Ramón Guzmán Ramos
El partido y la revolución
Sábado 2 de Septiembre de 2017
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Una mañana temprano de octubre de 1902 el joven Trotsky tocó a la puerta del domicilio donde vivían Lenin y su esposa en Londres. Fue recibido con entusiasmo y durante varias horas se reunieron para intercambiar información y puntos de vista. Trotsky se había ganado con méritos propios el derecho de ser invitado a formar parte del vértice superior, allí donde se estaba organizando al partido que habría de dirigir la revolución. El grupo de emigrados constituía el Consejo Editorial de Iskra (La Chispa), el gran centro aglutinador del parito naciente, que estaba formado por Plejánov, Mártov, Lenin, Axelrod, Zasulich y Potrésov. El periódico se estaba convirtiendo ya en un órgano poderoso de difusión de las ideas socialistas, de debate con otras corrientes teóricas y de organización en Rusia. De inmediato Trotsky empezó a publicar en sus páginas y participó del ánimo febril con que se debatía. Como el grupo estaba formado por seis personas, a menudo las votaciones quedaban en empate y no era posible llegar a acuerdos concretos. Esto molestaba sobremanera a Lenin, quien estaba poseído por un espíritu impaciente, vigoroso, dispuesto a la acción inmediata. Fue Lenin, precisamente, quien propuso el ingreso formal de Trotsky al Consejo de Redacción. Además de sus méritos como organizador y propagandista, su presencia en la Redacción de Iskra podría servir para desempatar las votaciones y agilizar las acciones que tanto estaban haciendo falta. Pero Plejánov, el viejo militante que era visto como el padre del marxismo en Rusia, se opuso terminantemente.

Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin, fue un político, revolucionario, teórico político y comunista ruso.
Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin, fue un político, revolucionario, teórico político y comunista ruso.
(Foto: Especial)



En julio de 1903 el Segundo Congreso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR) se reunió en Bruselas. Le tocó a Plejánov dar el discurso inaugural. Asistieron 44 delegados con derecho a voz y voto y catorce con derecho sólo a voz. El número reducido se explicaba por las condiciones extremas que tenían que sortear para salir de Rusia. Varios delegados fueron atrapados por la policía zarista en el camino. Pero cada uno de los que asistieron llevaba al Congreso la representación legítima de amplias regiones de su país. El asunto que se discutió con mayor grado de intensidad fue el del partido. ¿Qué tipo de partido era el que deberían construir para convertirlo en un instrumento efectivo con el que pudieran ganarse el derecho histórico de dirigir la revolución socialista en Rusia?

Lenin planteó la cuestión sin tapujos. Para empezar, el partido necesitaba estatutos estrictos que le permitieran a la dirección mantenerlo a salvo de influencias ajenas, indeseables, y con un nivel alto de coordinación centralista. Como estaban las cosas, con toda esa dispersión de las organizaciones locales en Rusia actuando cada una según le dictaban las circunstancias, sujetas a toda clase de infiltraciones de la Policía y a la contaminación ideológica de otras corrientes, los estatutos, dijo Lenin, deberían expresar “la desconfianza organizada de la dirección” respecto de los miembros, una desconfianza que debía manifestarse en el control vigilante desde arriba sobre el partido. En lo que se refería a la membresía del partido, Lenin presentó una moción que decía: “Miembro del partido es cualquier persona que acepte su programa, apoye al partido con recursos materiales y participe personalmente en una de sus organizaciones”.

Mártov, por su cuenta, presentó una propuesta alternativa que en principio parecía semejante a la de Lenin pero que difería de ella en el grado de compromiso: Se consideraría miembro del partido a quien cooperara personal y regularmente bajo la dirección de una de las organizaciones, planteó. Esta diferencia, que parecía más de forma que de fondo, expresaba en realidad dos concepciones radicalmente distintas, a la postre irreconciliables, acerca de la naturaleza del partido y el modo como sería constituido. La fórmula de Lenin apuntaba a la creación de un partido compacto, formado sólo por los participantes reales en las organizaciones que en ese momento se hallaban en la clandestinidad. Por su parte, lo que Mártov proponía era una especie de asociación más disgregada que incluyera a aquellos que colaboraran con la organización clandestina sin pertenecer a ella.

