Ramón Guzmán Ramos
La teoría de la revolución permanente
Sábado 26 de Agosto de 2017
A- A A+

Una de las cuestiones fundamentales que se plantearon los miembros del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso desde sus primeros congresos fue la que se refería a la naturaleza de la revolución. Era idea común que la revolución en Rusia, por su carácter de atraso económico e industrial, por las condiciones semiesclavistas y semifeudales en que se hallaba una gran parte del país, sería de carácter democrático-burgués. El papel de los socialistas se limitaría, por lo tanto, a salvaguardar los principios del socialismo desde la oposición y esperar a que las condiciones de desarrollo industrial, de existencia de una clase obrera mayoritaria y vigorosa, permitieran el paso a una sociedad altamente desarrollada y con suficiente riqueza para ser distribuida equitativamente.

En esta concepción no había mayores diferencias entre bolcheviques y mencheviques. Lenin, por su parte, convenía en que la revolución era burguesa en la medida en que no podía proponerse el socialismo como meta inmediata, pero tampoco creía en la misión revolucionaria de la burguesía. Parecía haber aquí un callejón sin salida. Rusia no había seguido el mismo camino de desarrollo de los demás países europeos que se hallaban ya en una fase madura del capitalismo para la revolución socialista. En Rusia no se había producido ninguna revolución industrial. ¿Cómo pasar directa, automáticamente, de una situación de atraso, donde las relaciones de producción parecían haberse estancado en el feudalismo, a una sociedad socialista? Hacía falta la etapa del desarrollo del capitalismo. No se podía hacer una revolución para acabar con las desigualdades sociales igualándolos a todos en la pobreza y en la marginación, en el atraso y en la ignorancia, en la dependencia y en la miseria. La revolución que era necesario hacer debía tener, por lo tanto, un carácter burgués. ¿Los marxistas tendrían que hacer entonces una revolución y entregársela a la burguesía para que ésta llevara al país por la senda del desarrollo capitalista y convertirse ellos en una oposición fiel al socialismo, o participar quizás en una especie de gobierno de coalición? ¿No parecía un sinsentido?

Lev Davídovich Bronstein, más conocido como Lev Trotsky, revolucionario ruso.
Lev Davídovich Bronstein, más conocido como Lev Trotsky, revolucionario ruso.
(Foto: Especial)



Era un dilema histórico fundamental, una disyuntiva del diablo. Para darle una respuesta apropiada –la respuesta que pondría a los revolucionarios en la actitud y en el camino correctos–, Trotsky elaboró una nueva teoría, que sería conocida como de “la revolución permanente”. Para empezar, aseguró, ninguna clase social estaría dispuesta a ser la protagonista de una revolución para después renunciar a los frutos de su victoria.
La revolución en Rusia, en virtud de su propio impulso, pasaría del Estado burgués al socialista y establecería una dictadura proletaria. Los marxistas concebían la revolución rusa como una revolución burguesa cuyo propósito sería derrocar al zarismo y eliminar su legado feudal. Sólo después de esto podría desarrollarse en Rusia una sociedad industrial, y sólo a partir del desarrollo del capitalismo se podría plantear en serio la revolución y la sociedad socialista. Trotsky llegó a la conclusión de que la clase obrera se vería obligada, en virtud de su propia supremacía política en la revolución, a llevar a la revolución rusa de su fase burguesa a su fase socialista, aun antes de que la transformación socialista se hubiera iniciado en Occidente. Este sería un aspecto de la permanencia de la revolución: sería imposible encerrar el proceso revolucionario dentro de los límites burgueses. Él no negaba el carácter burgués de la revolución rusa, cuando menos en el sentido de que su tarea inmediata era la de liberar a Rusia del lastre de su pasado feudal, es decir, de lograr lo que la burguesía había logrado en Inglaterra y Francia. Pero la revolución no se detendría allí. Una vez que hubiera destruido las instituciones feudales, procedería a quebrar el espinazo del capitalismo y a instaurar una dictadura proletaria.

En este momento se presentaba otra cuestión esencial. ¿Habría de ser entonces la dictadura de una minoría, sobre todo si se tomaba en cuenta que la clase obrera era en ese momento una clase minoritaria, que existía apenas en las ciudades más importantes de Rusia, y que la clase inmensamente mayoritaria era la campesina? Trotsky fue entonces más allá. Aun cuando el derrocamiento del antiguo régimen y la toma del poder serían, en efecto, obra de una minoría, la revolución no podía sobrevivir y consolidarse a menos que recibiera el apoyo genuino de la mayoría, esto es, de los campesinos. La minoría proletaria formaría su núcleo y tendría la iniciativa en todos los asuntos importantes. Pero gobernaría para beneficio de una abrumadora mayoría y gozaría del apoyo voluntario de ésta. El campesinado estaba destinado a que sus rebeliones, aun en las raras ocasiones en que tenían éxito, condujeran al surgimiento de nuevas dinastías opresoras o fueran aprovechadas por otras clases. No podía concebírsele como una clase social revolucionaria independiente. El papel de las clases sociales modernas no estaba determinado por la cantidad, sino por la función social y el peso específico. La revolución vencería mucho antes de que la mayoría de la nación se hubiera vuelto proletaria.

Pero el carácter permanente de la revolución no podía detenerse tampoco en las fronteras nacionales. La clase obrera de Rusia, al encabezar la emancipación política, se elevaría a una altura desconocida en la historia; concentraría en sus manos fuerzas y recursos colosales y se convertiría en la iniciadora de la liquidación del capitalismo en escala global. De esta manera Trotsky concebía la revolución europea como un solo proceso continuo que se habría de iniciar en la Rusia zarista. En efecto, Rusia no estaba madura para una revolución socialista, pero Europa sí. Una vez que la revolución se iniciara en Rusia y que destruyera en este país al régimen zarista, el impulso llegaría a toda Europa, donde el desarrollo del capitalismo ofrecía condiciones propicias para una transformación de carácter socialista. Los Estados nacionales cederían su lugar a una comuna internacional, a los Estados Unidos de Europa. La revolución rusa recibiría la ayuda de Europa para desarrollar sus propias fuerzas productivas hasta un nivel que permitiera la consolidación del socialismo. De esta manera el triunfo de la revolución socialista en Rusia dependía, en primer lugar, del apoyo mayoritario que recibiera de los campesinos y, enseguida, o al mismo tiempo, de la expansión de la revolución socialista a Europa. Estos fueron, en esencia, los ejes principales de su teoría, la cual, por cierto, se habría de convertir en la guía para la acción de todos los revolucionarios que abrazarían después la causa bolchevique, entre ellos él, en uno de los puestos de dirección principales.

En septiembre de 1904, durante una estancia productiva en Munich, Trotsky anunció su rompimiento con los mencheviques. Eran muchos más los puntos que lo acercaban a Lenin y a los bolcheviques pero su orgullo no le permitió unirse de una manera inmediata a éstos. No dejaba de ver a Lenin como un jefe de partido implacable, que no reparaba en los medios para lograr sus propósitos. Algún día él mismo tendría que endurecer aún más sus métodos para salvar a la revolución de los peligros que se cernían sobre ella. Además de su teoría sobre la revolución permanente, Trotsky concibió una estrategia específica para la revolución a partir de una huelga general. Transformar cada ciudad en un campamento revolucionario. Impulsar la unidad entre los obreros y los campesinos. Hacer un llamado a una Asamblea Constituyente. Esta fue la otra visión que tuvo y que habría de cumplirse años después casi al pie de la letra.