventaja. Significa entonces que el investigador de lo educativo, el sujeto, está inscrito y, a lo mejor, nombrado por supuestos valóricos ideológicos que justifican o violentan la “época” en la que se sitúa.

Por ello, la investigación educativa se inscribe en un pensamiento negador de toda imposición, de todo sometimiento, proveniente del significante estatal o civil (televisión, prensa). El pensamiento crítico, disruptivo, se asombra y grita ante la inmediatez de lo dado, de lo conocido. Desafía a esto último y, a la vez, transforma el límite en contenido y se orienta a la apertura. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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