Jerjes Aguirre Avellaneda
Cuando gana el PRI, ¿gana México?
Viernes 25 de Agosto de 2017
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La pasada XXII Asamblea Nacional del PRI fue celebrada en condiciones de deterioro de la confianza ciudadana en los partidos políticos, y en particular del Revolucionario Institucional, a quien diferentes análisis políticos y encuestas de opinión permiten ubicarlo en un intenso y acelerado proceso de deterioro y abandono de las preferencias electorales.

Los resultados de su reciente asamblea, que es su máximo órgano de decisión, fueron presentados por la dirigencia partidista, incluyendo al presidente de la República, como condición y preludio de sus triunfos electorales en 2018 para “proteger y defender lo que hemos construido, (puesto que) la obra debe continuar”.

Debe reconocerse como el PRI ha hecho gobierno, construyó un país sin latifundios y caciques, con menos ignorancia y más oportunidades, igualmente procedió a la destrucción, al desmantelamiento de un Estado y de una sociedad revolucionaria
Debe reconocerse como el PRI ha hecho gobierno, construyó un país sin latifundios y caciques, con menos ignorancia y más oportunidades, igualmente procedió a la destrucción, al desmantelamiento de un Estado y de una sociedad revolucionaria
(Foto: Cuartoscuro)



No obstante, para evaluar los acuerdos, habría que preguntarse si son adecuadas y corresponden a las expectativas de cambio de la militancia y las necesidades reales de un país con enormes problemas de crecimiento económico, desigualdad social y pobreza con marcadas expresiones territoriales, inconformidades políticas, confusiones ideológicas con pérdida de rumbos, debilitamiento de la cultura propia y la sustitución de los valores nacionales por los valores extranjeros. Los mexicanos enfrentan la realidad de estarse quedando sin un país propio, como fracaso histórico y cancelación de todo futuro construido a voluntad.

En el surgimiento de esta estructura de problemas, el PRI ha tenido una responsabilidad fundamental por su actuación como gobierno durante tres cuartos de siglo, construyendo un Estado revolucionario, integrado por instituciones y normas necesarias para alcanzar la justicia social, preservando y fortaleciendo la independencia y la soberanía de la nación. Esta gran obra histórica, el proyecto histórico de México en la mayor parte del siglo XX, la formación de una nación, reconocida y respetada, es sin duda un mérito indiscutible del PRI.

Sin embargo, también debe reconocerse que del mismo modo como el PRI ha hecho gobierno, construyó un país sin latifundios y caciques, con menos ignorancia y más oportunidades, igualmente procedió a la destrucción, al desmantelamiento de un Estado y de una sociedad revolucionaria para colocar en su lugar las prácticas de un modelo de sociedad distinto y contrapuesto al modelo por el que perdieron la vida en los campos de batalla un millón de mexicanos. El PRI estuvo a la cabeza del proceso revolucionario, el mismo PRI estuvo a la cabeza de la contrarrevolución que aniquilo la gran obra de la Revolución Mexicana.

Por eso, para diferentes sectores de la sociedad mexicana e inclusive de su militancia, esperaban resoluciones de la asamblea nacional, que fueran mucho más allá de las candidaturas de simpatizantes, la imposibilidad de repetir cargos de representación proporcional, las coaliciones electorales o el ejercicio de una ética con mayores exigencias de control y transparencia. Se esperaban decisiones para cambios radicales en el PRI, en los principios, estatutos, programa, calidad de los militantes y dirigentes, en su organización y en su capacidad para proponer un proyecto de gran alcance, adecuado a los cambios del mundo de hoy y del México de hoy.

Podía esperarse que después de su asamblea, el PRI apareciera refundado, con una identidad ideológica, táctica y estratégica claramente establecida, como un partido nuevo para los nuevos tiempos y circunstancias, comprometido con la ciudadanía en la construcción de un futuro como síntesis de lo que piensan y sienten los mexicanos, con aspiraciones forjadas en su historia y en su cultura. No obstante, después de esa asamblea, sigue vigente la pregunta: ¿qué tiene el PRI de nuevo y cuáles son los ideales y las instituciones que defiende y propone?

Todos los partidos políticos, en particular el PRI, tendrían que considerar que el mundo del presente, demanda de políticos con plena conciencia de que la función política es incompatible con la ignorancia y la manipulación. En los días que transcurren, ignorancia y la manipulación. En los días que transcurren, el acceso a los circuitos de información, es amplio y expedito para cualquier persona, cancelando aquello de que “información es poder”, para sustituirlo por el principio que postula la capacidad para procesar la información disponible, relacionando datos que descubren tendencias, la complejidad de los factores reales y sus soluciones, en un proceso de influencia a los demás, para que actúen y sigan al político con perfil de liderazgo. El tiempo de los políticos ignorantes, mentirosos y demagogos ya no existe, como parte de una nueva realidad ante la cual, políticos y partidos no pueden cerrar los ojos y darle la espalda.

El interés de los partidos políticos en buscar ahora candidatos fuera de su universo de militantes es una manifestación evidente de su incapacidad para formar y educar a sus cuadros y de su menosprecio a las convicciones propias. Pareciera que los partidos políticos transitan hacia su extinción por causas internas, volviéndose innecesarios y prescindibles como medios a disposición de los ciudadanos para acceder al poder.
Aparte están los problemas actuales de la representación política, en el contexto postmoderno de la cuarta revolución industrial y tecnológica del mundo. En la situación de México, se ha supuesto que los diputados son “representantes populares”, “representantes del pueblo”, de los campesinos, obreros, intelectuales, empresarios, estudiantes, maestros, amas de casa, entre otros segmentos específicos de la población.

¿Cuántos y cuáles sectores sociales se sienten debidamente representados? Por otra parte, los ciudadanos, han estado encontrado sus propias formas de expresión y acción para la defensa y reconocimiento de lo que consideran sus derechos, a partir de las experiencias del mundo, del país y de su entorno inmediato, de manera directa, sin necesidad de representación alguna. Las movilizaciones, los bloqueos, las tomas, podrían evidenciar los problemas de la representatividad y de la simple comunicación entre los representantes y sus representados.

Otras son las incoherencias de los senadores, como representantes de las entidades ante la Federación, para participar con equidad en la distribución de los recursos y de las oportunidades para el desarrollo y el bienestar. ¿Ocurre realmente eso? Tal vez la demostración respecto del significado del Senado de la República, lo represente la Conferencia Nacional de Gobernadores, la famosa Conago, donde no sólo se hace política y mucha “grilla”, sino que se adoptan acuerdos que tienen efectos en el conjunto de la Republica, al margen del Senado y sus atribuciones constitucionales.

Podrían citarse muchos otros aspectos que forman parte de la nueva realidad nacional, respecto a la cual son indispensables las definiciones políticas. En el caso del PRI, ninguno de estos temas formó parte de la agenda de debate en las mesas especializadas de la pasada asamblea, mucho menos en el cuestionamiento y en la redefinición del Ejecutivo federal y del papel del partido en circunstancias que hacen inevitables los cambios en las formas y contenidos de hacer política.

En política, el olvido de la realidad conduce a que esa misma realidad se olvide de los partidos políticos. Y esto es lo que puede pasarle al PRI, a pesar de su historia y de su asamblea nacional.

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