Jerjes Aguirre Avellaneda
Pobreza estructural, el tener y el hacer
Viernes 8 de Septiembre de 2017
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La pobreza constituye la expresión dramática de la desigualdad social y de sus diversas consecuencias para el conjunto de la sociedad. En torno de la pobreza se han construido formas de pensar, sentir y trabajar, así como para disfrutar la belleza y la alegría, en ese todo que podría denominarse cultura de la pobreza, que es distinta a la cultura de la riqueza y que, en definitiva, representa dos formas de vivir.

Algunos de los componentes sobresalientes de la cultura de la pobreza están referidos a la resignación, a la resistencia al cambio, al desperdicio de las potencialidades humanas y a la generación de tendencias para volverla perpetua, en la absoluta ignorancia para explicarla a partir de las causas atribuibles a la propia sociedad, en lugar de culpar a Dios por la existencia de pobres y ricos, en el supuesto de que en el diseños de la creación divina del mundo hubiesen sido contemplados los “saciado” y los “hambrientos”.

Para los ricos sólo “la caridad piadosa “o la posibilidad de comprar indulgencia para evitar aquello de que “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico se salve”.
Para los ricos sólo “la caridad piadosa “o la posibilidad de comprar indulgencia para evitar aquello de que “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico se salve”.
(Foto: Cuartoscuro)



Hasta el surgimiento de los estados modernos en el siglo XVIII, la religiosidad imperante sostenía que la pobreza era una bendición de Dios y en todo caso una desgracia que debía soportarse devotamente. La aspiración consistía en alcanzar la condición de “santo pobre” como complimiento de la voluntad divina. Para los ricos sólo “la caridad piadosa “o la posibilidad de comprar indulgencia para evitar aquello de que “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico se salve”.

Todavía en el siglo XIX a los vagos se los castigaba en Europa y en México, como si la condición de vago y el fenómeno de la vagancia fueran una elección voluntaria de las personas y un mérito de la sociedad producir vagos. El 5 de enero de 1857 fue dictada en México una ley contra la vagancia, disponiendo que la vagancia sería considerada como un delito federal, definiendo al vago como aquel individuo que no trabajara por lo menos tres días a la semana, imponiendo castigo para los infractores, que incluían el servicio forzoso en el ejército y trabajos forzados en los centros de corrección. Igualmente podía considerarse vagos a los menores de 16 años que podían recibir sentencias de tres años de cárcel.

Con el advenimiento de los estados nacionales, la pobreza se seculariza y, por las necesidades de mantener bajo control la oferta de fuerzas de trabajo, los pobres comenzaron a quedar a cargo de las “bondades” del estados. A las leyes contra la vagancia siguieron los ordenamientos legales para ayudar y proteger a los pobres, hasta que después de la Segunda Guerra Mundial surge el “Estado benefactor” seguido del “Estado tutelar”, el “Estado solidario” y el “Estado de compromiso social”.

Sin embargo, las políticas públicas en relación con la pobreza han consistido en todas partes en que no trascienden su carácter asistencialista, buscando siempre mitigar los efectos en lugar de combatir las causas. Por eso, a pesar de los recursos aplicados, la pobreza persiste y los pobres siguen ocupando proporciones relevantes en el conjunto de la población.

En consecuencia, es conveniente recapitular sobre lo que es la pobreza, independientemente de los tecnicismos y sus elementos constitutivos, que conducen a la identificación de formas específicas de pobreza, sin que ello signifique comprenderla en su naturaleza. Por tanto, podría definirse la pobreza como la satisfacción de las necesidades humanas, en su doble aspecto de necesidades biológicas, alimentación, vivienda, vestido y salud, como aquellas otras necesidades relativas a la condición social de toda persona, en tanto trabajo, educación, actividad científica y tecnología, disfrute del arte, vigencia de valores éticos y formación de capacidades para entender y hacer en un proceso único de cambio. La pobreza es carencia de satisfactores básicos y limitaciones o ausencia de oportunidades para elevar la calidad de la existencia de manera incesante e infinita.

Se es pobre cuando no se tiene que comer, cuando se padece hambre absoluta y desnutrición, cuando hace falta vestido, vivienda y salud, pero también cuando hace falta el saber para actuar, aplicando los valores de la belleza y de la justicia en las relaciones con los demás. Pobre es el hambriento y el ignorante, el enfermo y el desempleado, el que vive en chozas con hacinamiento, los que no tienen la posibilidad de disfrutar y crear arte, los que carecen de sueños y no disponen de oportunidades para la realización plena de todas sus potencialidades.

En estas condiciones, todas las acciones y todos los avances en la lucha contra la pobreza merecerán siempre el más amplio reconocimiento en el marco de su insuficiencia y marcado paternalismo para producir sujetos obedientes a la voluntad del gobierno en vez de ejercitar su propia voluntad. Qué bueno que entre 2014 y 2016, con cifras del Coneval y el Inegi, el número de pobres en México disminuyó en 1.9 millones de mexicanos, equivalentes al 3.5 por ciento del total de 53.4 millones en esa condición. Por su parte, en el caso de Michoacán y en el mismo periodo los pobres disminuyeron de dos millones 708 mil en 2014 a dos millones 565 mil michoacanos en 2016, con 143 mil pobres menos que representan el 3.9 por ciento del total.

Lamentablemente que malo que siga registrándose el 55.3 por ciento de los michoacanos en condición de pobreza, con el 9.4 por ciento padezca pobreza extrema, el 4.4 por ciento sin ingresos suficientes para comer y el 24.4 con ingresos por debajo de la canasta básica. Peor aún, con los ingresos de los hogares, toda vez que, según el Inegi, un hogar michoacano recibe un ingreso trimestral de 33 mil 688 pesos, equivalentes a once mil 220 mensuales por familia michoacana. ¿Usted lo cree?, ¿se puede pensar razonablemente en hogares de jornaleros agrícolas, de obreros y campesinos, de madres solteras, de trabajadores de la administración pública, entre otros, ganando once mil 229 pesos mensuales?, ¿cómo hacer creíbles estas cifras cuando las remesas migrantes disminuyen cada vez más, la desocupación abierta crece y el empleo informal alcanza 70 porciento de la población ocupada?

Podrá entonces destacarse la importancia de comprender la pobreza de manera integral y no sólo como “carencias” relacionadas con la subsistencia. La pobreza afecta la totalidad de la vida de los individuos, los grupos sociales y las sociedades en conjunto. La pobreza estructural se refiere a las oportunidades de trabajo para producir riqueza y recibir la proporción que corresponda al esfuerzo aportado, cubriendo y haciendo reales las expectativas de una elevación constante de la calidad de vida.

La pobreza social también incluye el ejercicio de la libertad y el respeto a la dignidad de toda persona. Una democracia de pobres es sin duda una pobre democracia. La delincuencia que rebasa a las instituciones muestra hasta dónde la pobreza exige que se entienda más allá de la estrechez en el enfoque de las carencias. Una es la pobreza del tener y otra la pobreza en las capacidades de hacer.

Los ciudadanos tienen la responsabilidad de identificar los medios para hacer de México un país sin necesidades materiales y humanas como indicador de sus propias energías revitalizadoras. La pobreza no es asunto que el gobierno pueda resolver unilateralmente, pensando y decidiendo lo que conviene y deja de convenir a los pobres mismos.

La pobreza habrá de eliminarse cuando los pobres piensen, decidan y actúen por sí mismos. Ellos son los que saben cómo pueden dejar para siempre la condición de pobres.

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