Lenin hizo otra propuesta, la cual acabaría por desbordar los ánimos y agudizar las condiciones para la división. Dijo que era necesario agilizar las decisiones que tomaba el grupo de Iskra y convertirlas en acciones concretas e inmediatas. Si un grupo como éste, que funcionaba al mismo tiempo como dirección del partido, no era capaz de destrabar sus propias discusiones, de muy poco valdrían los otros resolutivos que se tomaran en el Congreso. Planteó que para lograr esto era necesario reducir el número del grupo de Redacción de seis a tres. Quedarían Plejánov, Mártov y él mismo; serían excluidos Axelrod, Zasulich y Potrésov. Con esto Lenin se aseguraba de que fueran sus posiciones las que prevalecieran en la línea que adoptara la dirección del partido. Pero esto provocó una reacción airada de una porción considerable del Congreso. Muchos vieron en estas propuestas una artimaña de Lenin para apoderarse de la dirección del partido y convertirlo en una organización cerrada y centralista, al margen de las masas obreras y populares a las que se proponía organizar. Trotsky, por cierto, fue uno de ellos.

Trotsky se convirtió en uno de los adversarios más elocuentes de Lenin. Lo acusó de intentar formar una cerrada organización de conspiradores, no un partido de la clase obrera. Lenin acusó sin miramientos, le imponía al partido un estado de sitio y su puño de hierro. Lenin llevaba al exceso el principio del centralismo democrático y en esto se asemejaba a Robespierre (una de las figuras más polémicas de la Revolución Francesa, quien, en su afán por promover la democracia, terminó provocando la instauración de lo que se conocería como el Reinado del Terror, con la guillotina como el instrumento único para eliminar de tajo las diferencias, ante la cual, por cierto, él mismo sucumbió). Trotsky acusó a Lenin de caer en el sustituismo: la organización del partido sustituye al partido en general; a continuación, el Comité Central sustituye a la organización y, finalmente, un solo “dictador” sustituye al Comité Central. Lenin replicó que el partido sólo debía organizar a la vanguardia del proletariado, a sus elementos más valerosos y con más conciencia de clase. El partido debía encabezar a la clase obrera y no podía, por consiguiente, ser tan amplio como la clase misma. Sólo un partido formado por militantes convencidos, con centros de decisión debidamente resguardados de la infiltración zarista, con una articulación que llegara de manera efectiva hasta el centro –el centro, por supuesto, representando fielmente los intereses inmediatos e históricos de la clase obrera, del socialismo- estaría en condiciones de cumplir su cometido.

Lenin trató en repetidas ocasiones de ganarse a Trotsky a sus posiciones pero fue inútil. Trotsky, sobre todo por lo que se refería a la exclusión de Axelrod, Zasulich y Potrésov de la Redacción de Iskra, con quienes había cultivado una relación especial de camaradería, veía ahora a Lenin como un dirigente que era capaz de pasar por encima de cualquier cosa con tal de conseguir lo que se propusiera. Trotsky se olvidó de pronto que él mismo, en Siberia, había llegado a las mismas conclusiones que ahora Lenin planteaba en el Congreso. El quid de la cuestión estaba, en todo caso, en construir y consolidar un partido que fuera capaz de dirigir de manera centralizada una revolución, pero también de abrir sus espacios al debate y a la participación democrática de las bases cuando se dieran las condiciones. El problema era que en ese momento las condiciones de clandestinidad no favorecían la opción abierta del partido.

Lenin ganó con dos votos el acuerdo para reducir a tres el número de miembros en la Redacción de Iskra pero perdió la votación con respecto a la naturaleza del partido que había propuesto Mártov. El Congreso, sin embargo, se dividió en dos facciones abiertamente hostiles: por un lado, los bolsheviki, o mayoritarios, encabezados prácticamente por Lenin; y por el otro, los mensheviki, o minoritarios. Trotsky acompañó un trecho corto a los mencheviques, deslindándose enseguida de ellos. El Congreso concluyó en medio del caos y Plejánov sólo alcanzó a advertir que la ley suprema, que debería estar por encima de cualquier diferencia, era la supervivencia de la revolución.